Bombardeos humanitarios

06 de abril de 2011 - 00:00

Los imperios no cambian: defienden siempre a toda costa su hegemonía. Lo estamos viendo con la intervención militar de los países del norte contra Libia. Se cumple lo que decía uno de los primeros presidentes estadounidenses: “No tenemos amigos sino intereses”. Para protegerlos, no hay moral que valga, ni leyes que obedecer, ni derechos que respetar. Lo dijo sin vergüenza Henry Kissinger, ex jefe de la diplomacia de Estados Unidos: “Las grandes potencias no tienen principios; solo intereses”. Más claro no canta el gallo.

Los grandes “amigos” de ayer pasan de súbito a ser los enemigos de hoy. Los “gobiernos modelos” son llamados “dictaduras sanguinarias”, porque los intereses han cambiado. Entonces vienen los nuevos criterios de las guerras que llaman “humanitarias”: disimular los intereses económicos, presentar motivos humanitarios, ocultar la realidad, satanizar al adversario y manipular las informaciones. Así pasó en Irak, en Afganistán; así pasa con Israel. Se impone la mentira, la manipulación, la violencia y la muerte y se busca convencernos por todos los medios que se actúa en pleno derecho y que es lo mejor que hay que hacer. Mientras en los bombardeos de Irak, Afganistán y Palestina hay decenas de civiles muertos, ¡en Libia no hay ni uno!

Se interviene en Libia, pero no se interviene contra Israel cuando su ejército mata civiles por millares en el Líbano y Palestina, a pesar de las reiteradas condenas y ordenanzas de la ONU contra Israel. En el caso actual de Libia, la ONU, organismo creado para defender y promover la paz en el mundo, autoriza por medio de los miembros de su Consejo de Seguridad la utilización de todos los medios necesarios para defender a los civiles. Los católicos tenemos que revisar nuestros criterios en este sentido, porque vemos las consecuencias negativas y la utilización perversa de tal criterio. Por suerte la mayoría de los gobiernos latinoamericanos han manifestado su desacuerdo o condenado esta intervención de la OTAN (Organización del Tratado -militar- del Atlántico Norte, o sea de los países del norte).

Podemos aplicar a los pueblos las palabras del libro bíblico del Sirácides: “No te hagas amigo de uno más fuerte y más rico que tú. ¿Juntarías un cántaro de arcilla y una olla de fierro? ¿Puede el lobo caminar con el cordero? ¿Y qué paz entre el rico y el pobre? Los burros salvajes son presa de los leones del desierto: de igual modo los pobres son presa del rico”.