Terremoto, desmemoria y corrupción

- 28 de abril de 2016 - 00:00

Los manabitas somos maravillosos, apasionados, trabajadores, inteligentes, solidarios y a veces un poco temperamentales. Narradores, músicos, artistas del paladar, alegres, parranderos con humor especial, capaz de desatar las carcajadas colectivas más largas que podamos imaginar. Hemos afrontado el desafío de construir vida en una de las zonas inestables y con déficit hídrico permanente por la falta de ríos que reciban recargas de los deshielos de los Andes; por ello llevamos en la piel la palabra sequía y enfrentamos el drama de la migración constante a lo largo de nuestra historia buscando lugares en el mundo para trabajar y pensando siempre en volver. Todo eso es Manabí, gente, montaña y mar, el mejor Macondo mágico real, que siempre pasa la página de los 100 años de soledad para construir más de 10.000 años de vida.

Por su particular proceso de modernización, la provincia ha conservado estructuras sociales tradicionales, una de ellas, la red de parentesco usada como estrategia socioeconómica por los segmentos medios y populares para enfrentar crisis y eventos de destrucción; aunque también como recurso de poder de caciques, grupos dirigentes y pequeñas oligarquías locales. Pero entre las enormes virtudes que tenemos los manabitas, acusamos el problema del olvido y la desmemoria. Quizás las graves crisis enfrentadas por las sequías, los fenómenos de El Niño y décadas de violencia armada sean la causa para intentar olvidar los hechos dolorosos y potenciar la construcción de mitos modernos, que en realidad se vuelven más bien narraciones utópicas para justificar la razón de la permanencia. Todo parece indicar que en Manabí siempre han existido terremotos, pero nadie los recuerda: en 1605 los españoles decían que la gente del lugar edificaba bajo “para seguridad de los temblores de tierra que los solían padecer a menudo. La principal causa de la pobreza”.  En 1888 hubo sismos; otro evento de gran intensidad y magnitud se produjo entre finales del siglo XIX y principio del siglo XX, según los reportes del propio Eloy Alfaro. También se ha confirmado que poco antes de 1907 hubo un terremoto aquí y que a lo largo del siglo XX se produjo otro en Chone. Con la desmemoria de la mano y buscando el ideal de la urbe de rascacielos, olvidamos la técnica de las casas bajas, de paredes y techos livianos, amarres flexibles y patios amplios. Alguien dijo un día después del último terremoto que Portoviejo había retrocedido 50 años porque no teníamos ya edificios en el centro, convencida aquella persona de que el avance o retroceso se mide por la altura. De la mano de la desmemoria ha caminado también una combinación de desconocimiento, falta de conciencia y corrupción, que a lo largo de las últimas décadas permitió el negocio de los edificios mal construidos y elevados a la usanza del interés particular, muchas veces a cambio de un ‘billete’ entregado al compadre de turno. La desmemoria tiene remedio. El desconocimiento tiene remedio. La corrupción es un cáncer social difícil de combatir. Duele el alma saber que miles de manabitas perdieron la vida por un efecto de la corrupción. La mejor solidaridad interna que esperamos recibir los manabitas es el compromiso de la clase dirigente para evitar la desmemoria e implementar las políticas y normas de construcción que protejan la vida, venciendo la tentación y presión de las nuevas ambiciones que ya muestran sus uñas. La memoria de la vida es la mejor; mas, la memoria del dolor y la muerte, aunque nos arañe el espíritu, debe registrarse y servirnos para no fallar nuevamente. Por los que se fueron y nos dejaron marcados para siempre, no debemos olvidar.

Aquella noche se movió para nosotros todo el mundo. Sorprendentemente, al día siguiente salió el Sol y lo vimos incrédulos, alumbrando a las ciudades devastadas. Sorprendentemente, en la esquina apareció poco después el sencillo verdulero trabajando y contando a los vecinos la historia de su renacimiento. Y Rubén, el estoico barrendero amigo, estaba ahí. (O)

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