Adiós al cheque en blanco

- 26 de febrero de 2018 - 00:00

Ninguneos del Gobierno, antes y después del acto. La personalización para negar la masividad. Las voces de la calle, motivos. Traspiés de Dujovne, malas nuevas económicas, desaires de los jueces. La causalidad de la bronca y el activismo popular. La nueva moda de los insultos: algo más que puro fútbol.

El Gobierno hizo todo que estaba a su alcance para limitar la cantidad de dirigentes sindicales que adhirieron al acto del miércoles 21. Festejó cada ausencia como un gol de media cancha, las preanunció con fruición, insinuó que los oradores hablarían ante un páramo. También prodigó presiones o favores para inducir el ausentismo, tan detestado en otras facetas de la realidad.

Más tarde minimizó el número de participantes. En el primer intento se le fue la mano porque las imágenes de los drones tornaban ridículas sus estimaciones, la aumentó en cuestión de horas.

En todo momento identificó al acto con sus convocantes. Las fotos del palco “punteando” a los dirigentes son válidas e ilustrativas, pero es falaz deducir que más de doscientas mil, tal vez un cuarto de millón de personas, sean clones o títeres de Hugo Moyano, de Cristina Fernández de Kirchner o de cualquier protagonista. No participó una masa informe ni un conjunto de Wallys o zombis sin personalidad, motivaciones, valores e intereses.

Eran trabajadores, formales o no, con o sin empleo. Provenían de todo el país, con la lógica preeminencia del área metropolitana. No cualquier persona puede costearse un viaje de larga distancia…para muchos hasta los vuelos lowcost de Flybondi son prohibitivos, sin contar que no suelen llegar a destino.

Una representación viva de la clase trabajadora se dio cita para cuestionar al Gobierno en general y practicar la nueva costumbre de insultar a Mauricio Macri, con todas las letras.

El macrismo echó mano al rebusque clásico de todos los gobiernos: comparar a los que ponen el cuerpo, se movilizan, caminan, se cansan y ejercen la acción colectiva versus los que “se quedaron en sus casas”. Se da por hecho de que todos y todas objetan la movida. Se sobreinterpreta que la mayoría silenciosa” obra con unanimidad, toda una falacia. (O)

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