Changó, el Gran Putas

- 18 de marzo de 2015 - 00:00

Es el cuaderno de bitácora de la epopeya afroamericana de los Ancestros combatientes. Manuel Zapata Olivella (1920-2004), es (¿o fue?) el acompañante privilegiado de esa travesía que comienza con el axê, individual y colectivo, de los esclavizados a las orillas del destino terrible. Hay una espiritualidad inteligente y activa en cada página de ese biblion con el título de esta jam-session. Aquella materia maravillosa de nuestra mitología auténtica no abandonaría ningún cuerpo de hijos e hijas, en la imposible tarea de sobrevivir la dureza de las circunstancias.

Esta potencia espiritual tiene nombres y, de acuerdo a Dorita Piquero, autora de la introducción del libro, es el personaje central de la narración. Estos son sus nombres actuantes: Olugbala (ingenio y prudencia para administrar la fuerza física de la colectividad); Nagô (la voluntad colectiva representada en Changó para los combates de emancipación); Kanuri ‘Mai’ (la filosofía en función de la sapiencia y no de la historia); Ngafúa (la memoria ancestral y colectiva americana); y Sosa Illamba (Yemayá en todas las interpretaciones culturales).

Zapata Olivella debió estudiar qué divinidad transfiguraría a personalidades dispares por sus perfiles históricos, como Agnes Brown y Simón Bolívar, Aleijadinho y Benkos Biojó con Changó (o Shangó). Deidad del panteón yoruba afroamericano sincretizada en la colombianidad diversa con el Gran Putas, personaje literario de la oralidad barrial, prototipo de “cualquier condición humana” radical. No es un insulto, es el límite final de una cualidad o desgracia personal: bonito como El Putas (el más bonito) o el más verraco (valiente como El Putas). El narrador sin tiempo definido, que no sea por la ocasión épica, coloca muy alto el renglón animoso de estos próceres, mujeres y hombres, allá, en el Ayê, la región de los orishas.

Changó tiene a su cargo rayos y centellas naturales, es una deidad tirapiedras, uno de sus emblemas es un hacha de piedra de doble filo, utilizada para castigar a quien lo haya disgustado. Esta deidad odia injusticias, falsedades, rapiñas y corrupciones. Los teólogos yorubas consideran que representa la ira simbólica de Oloddumare (Dios supremo) y representa el apasionamiento por el cumplimiento de las tareas. Cada uno de estos orishas esté donde esté, en la calle 125 de Harlem, bajo una llovizna otoñal gritando cosas como: “Logras tu libertad cuando le haces saber a tu enemigo que harás cualquier cosa por lograrla…”. Llámese Malcolm X o sea el abuelo W.E. DuBois aconsejando: “…No debemos olvidar que nuestra verdadera potencia está allí donde quiera que alumbre el sol de nuestro soul” (pág. 659).

Estos próceres de Afroamérica jamás desperdician su tiempo terrenal en acciones sin contenido de victorias ni hablan para enmudecer sus intenciones, porque como aprendió Benkos Biojó: “…en una tinaja caben muchas aguas, pero solo la fresca se va al fondo mientras la inútil sube y se derrama” (pág. 195).