2011, el año del no retorno (I)

14 de diciembre de 2011 - 00:00

Tengo la profunda convicción de que el año que termina está marcado por unos acontecimientos, fácticos y simbólicos, que definieron a este país y a sus actores políticos fundamentalmente. Para los expertos económicos habrá que dejar el balance de la situación de la economía, que a mi modo de ver también experimentó cambios y revelaciones significativas. Por lo pronto, en la política hay dos situaciones clave para entender cómo se configura el 2012, para muchos, el año electoral por excelencia, con sus pros y contras.

Primero: La consulta popular de mayo reveló a la izquierda en sus alcances y limitaciones. La colocó en su real condición y contradicciones. Un sector de ella asumida, como el propio Lenin criticaba, desde un idealismo que la frena a la hora de gobernar o colaborar en el gobierno, pues sus “principios” y “doctrinas” le impiden valorar la acción política como un conjunto de medidas que empujan un proceso.

Siempre ha sido así y por eso se explica cierto inmovilismo, sin considerar que se gobierna con base en la realidad y para transformarla, no para idealizarla, y mucho menos para someterla a ciertos experimentos puramente ideológicos, más allá de los intereses gremiales o corporativos. Y del otro lado, está la izquierda que gobierna afrontando esa complejidad desde un pragmatismo a veces inentendible para algunos, pero que da resultados en las encuestas, en las cifras económicas y en la gestión gubernamental, acudiendo a medidas legalistas, nada ortodoxas y confrontando toda resistencia desde una moralidad que ahora se interpreta como “justiciera”.

Lo cierto es que esta izquierda que gobierna afronta el reto de desarrollar el programa fijado por la Constitución de Montecristi en toda su ambición política y complejidad institucional. Y debe hacerlo en la condición de administrador de un nuevo Estado, pensando en el bien común, cierto. A la vez que convocando a la unidad nacional, pero no dejándose someter a ciertos chantajes grupales.

Segundo: La derecha ha desaparecido del terreno de la disputa política y ahora existe gracias a los medios de comunicación y la aparición de actores políticos desconectados de una doctrina clara y tan solo vivos por el uso de recursos mediáticos. En otras palabras: esa oposición no encuentra, en su lógica de oponerse a todo sin ton ni son, un liderazgo para confrontar en los mismos términos al que gobierna al Ecuador. Aspira a que Rafael Correa “meta la pata” porque hasta ahora no encuentra una fisura en esa conexión establecida por él, cada día más, entre los sectores pobres y su gestión gubernamental, práctica y efectiva. Y, paradójicamente, esa derecha confía que la izquierda “desencantada” haga el trabajo de desmontar el proyecto de Revolución Ciudadana, y por eso estimula a ciertos dirigentes a forjar una alianza “plural” democrática.