El año perdido de Miguel Díaz-Canel

- 20 de abril de 2019 - 00:00

uando la prensa extranjera publicó que un ingeniero sin el apellido Castro llegaba a la presidencia cubana, las expectativas se elevaron.  Los titulares periodísticos coqueteaban con la idea de que tras la sobria presencia de Miguel Díaz-Canel podía hallarse agazapado un reformista. Un año después de su investidura como presidente esos pronósticos parecen una broma de mal gusto.

En los últimos doce meses la palabra “continuidad” ha sido una de las más pronunciadas por el nuevo mandatario y, en la práctica, su gestión se inscribe también en los férreos límites de prolongar el status quo, sin cambiar o negar el rumbo elegido por Raúl Castro. Los escasos vientos frescos que han soplado desde abril de 2018 hasta la fecha tienen que ver con un presidente que se mueve más dentro del país y que publica a través de la red social Twitter.

En lugar de transformaciones, los cubanos han visto desplomarse la economía, elevarse los precios de los productos básicos y desaparecer de los mercados  la harina, el aceite vegetal, los huevos y el pollo. En el contexto internacional, el aislamiento ha crecido con la pérdida de aliados económicos y políticos, junto a una Venezuela en crisis que ha  cortado parte de los subsidios que enviaba a la isla.

Sin embargo, es en el terreno nacional donde surgen las mayores dudas y las más acérrimas críticas sobre el gobernante. Para la gran mayoría, Díaz-Canel ha perdido un valioso tiempo para impulsar reformas que ayuden a elevar la productividad de los campos cubanos, otorgar más autonomía al sector privado y reducir el protagonismo de las ineficientes “empresas estatales socialistas”, un fardo pesado para las finanzas cubanas.

Con el aumento de las presiones por parte de la administración estadounidense de Donald Trump, Díaz-Canel se ha atrincherado en el discurso ideológico, elevar los niveles de la propaganda oficial y culpar de todos los males internos al vecino del Norte. Nada nuevo en la política cubana de los últimos 60 años. El resultado de esa bravata ideológica, unida al deterioro de la vida cotidiana, ha sido un aumento en el éxodo. (O)