Cinco claves de cimarronismo político (II)

- 28 de enero de 2015 - 00:00

No es limitante teórico considerar ‘cinco claves de cimarronismo político’, podrían ser más. El cimarronismo, filosófico y político, considera la libertad individual y comunitaria en continua renovación. La resistencia frente a cualquier sometimiento, que no sea al rumbo hacia la justicia social (en la largura de su significado), estorba esa plenitud de vivir o buen vivir (o Ubuntu). Desde nuestra ancestralidad retomamos saberes y conocimientos de abuelos y abuelas reunidos (no resumidos) en la Palabra (así en singular y mayúscula, por el valor político), del Abuelo Zenón, de pensadores y pensadoras de las Américas, de todo el liderazgo político afroamericano, en el caso de nuestro país, nadie, absolutamente nadie, queda por fuera de este legado.

La palabra bonita de poetas y cantores, mujeres y hombres, desde muy atrás hasta hoy expresan necesidades, realidades y propuestas, pero la estética de la oralidad nos dejó boquiabiertos y con poquita fe activamos nuestros esfuerzos colectivos, resultado: la política es para el otro. Ese ‘otro’ es el de la corbata, cosita simbólica para mostrarse como el mayordomo de la sociedad mayor (o su recadero), nos ve en términos de su territorio electoral para beneficio del poder bajo su representación. Mientras, de nuestra comunidad afroecuatoriana salieron cientos de organizaciones buscando Madre de Dios para el milagro de unas escuelitas en Playa de Oro o enfrentar el desarraigo por la minería. El relativo fracaso de nuestro liderazgo se debió al origen de formación de la protesta y la propuesta: delegación de la ejecución política en quienes aún nos creen en pintorescos o folclóricos individuos. Los cimarrones, desde Antón y Alonso de Illescas hasta Juan García Salazar, pasando por Martina Carrillo, Federico Lastra y Jaime Hurtado, debieron apenarse.

“Nos tragamos verde sus mentiras”, versificadas y explícitas palabras de Antonio Preciado, para nosotros fue la verdad del ‘otro’. Nuestros poetas y decimeros, mujeres y hombres, han escrito y reescrito los Manifiestos del cimarronismo ahora obligatorios; hay que volver a leerlos con diferentes lecturas intencionales, con mentes y corazones disconformes para incorporarlos al “saco tan lleno de recuerdos” y afloren, cuando sea necesario, en estas andaduras revolucionarias. Devolvernos de sujetos pasivos de la vida política, en los países de las Américas, a narradores efectivos de nuestro porvenir es la esencia del cimarronismo del siglo XXI. En confirmar el axioma sartreano: “No nos convertimos en lo que somos sino mediante la negación íntima y radical de lo que han hecho de nosotros”, Los condenados de la Tierra, pág. 12, prefacio de Jean Paul Sartre, editorial Último Recurso, 2007.

Por este miércoles, el axé imprescindible del Abuelo Zenón: “Creo que una de las debilidades más grandes que tenemos como pueblo afroecuatoriano es que hacemos verdad de todo lo que el ‘otro’ nos muestra como verdad”.