Especial

Con tinta roja se escribe la diversidad en la narrativa ecuatoriana

- 30 de junio de 2014 - 00:00

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“Los hombres estaban golpeando salvajemente a Caramelo, pateándole en las nalgas y en los testículos hasta que este cayó con un ruido sordo al suelo, sus lamentos agazapados a los muros”. Triste epílogo de la vida de Caramelo, el travesti a quien el escritor Javier Ponce construye en Resígnate a perder (Seix Barral, 1998). La representación de personajes sexualmente diversos en la narrativa ecuatoriana ha estado presente desde la tercera década del siglo XX. Un hombre muerto a puntapiés de Pablo Palacio, publicado en 1926, marca el inicio de una ruta que, aunque tímidamente, se ha ido abriendo paso hasta nuestros días.

Tras querer seducir a un menor en las calles del viejo Quito, el protagonista de esta historia, Octavio Ramírez, es asesinado por el padre del menor. La violencia, entre otros aspectos, ligada a la moralidad, a los prejuicios, a la supuesta enfermedad y a la ilegalidad, marcan una constante que seguirá durante todo el siglo XX y parte del XXI en la literatura nacional. “Lo único que pudo saberse, por un dato accidental, es que el difunto era vicioso”, señala el penúltimo párrafo de una crónica que relata el hecho inquietando al personaje narrador-investigador del cuento de Palacio, quien en un momento concluye: “Había tenido desde pequeño una desviación de sus instintos, que lo depravaron en lo sucesivo…”.

Se puede ver que la violencia no solo está en aquel crimen, sino, sobre todo, en el lenguaje: vicioso, desviación. Vale reflexionar que, a pesar de que Ramírez ha intentado seducir a un menor de 14 años, lo cual sin duda estaría fuera de la ley en cualquier contexto, a Pablo Palacio parece interesarle visibilizar la discriminación, aunque también el deseo homosexual. Tres años más tarde, Joaquín Gallegos Lara publica Al subir el aguaje, corto relato en el cual su protagonista lesbiana, la Manflor, es tildada de ‘tortillera’ por el Cuchucho, coprotagonista de la historia que intenta seducirla. Aquí es importante considerar que un autor puede estar interesado en mostrar, a través de sus personajes, la homofobia, lesbofobia o transfobia. No obstante, el narrador omnisciente de Gallegos Lara, se vuelve partícipe del maltrato, pues él le dice ‘marimacho’. “A los cuatro campanazos de los machetes, la marimacho hizo saltar al estero el rabón de Cuchucho”. ¿Omnisciente-autor-escritor? Vuelvo así al tema de la violencia a través del lenguaje.

La muerte continúa inscribiéndose en esta narrativa de márgenes. Cuatro décadas después, Pedro Jorge Vera construye a un suicida (Los señores vencen, 1968) que deja una carta a su padre en la que la culpa (asociada, claro está, con lo moral, con el deber ser) se deja ver a través de la vergüenza que siente por su condición de homosexual: “Vergüenza ante los ideales que no puedo abrazar porque los mancharía… Vergüenza ante el hijo que se agita en su vientre (el personaje ha intentado ‘hallar la salvación’ en una mujer) y que mañana huiría del padre execrable… Repugnancia de ti y de mí”.

La homofobia, en este relato, se encuentra en el suicida. Es lícito pensar en cómo el entorno sancionador de la sociedad se inscribe en los inconscientes. En cómo puede llegar a ser determinante en el psiquismo de los seres humanos, en su proceso de formación.

