¿Amor en los tiempos de qué?

- 14 de febrero de 2018 - 00:00

El calendario de celebraciones de aquello que es imprescindible hasta para los microorganismos, con el swing pretencioso de fijar algo bueno, al final se consigue lo contrario: se comercializa en volumen, peso o largura. El amor (y la amistad) son negociables e importa nada el diluvio de poesía y buenas intenciones. Ya pues, Ecuador ama la vida. Un letrero para recordar que el amor es una tarea y no ese groove codificado en la intimidad genética.

O este 14 de febrero, un día para elevar cometas al amor, ¿y al día siguiente? ¿La rutina del atropello? De humano pedestre a humanidad es peregrinación interminable, sin precisar día o semana, solo hay que serlo (o intentarlo) con el talento radical de valorar la igualdad de cada existencia. Sin exactas definiciones, pretextos de cualquier índole o aceptaciones forzadas.

Eso, las definiciones para explicar esa combinación química de intuición e inteligencia. El amor. Si se define se establecen límites precisos. O se degrada a verdad exageradamente discutida; ocurre que las emociones son factores progresistas y la opinión social es tormento sin final. “El amor es cosa rara, enloquece y empalaga”, versos de algún bolero devenido en reliquia, resumiendo desventuras de novela.

Rayos, hasta en el amor los grupos opresores inventan normas para legalizar la represión por si alguien les descubre el juego y se vuelve cimarrón. La muchachada planetaria, en los sesenta proclamó el amor libre. El agobio legislativo escrito y acordado para joderle el gusto amatorio a la gente tuvo fecha de caducidad. Esa dialéctica entre libertad amatoria y control reaccionario aún continúa.

“El que habla del amor destruye el amor”, fue escrito en un muro parisino y sirve para no quitarle su naturaleza indefinible, porque de tanto mencionarlo se lo confunde con la flor, los chocolates o los corazoncitos de la tarjeta. Como hace cincuenta años o como todo el tiempo estamos obligados a volver a las causas. Y el amor es una causa. (O)