¿Somos los viejos más felices?

- 11 de octubre de 2018 - 00:00

Hay once largos feriados en el país. Unos 35 días de descanso adicional a los fines de semana normales. Fue un regalo de la Revolución Ciudadana durante la época de bonanza y era para fomentar indudablemente el consumo interno en todas sus formas, especialmente el turismo.

Funcionó mientras había dinero en abundancia; ahora no estoy muy seguro de ello. Pero ese no es el tema. Amo a mi ciudad de Guayaquil y celebro con entusiasmo sus fiestas octubrinas; pero qué desgracia que después de tres días de feriado y tratando de iniciar la semana en un martes laborable me encuentro con que hay dos desfiles conmemorando precisamente la fecha que originó los días adicionales de descanso y tardo dos horas y media en llegar a la oficina después de dar vueltas y vueltas en un desordenado tráfico en el cual nadie sabía a dónde ir. ¡Eso es para sacar de casillas al más tranquilo!

Ya no a mí. Me parece que a mi edad tomo la vida en forma diferente. Es un hecho que la gente está viviendo más tiempo y que nuestra sociedad está envejeciendo. En el último siglo hemos duplicado la expectativa de vida; mucho más que lo logrado en miles de años anteriores. Esto se debe a un resultado sorprendente de la cultura; la confluencia de la ciencia, la tecnología y los grandes cambios en el comportamiento que mejoran la salud y promueven el bienestar.

A los viejos no nos molestan muchas cosas. Tenemos la facultad humana de ver el tiempo y no solo el reloj o el calendario: vemos el tiempo de vida. La paradoja de la vejez es precisamente reconocer que no viviremos eternamente y eso cambia de manera positiva nuestra perspectiva de la vida. Cuando nuestro horizonte de vida está lejano y es incierto, como es común en los jóvenes, nos preparamos constantemente, absorbemos toda la información disponible, corremos riesgos, exploramos, andamos de prisa, nos impacientamos rápidamente.

Cuando envejecemos, nuestro horizonte de tiempo se acorta y nuestros objetivos cambian. Nos damos cuenta de que no tenemos todo el tiempo, nuestras prioridades se vuelven más precisas. Las cosas banales pierden importancia (como dos desfiles en pleno día laborable). Valoramos la vida. Somos más reflexivos, nos inclinamos más a conciliar.

Participamos en las actividades emocionalmente importantes de la vida, la vida mejora y somos más felices día a día. Pero ese mismo cambio de actitud nos lleva a mostrar menos tolerancia ante la injusticia. (O)