La representación de personajes sexualmente diversos en la narrativa ecuatoriana ha estado presente desde la tercera década del siglo XX. Un hombre muerto a puntapiés de Pablo Palacio, publicado en 1926, marca el inicio de una ruta que, aunque tímidamente, se ha ido abriendo paso hasta nuestros días“La homofobia no está restringida a los heterosexuales; también los homosexuales, desde muy temprana edad (y mucho antes de tomar conciencia de su orientación sexual), han estado expuestos a la misma homofobia. Esta última es parte de la cultura general y se manifiesta tanto en los chistes, los chismes y los comentarios (entre niños y adultos por igual) como en la cultura popular, el cine, etc.”, asegura la psicoterapeuta mexicana Marina Castañeda en La experiencia homosexual (Paidós, 2011). Y la voz omnisciente de este relato también se muestra homofóbica: “Y de pronto, la carta maldita le revelaba que el hijo en quien aspiraba a mirarse, era un monstruito repugnante, carne de placeres prohibidos”.

Al referirme a la siguiente narración, Es viernes para siempre Marilin, quiero precisar que no todos los relatos con representaciones LGBT tienen como protagonistas a miembros de este colectivo o giran en torno a ellos. En este cuento de 1997, Huilo Ruales describe una escena urbana con un personaje travesti, fundamental para entender cómo la violencia ha sido experimentada también por la comunidad transgénero. La ‘ficción’ ha sabido bien contárnosla: “…esquina de la reina victoria y colón: el travesti más viejo del mundo aprovecha el reflejo de la vitrina de cinco metros cuadrados de textilandia: alisa su microfalda estampada de piel de tigre, reubica sus senos artificiales... una anciana… perdida en un abrigo negro y equilibrándose en tacones, cruza la calle entre los autos. Directamente se acerca y sin titubeos ni violencia, con una pistola plateada… dispara seis veces…”.

Recordemos que cuando este cuento, —al igual que otros de la misma época— fue escrito, hubo mucha represión en contra de la comunidad GLBT. Además, hasta 1997, la homosexualidad fue ilegal en el Ecuador. Ser homosexual y, por lo tanto, sexualmente diverso (porque en esta palabra la absurda ley incluyó todas las poblaciones, tema para ser analizado en otra ocasión) era sinónimo de ser criminal.

En busca de los orígenes

Pero, ¿por qué tanto odio y maltrato?, representado asimismo en el cuento Cristina envuelto por la noche (1998), de Raúl Vallejo, en el cual su protagonista transgénero agoniza tras ser agredida con arma blanca: “Parecía muerta; un cadáver abandonado a su suerte, una rubia asesinada por el machuchin…”. El origen de la homofobia se remonta a la Conquista. Una crónica de la época escrita por Pedro Mártir de Anghiera, referida por Roberto Palacio en su estudio Pecar como Dios manda, historia sexual de los colombianos (Planeta, 2010) narra, por ejemplo, cómo los indios del pueblo de Querequa (Colombia) que vestían con prendas de mujer fueron asesinados por órdenes de Vasco Nuñez de Balboa. “Vasco descubrió que el pueblo de Querequa era presa de los vicios más repugnantes. El hermano del rey y otros cortesanos iban vestidos como mujeres… Vasco ordenó que 40 de ellos fueran destrozados por los perros. Los españoles habitualmente utilizaban los perros para luchar contra esta gente desnuda, y los perros se arrojaban sobre ellos como si se tratase de jabalíes o tímidos venados”. Roberto Palacio escribe que, al parecer, luego se los quemó “para limpiar el pecado contra natura… no sin antes declamar en público cuál había sido su delito”.

Este discurso moralista, que bien ahora se podría tipificar como delito de odio, fue heredado por la medicina y las leyes. Recordemos que así como fue ilegal la homosexualidad, también se la consideró una enfermedad. En un cuento de Raúl Vallejo, Te escribiré de París, publicado en 1998, figura la siguiente nota periodística: “Jóvenes agredieron a travesti de color. El cronista había escrito: Si bien ese hecho es execrable, el mismo responde al cansancio de los habitantes de un sector de la ciudad que se ha convertido en guarida de inmorales y delincuentes…”.

