A propósito de Rosario Tijeras

16 de abril de 2011 - 00:00

En 1994, el escritor Fernando Vallejo publicó la novela La Virgen de los Sicarios, con el sello Alfaguara. La novela devendría en un éxito internacional y abriría una ruta de exploración del sicariato y el pandillaje en la narrativa colombiana. Igual sucedió con la versión cinematográfica que hizo Barbet Schroeder el año 2000 que dio paso a éxitos en venta y taquilla como Rosario Tijeras, Delirio y Satanás, consolidando lo que algunos llaman el “realismo sucio” para un mercado anhelante de consumir los males del país.

La novela de Vallejo tiene la dudosa virtud de convertir la dramática inserción al mundo global de los jóvenes de los barrios pobres de Medellín en la exploración narcisista de un gramático nostálgico, homosexual, misógino y fascista. El escenario de la novela es el Medellín inmediatamente posterior a la muerte de Pablo Escobar Gaviria en 1993, hecho que condensó una parte importante de la historia reciente de la ciudad donde la desregulación, la descentralización y la privatización dieron paso al narcotráfico, el paramilitarismo y el sicariato.

Entre los años 60 y 70 en Medellín se vivió una crisis textil y una crisis cafetera que afectaron la economía de la ciudad; se rompió el sistema paternalista que había caracterizado las relaciones de clases y el desempleo empujó a los jóvenes a la producción de marihuana y cocaína. En este contexto, la novela de Vallejo hace una descripción estetista de la violencia donde se resalta la figura del propio autor. La obra elabora una estética del adolescente angelical asesino, propone una inmersión heroica del autor en el submundo criminal y una reivindicación del habla de los sicarios en medio de matrices conservadoras, racismo, misoginia, clasismo y anticomunismo.

En la novela el autor-protagonista es un gramático que ha vuelto a Medellín a morir de viejo y se encuentra con el caos de una ciudad que tiene el poco virtuoso papel de ser el escenario de disputas del más grande cartel del narcotráfico en el siglo XX. Mediante la gramática, un oficio del siglo XIX, el protagonista se coloca a sí mismo por encima del banal presente representado por los jóvenes sicarios. En la novela se describe a los sicarios como enceguecidos por el deseo de  bienes materiales, mientras el gramático se muestra a sí mismo como alguien por encima del bien y del mal, quien solo pide a los jóvenes sicarios que lo amen.