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Bernardo Sandoval

Alan García y el mal psiquiátrico

28 de abril de 2019 00:00

El suicidio de Alan García ha dado lugar a variedad de opiniones. Desde la hiperbólica y absurda de calificarlo como asesinato, si acaso hubiere sido motivado por persecución política, según el expresidente prófugo Rafael Correa; hasta la implacable opinión de una gran dama editorialista, Susana Cordero, que rechaza la palabra inmolación para calificar el acto suicida de García, indicando que inmolación habría sido enfrentar a la justicia.

Al ser un personaje político controvertido y generador de pasiones, habrá quienes sostengan que la decisión de suicidarse fue por la vergüenza de que se descubra la corrupción por la que se lo investigaba, mientras otros dirán que es por rechazar la mancilla resultante de una justicia politizada.

Hace una semana escribí un editorial en el que señalaba esta dicotomía, desconociendo que había un mal psiquiátrico en el expresidente García.

Jaime Bayly, el polémico periodista peruano, escribió un editorial, a propósito del suicidio de Alan García, indicando que el expresidente padecía un trastorno bipolar, lo que antiguamente se llamaba psicosis maníaco depresiva. El diario Gestión de Perú publica una noticia que señala que el embajador de Estados Unidos en Perú, en 2006, escribió un correo electrónico informando a su gobierno acerca de la condición psiquiátrica del mandatario peruano. La información había sido revelada en 2010 por el portal WikiLeaks.

Parece entonces que, en efecto, el político Alan García padecía de trastorno bipolar, condición que alterna episodios de hipomanía, es decir euforia, sentimientos de grandiosidad, locuacidad, irritabilidad, intolerancia a la contradicción; con episodios de depresión, es decir, tristeza extrema, apatía, pérdida de interés por el placer. Evidentemente el sufrir trastorno bipolar entraña un alto riesgo de suicidio, más aún si hay condiciones precipitantes, como la posibilidad de una condena judicial a una persona con un ego colosal. El suicidio acaba con el sufrimiento y la angustia del que lo ejecuta pero, ciertamente, no lo reivindica si acaso la justicia confirma su culpabilidad. El sistema judicial de Perú tendrá la última palabra. (O)

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