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El Telégrafo
Salvador Izquierdo

La Batalla del Pichincha no fue batalla ni fue en el Pichincha, discutan

01 de abril de 2022 09:31

Es broma. Pero algo de verdad esconde.

Desde enero he participado del curso abierto ofrecido por el área de Historia de la Universidad Andina Simón Bolívar con motivo del Bicentenario de la Batalla del Pichincha. El curso, titulado: Nuevas reflexiones sobre la independencia ecuatoriana, es coordinado por el Dr. Carlos Landázuri y ha contado con excelentes ponencias por parte de profesores como Galaxis Borja, Santiago Cabrera, Ana Luz Borrero, así como el propio Landázuri, entre otras personas. Ha sido una ocasión para honrar el proceso de “celebración” del hito histórico. Lo digo así pensando no tanto en el honor externo (las condecoraciones, guirnaldas y actos públicos que también habrá) sino en el honor interno (lo que cada uno hace porque considera que es provechoso y justo). Y en ese sentido felicito a todas las personas que gestionan este curso y los lazos entre instituciones educativas que se han generado.

La verdad que la broma esconde es que mientras más uno se adentre en el estudio de algo, menos puede aseverar cosas con total certeza. Dicho de otra manera: poco sabemos sobre la Batalla del Pichincha y los pormenores del proceso independentista frente a lo que nos imaginamos o lo que nos han contado sobre esos acontecimientos. Los casos emblemáticos de esto probablemente sean el “grito de la independencia” del 10 de agosto (que no fue ni grito ni de la independencia) y la figura de Abdón Calderón. Lo que se conoce de Abdón Calderón en términos de archivo son (más/menos) unas pocas líneas sobrias de Sucre y otras pocas, ceremoniosas, de Bolívar; pero el mito que se esparció fue elucubrado por el gran Manuel J. Calle (que se merece varias páginas aparte) (y reediciones), décadas después del suceso; su versión de la historia, como sucede con la mejor literatura, se convirtió en una expresión popular; difundida en colegios pero también en calles, bares y huecas, cobrando vida propia. Otro caso puntual es el de las Guarichas, la afamada “tropa” de mujeres que acompañaban a los ejércitos independentistas, casi siempre dedicadas a preparar comida, enmendar materiales, cuidar a enfermos, entre otros oficios; en realidad sabemos muy poco de quiénes eran y cómo se organizaban pero su legado ha sido rescatado a nivel simbólico en leyendas y poesías que fueron creados mucho tiempo después. La Historia se escribe de adelante para atrás. ¿Qué ocurrió hace cien años? Ya no existe y, sin embargo, perdura.

Pero fíjense: la gente que alega saber mucho sobre un tema probablemente no sabe tanto. Y mientras más proclamen su experticia, más hay que dudar de, por ejemplo, si serían buenas o buenos maestros a la hora de compartir sus conocimientos con otras personas. En eso la enseñanza de Historia se alía a la espiritualidad zen que valora “las marcas que las aves dejan en el cielo”. Dicho de otra manera: las aves NO dejan marcas en el cielo; y así debería ser nuestro paso por ciertos parajes. Invisible. El catolicismo es una religión más bien proclive hacia el alarde y la pompa (cúpulas y fachadas elaboradas, sahumerios, procesiones, es decir hay un verdadero esfuerzo por no pasar desapercibidos). Obviamente eso no quiere decir que esté “todo mal” o que no haya variantes más austeras dentro del Catolicismo (así como en el budismo zen también debe haber “de todo”, una corriente más apegada a la liturgia pomposa, por ejemplo).

Si los y las profesoras de este curso que comento se muerden la lengua lo hacen de una manera imperceptible. Donde ha sido posible exagerar o dejarse llevar por algún impulso patriótico, conveniente, visceral han sido cautas. Así puede ser un homenaje también, construido con el trabajo silencioso de años.

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