Asesinar y maltratar a personas transgénero fue una práctica cotidiana, sobre todo en los años ochenta y noventa del siglo XX. Los Escuadrones Volantes, por ejemplo, irrumpían en bares o discotecas “clandestinos” y, a menudo, llevaban apresada a gente de la comunidad. En su proceso de creación, escritores y escritoras se han anclado, sin duda, en determinadas épocas y entornos sociales, culturales, políticos, legales y religiosos. Leamos dos líneas más de Ruales: “…cuando el sol se revienta y la noche se desploma sobre las nucas, empieza el partido de fondo… en sus ángulos mojados supuran maricas preciosos espantados de los escuadrones de la muerte”.

A su vez, en otro momento de la historia de Vallejo se refuerza esa agresividad, ya no solo desde la Ley, sino, en este caso, desde la sociedad civil: “…nos enteramos de que, al fin, Lorena, el moreno que trabajaba en la esquina de Lizardo García y Almagro, apareció luego de cuatro días de no haber dado señal de existencia… había subido a un trooper plomo… esa noche, el mismo carro… se detuvo al salir a Almagro… un pesado fardo cayó arrojado sobre la vereda. Tenía el rostro hinchado y manchas de sangre sobre el bluyín… En el trayecto al hospital, éste... contó… que… lo golpearon con un tolete de caucho… lo violaron con el mismo tolete; …que les diga a todos que se cuiden o se hagan humo… porque ellos son los jóvenes que limpiarán de putas y putos a la Mariscal”.

Enfatizo aquí la construcción del imaginario colectivo: homosexual-enfermo-asesino, que ligado al fanatismo y al odio, ha sido impulsado por los discursos conservadores. En Angelote amor mío (1982), al narrar Javier Vásconez el velorio de Jacinto, un homosexual de clase alta, evidencia, en cambio, el doble discurso de la moralista sociedad quiteña. La voz narradora del amante del protagonista relata: “Con ojos atentos tu parentela seguía cada uno de mis pasos (en el velorio). Una vez más aparecía la mentira, el engaño, la hipocresía de todos ellos limpiando sus lágrimas con pañuelitos de seda…”. Vásconez ironiza, además, con el uso constante de símbolos católicos.

Violencia física y simbólica constante en esta narrativa de deseos irreverentes

En Ni sombra de lo que eras (Lucrecia Maldonado, 1998), la agresividad está igualmente presente. Dos mujeres hablan en una peluquería sobre Roxana, protagonista transexual de esta narración: “…Susana se encaró con Rut hablándole a media voz, pero con ganas de gritarle: ¡Vos y tus ideas geniales! ¡No sé cómo voy a pasarme la tarde entera aguantando manipulaciones de ese marica! ¡Me parece asqueroso, francamente as-que-ro-so!...”.

El reconocido activista transgénero Geovy Jaramillo está seguro de que se castigaba a las personas trans por cometer el delito de denigrarse al vestirse de mujeres luego de haber nacido hombres. Lo heteronormativo como el modelo a seguir ha comandado sin duda tanto maltrato. Bordieu habla del dominio de lo masculino sobre lo femenino. Vestir con ropas del sexo contrario constituye una transgresión en la mayor parte de sociedades, situación que implica la demanda y reconocimiento de identidades alternativas, distintas a las categorías hombre y mujer.

El vestido, más allá de necesidad básica de protección, es, además, un hecho social. Laura Zambrini, en su ensayo Cuerpos, indumentarias y expresiones de género. El caso de las travestis en la ciudad de Buenos Aires, afirma que “la relación entre cuerpo y vestido es una relación social, sustentada a partir de cuestiones morales e históricas”. Transgredir, entonces, esos códigos culturales impuestos vistiendo ropas del sexo contrario al originario significa romper la polaridad hombre-mujer, el binarismo masculino-femenino reforzado a través de instituciones como el Estado y la Iglesia.

