Afrocentrismo, ¿estrategia intercultural?

- 27 de enero de 2016 - 00:00

El Abuelo Zenón no trabajó especialmente el afrocentrismo, su pensamiento es para el vigor filosófico de las comunidades negras colombo-ecuatorianas; para él la variable geográfica tenía importancia menor, sea país adentro (Valle del Chota, Guayaquil y demás asentamientos territoriales) o país afuera, la línea fronteriza internacional solo era ‘una raya’ que apenas nos separaba, pero no nos dividía.

El pensamiento afroamericano es de liberación epistemológica, contrario a cualquier intento de dominación y de puertas abiertas, o sea de ‘par en par’. ¿Algunos nombres? Por supuesto, Malcolm X, Frantz Fanon, C. R. L. James, Ángela Davis, Abdías do Nascimento, Juan García Salazar y muchos más.

Michael Haldelsman entiende el afrocentrismo “como una estrategia intercultural en Ecuador”, Leyendo la globalización desde la mitad del mundo, Quito: Editorial Conejo, p. 110. Y lo es, al ser una estrategia, no solo para nuestro país, tiene al menos un objetivo innegable e improrrogable: la liberación epistemológica (conocimientos y saberes) en cada sitio de conversatorio o teorización.

Las izquierdas abanderadas del progresismo latinoamericano perdieron o están perdiendo las batallas emancipadoras por el extravío discursivo de la diversidad étnico-cultural en sus países; no la ignoran, pero fracasan por su contumaz eurocentrismo; enfatizan siempre en resultados económicos y descuidan mentes y corazones con diferentes necesidades. Por decirlo desde el palenque, apreciamos la sabrosura del bolón de plátano, pero también requerimos de su historia gastronómica; sí, el antiguo tema de la satisfacción de los consumos.

El progresismo latinoamericano, por ser lo que quiere ser, debería favorecer la renovación epistemológica liberadora en el pampón mayor de la interculturalidad; aún es tiempo de cambiar discurso y práctica de persuadidos herederos del colonialismo europeo (colonialidad del poder, del saber y del conocimiento), también si las propias limitaciones revolucionarias suponen una dificultad. Ese cambio se evidenciaría al legitimarse para la propia izquierda americana el afrocentrismo como aliado dinámico en el proceso de liberación. Toda revolución que no atiende, entiende y se extiende en la territorialidad de pueblos y nacionalidades involuciona (para peor) con relativa facilidad, el mundo está lleno de ejemplos. ¿Aprenderá la histórica lección?

Hasta el último comunero afroamericano, urbano o rural, sabe que la pobreza no es un accidente providencial desfavorable o porque unos nacieron afortunados y otros sin fortunas, pero con bastante infortunio.

La pobreza impuesta no es ninguna virtud espiritual. Si este jazzman fuera ese último comunero diría que el racismo es el determinante de la economía política en nuestros países, es decir, favorece a quienes se apropian del casi todo. Ese ‘casi’ (el apenas algo) para la casi totalidad de la humanidad urbana y rural. ¿Hay una economía social de saberes? (O)