El manejo de la bronca

- 31 de mayo de 2016 - 00:00

Hay indicios bastante pesados -corroborados por algunos datos concretos, aunque no del todo probatorios- que sugieren una caída de los índices de popularidad de la Revolución Ciudadana y de su líder, Rafael Correa. Una de las causas que habría indispuesto a la población ecuatoriana es una fuerte polarización social condimentada por una rica fenomenología de la contumelia. No es una casualidad que solo la candidatura de Lenín Moreno, quien es visto como una opción conciliadora, podría asegurar sin agobios la victoria en una carrera electoral que, al parecer, se hace de otra manera cada vez más cuesta arriba para el bloque oficialista.

Sin embargo, sería erróneo ver en la creación de adversarios políticos algo enteramente y de por sí inoportuno, como predican aquellos sectores de la opinión pública que se declaran hartos de la retórica divisiva de Correa. Me parece más bien que si de algo el oficialismo es culpable es de un mal manejo de la bronca, es decir, una incapacidad de mantener el antagonismo dentro de un cauce razonable y aceptable.

En efecto, en su dimensión más auténtica, la política reside en el desacuerdo, o sea en la posibilidad de discrepar sin que haya una necesaria reconciliación entre las tesis en juego. Armar bronca, encontrar adversarios, darles un nombre, ponerlos ante sus responsabilidades históricas han sido momentos indispensables para engendrar la Revolución Ciudadana. La intuición de fondo es que no hay identidad si no se ligan diferentes elementos en contra de un enemigo común, si no se erige -dicho en otras palabras- una frontera que diferencia y, a la vez, constituye.

Es cuando la bronca se convierte en denostación y carece de un lado pedagógico que su despliegue asume carices problemáticos. Si no hay una dimensión adaptativa, si no se ponen los cimientos para generar una forma civilizatoria diferente y, sobre todo, si esa frontera no es elástica, se abre la posibilidad de que otra línea divisoria desplace la existente (como paradójicamente podría ser aquella entre conciliadores y no). Es más, si no se trasciende progresivamente la polarización para dar vida a una normalización, se corre el riesgo de que una división tan exacerbada se vuelva en la fuente de incomodidad social, desgastando irreparablemente el discurso que la sigue desplegando.

En este sentido, presentarse como conciliadores en esta época paga políticamente porque es justamente lo que encarna una plenitud ausente. Ahora bien, hay diferentes formas de encarnarla. Si ser conciliadores conlleva regar dádivas a diestra y siniestra -y sobre todo a diestra-, volviendo a restablecer para ‘los mismos de siempre’ concesiones significativas, los sectores populares y la clase media, la cual anda ahora tan desenvuelta entre millas aéreas y cocteles exóticos, podrían pronto darse cuenta de que tal vez era mejor la polarización. Si en cambio la reconciliación significa bajar las revoluciones, pero teniendo siempre bien presente quiénes han mantenido el país empobrecido por décadas, tal vez se pueda producir una resolución feliz del impasse actual. (O)

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