¿Cien años de otro fallido 'asalto al cielo'?

- 08 de noviembre de 2017 - 00:00

Eran unos señores sigilosos, de hablar bajito y siempre en plan conspirativo; eso sí, ninguna mujer. Tiempos después supe que eran comunistas, del partido. Andaba por los nueve años, a esa edad era el canillita clandestino que distribuía El Pueblo y otra literatura, en la ciudad de Esmeraldas. Fui reclutado, sin saberlo, por Santiago Santillán, el primer comunista que conocí.

Él hacía unos paquetes y este jazzman, de pantalón cortito, ya tenía memorizadas las direcciones de las casas de entrega. No entendía lo que se escribía en el periódico partidista, pero la agenciosa utilidad del reparto descontaba el plato de comida de su restaurante. El segundo comunista, de la ‘c’ a la ‘a’, que conocí fue Wilson Burbano.

Por santa necedad maternal ingresé al colegio 5 de Agosto, a pesar de las advertencias reaccionarias. “Es un nido de revolucionarios comunistas”, prevenían, a la vez que me aconsejaban. Doña Hilaria Escobar, mi madre, se sumaba a las consejas y cerraba las prédicas con un enigmático: “Él sabrá”.

El romántico prestigio de cincoagostinos tirapiedras competía con el de ser el mejor colegio de la provincia de Esmeraldas, a lo último apuntaba mamá. El chorro de lecturas no me alcanzó para entender aquello de chinos y cabezones, que se disputaban la presidencia estudiantil del colegio, después supe que ocurría en toda la educación pública nacional. La jerga de las hojas volantes era compendio del disparate, se metía en el sartal de descalificaciones al “social-imperialismo soviético”, “el revisionismo chino”, “la autenticidad revolucionaria de no sé quién”, “el genuino marxismo-leninismo”, así hasta la metamorfosis folclórica. El tremedal de la inutilidad.

Los comunistas de Esmeraldas, al menos aquellos que conocí, los menos dogmáticos (fue una de las plagas terribles de la izquierda ecuatoriana) eran lectores radicales, pero agobiados por una limitante escolástica eurocéntrica. Las escuelas de formación política de los países socialistas, de esos años, mostraban el Octubre Rojo, pero para desleírlo en el sopor de unas glorias sin resonancias actualizadas.

La vieja guardia comunista empezaba sus peroratas de formación por la Revolución de Octubre de 1917, estaba en su sangre; emocionados, no entendían que hasta los espíritus revolucionarios envejecen de distintas y malas maneras. Cien años después, cumplidos ayer, bien vale la nostalgia de ese no tan fallido ‘asalto al cielo’. El entrecomillado es de K. Marx.

Fue el pensamiento crítico anticolonialista de Octubre causante del cambio irreversible del mapamundi geográfico y mental. También de las derrotas del fascismo ahí donde alcanzó fuerza política genocida.

Después de ese madrugón del 25 de Octubre (o 7 de noviembre) de 1917, en Petrogrado y en otras ciudades rusas, el fantasma anunciado en el Manifiesto ya no fue más. Y una de las condiciones del izquierdismo universal fue su adscripción al leninismo, incluso en el nombre de la prole. (O)