Administración correísta: mediocridad

- 31 de agosto de 2018 - 00:00

Lo mejor de la década correísta -y es reconocido por la mayoría de los ecuatorianos- fue la Constitución de 2008, la misma que está cargada de muy buenas intenciones. Sin embargo, sus implementadores no estuvieron a la altura de las circunstancias. El mérito principal de la Constitución se encontró en los principios y direccionamientos políticos: es democrática y positiva desde la perspectiva de los derechos humanos. El problema fue la administración de sus mandatos desde la cabeza, desde Rafael Correa y los principales funcionarios del Gobierno y de los diferentes poderes del Estado que actuaron sin independencia del Poder Ejecutivo.

Los discursos del presidente Rafael Correa, dentro y fuera del país, no estuvieron a la misma altura de sus implementaciones, que fueron regulares y hasta deficientes, como las centrales hidroeléctricas, que en su amplia mayoría no se encuentran en funcionamiento.

Los ministros y principales funcionarios no fueron “las mentes más brillantes, las manos más limpias y los corazones más ardientes”. No se cumplió el refrán: “Zapatero a tus zapatos”. No se escogió a las personas más preparadas para cada cargo; y en los pocos casos positivos, duraron muy poco en sus funciones. Se prefirió a individuos que por conveniencia actuaron como “sordos, ciegos y mudos”. No se privilegió que las personas tengan conocimientos profundos sobre las gestiones encomendadas, sino que obedezcan las órdenes superiores.

El gobierno de Rafael Correa se llenó de demasiados casos de “geniecitos” sin experiencia y de todólogos, que sabían algo de lo que hacían y buenos para nada. El presidente Correa demasiadas veces pretendió descalificar a los demás llamándolos mediocres. Su gobierno, con muchas personas desubicadas en sus cargos, llevó como resultado a no ser más que mediocre. No se siguió el ejemplo del presidente John Kennedy, cuya inteligencia quedó demostrada al rodearse de colaboradores más inteligentes que él. (O)