Historias de la vida y del ajedrez

Eso es lo malo: Que la ley es la ley

- 04 de agosto de 2016 - 00:00
Fotos: Internet

No hay duda: Si nos sacaran las fantasías de nuestro cerebro, quedaría un vacío enorme. Lo importante es que las fantasías las podemos convertir en maravillas como la novena sinfonía, o el viaje a la luna. Lo grave es cuando fantaseamos superioridades raciales. Entonces, de imaginativos, nos convertimos en animales peligrosos.

 Sucedió en 1955 con Emmet Till, un niño negro que vivía en Chicago, ciudad de fríos y vientos inclementes. Su tío, que vivía en el sur, allá en Misisipi, lo invitó a conocer aquella región tan distinta para el gran paseo de su vida. Allí, un domingo, después de asistir a misa en la iglesia para negros, salió a conocer el pueblo con varios amigos de su edad. Con una moneda en el bolsillo, quiso darse el gran gusto de un niño: entró una tiendecita a comprar dulces. A la salida, sintiéndose dueño del mundo, turista a los catorce años y con un dulce en la mano, se despidió de la dueña y le dijo: “Chao, baby.”

Durante varios días, la mujer se encargó de contar a todo el mundo y el “chao, baby” se había convertido en un intento de violación a la que ella hizo frente con pistola en mano. Cada pueblerino aumentaba algo al rumor que crecía. Cuando regresó el marido, que había estado ausente y conoció el rumor, buscó al culpable, y secuestró y torturó a varios afroamericanos.  Al final, un niño afroamericano, golpeado, dio el nombre de Emmet Till. Esa misma noche, Briant, con otros hombres, secuestraron al niño. Llevado a un galpón, lo golpearon durante horas, lo amarraron con alambre de púas, le colgaron un motor en el pecho, le dieron un tiro en la nuca, y lo arrojaron a un río.

Cuando fue hallado el cuerpo, la madre del niño exigió que el funeral público se realizara con el ataúd abierto para evidenciar el horror del racismo. Los sospechosos fueron llevados a juicio. Lo negaron todo y dijeron que ese cadáver no era el del niño, aunque llevaba un anillo que lo identificaba. Ante el tribunal, Briant declaró: “Soy blanco, cristiano, y hago respetar la ley.” El jurado, compuesto por doce blancos, declaró a Briant y a sus amigos inocentes. Tiempo después, el mismo Briant volvió a hablar y dijo: “Como no me pueden juzgar dos veces, ahora confieso que sí lo hice.” Briant vivió toda su vida en libertad. La semana pasada Emmet Till, aquel niño asesinado, habría cumplido 75 años y hubiera sido un abuelo de mirada mansa contando a sus nietos que cuando era niño había sido feliz en unas vacaciones, allá, en el Misisipi racista. 

En ajedrez, cuando los blancos matan, lo hacen por inteligencia. No por fanatismo.

                                              1: Cf8+; Rh8
                                              2: Txh6+; Th7
                                              3: Txh7 mate.

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