Cuando las leyes fueron mutando, las representaciones GLBT también entraron en metamorfosis

En la novela Salvo el Calvario (2005), Maldonado otorga una posición distinta al deseo homosexual, tornándolo positivo, naturalizándolo. Fernando, el médico protagonista, confiesa: “No quería nada de psiquiatras ni de cosas parecidas. Simplemente quería estar conmigo, dejar de latiguearme... por algo que, en fin de cuentas, no era mi culpa, que posiblemente ni siquiera era una culpa”.

Sin embargo, tal vez, es Juan Carlos Cucalón con su corta ficción La Niña Tulita (2009) quien reivindica lo más satanizado: lo transgénero. Aunque la violencia continúa presente y la protagonista está muerta, ella se convierte en santa tras tornarse sanadora en su pueblo. Y la transfobia, a través de su padrastro, es ahora castigada: “Al chasquear del fósforo, todo se volvió una bola de llamas y Jorge se vio envuelto en su propio fuego”. En esta escena, el padrastro quiere quemar el cuerpo de la Niña Tulita, tras desenterrarlo.

La antología Cuerpo adentro, historias desde el clóset (Quito, Ministerio de Cultura, 2013) de Raúl Serrano, selecciona, a más de los textos mencionados, frescas narraciones en las cuales se da paso a un mayor erotismo, a problemáticas de pareja, a la fugacidad de las relaciones o al cyberespacio como lugar conquista. La indeterminación sexo-genérica de sus personajes constituye otro elemento característico de esta narrativa desestabilizadora. Es interesante descubrir, igualmente, un lenguaje exuberante del cual habla Krzysztof Kulawit en Travestismo lingüístico: el enmascaramiento de la identidad sexual en la narrativa latinoamericana neobarroca en el que, incluso, se otorga un género a una palabra determinada o se cambia el mismo: “Por qué no se larga con su amanta principal...”, dice uno de los personajes de Marcelo Báez en el cuento Élella.

Se ve cómo la palabra ‘amanta’ (una invención) remite a amante, palabra sin género a la cual la voz narradora ha querido otorgarle uno, relevando lo femenino. En otro momento infiere: “...tienes 32 años y aún tienes a esa Macha en tu vida” (y ‘Macha’ se escribe con mayúscula). Un aspecto fundamental, nuevo para destacar en esta narrativa del XXI, es que la mayor parte de historias han sido narradas en primera persona. En su mayoría, la literatura con representaciones de personajes GLBT del siglo anterior, está contada desde el narrador omnisciente.

Las estigmatizaciones trans de Vallejo, Ponce y Ruales contrastan con nuevas representaciones como Princesa de Navidad (Jennie Carrasco, 2013), en la que el personaje, a pesar de ser echada de la casa de sus padres y sentirse señalada por la sociedad tiene una profesión: técnico en fabricación de microchips. En el sórdido oscurantismo del siglo pasado, posiblemente era impensable otorgar una categoría distinta a una persona transgénero que no fuera la del trabajo sexual, como ocurre en los relatos de los autores abordados.

Haré mención finalmente a un pequeño libro que descubrí casi por casualidad y que apenas ha circulado. Me refiero a Köndenasjón de de Carlos Aulestia, editado en 2012. Al leer sus ‘Maricones’ casi pensé hojear otra crónica de la Conquista: “Son peludos como pájaros. Se trenzan vorazmente ante las multitudes y sus abrazos son tan exagerados que la gente ya ni siquiera repara en ellos, aburrida de su promiscuidad. Antes había algunos que se detenían a patearlos, pero ahora ya a nadie le hacen gracia. A algunos el miembro se les infecta y les es preciso amputárselo… a otros se les infecta el ano, que se llena de roscas purulentas… La gente olvida sus tumbas. Nadie las limpia… Los perros acechan los restos y de vez en cuando pillan trocitos de sus pequeños corazones, que tanto latieron. Otros maricones contemplan entristecidos la madeja de sus huesos y después se alejan sollozando...Pronto les llegará su hora de enroscarse y podrirse mientras cae la lluvia”.

Aquí la voz omnisciente también es la voz homofóbica. La violencia se resiste. Y los discursos mutan.

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