Báez, facilitador editorial de entre siglos

- 28 de abril de 2014 - 00:00

Marcelo Báez Meza (Guayaquil, 1969) hace siempre una distinción entre sello editorial y editorial. Dice que no se acoge al segundo concepto. Prefiere decir que tiene un sello editorial independiente o alternativo. La razón es muy sencilla. La tendencia es tener un logotipo pero sin una oficina de respaldo, sin una bodega, sin una estructura empresarial y casi siempre sin tener una marca registrada en el Ministerio de Industrias y Productividad. “Editoriales son El Conejo, Edinun y Libresa”, anota. “Lo que se maneja de manera informal en nuestro medio son sellos editoriales en los que uno ejerce de promotor, relacionista público y hasta repartidor en las librerías”. Aludiendo al proyecto de publicaciones de Miguel Donoso Gutiérrez, Báez apunta a que toda editorial es “imaginaria” (tal era el nombre del sello que tuvo un importante número de publicaciones en el ‘puerto principal’ hace una década). “Imaginamos que hay lectores y que la liquidación trimestral de las librerías va a ser positiva, imaginamos que la proyección internacional es posible, imaginamos que la prensa va a hacerse eco de nuestras publicaciones”.

El circuito libresco es también un problema puesto que el libro ecuatoriano es la oveja negra de los estantes de exhibición. Báez Meza siempre se ha tropezado con el trámite burocrático que implica proponerle un título a una librería y que esta apenas pida de 3 a 5 ejemplares por autor, y con un porcentaje del 35% a 40% para el librero. “El libro ecuatoriano es el patito feo de las librerías”, señala el también poeta y crítico de cine. Este problema de distribución también se ve cuando se quiere enviar el libro fuera del país. El único camino posible es contactar a los académicos ecuatorianos que trabajan en universidades norteamericanas y los organizadores de ferias internacionales de libros. “Con la democrática apertura que hay ahora para que los escritores asistan a ferias, hay más oportunidades de hacer circular los libros afuera”, acota resaltando el rol de la Cámara del Libro y del Ministerio de Cultura como adyuvantes editoriales. “Estamos ante dos entidades que se preocupan por proyectar los libros fuera del terruño de manera solidaria”. Añade que basta con que se envíe un par de cartones a cualquiera de estas entidades para que los libros ecuatorianos se exhiban en el circuito de ferias. “Algo que no existía antes”, puntualiza. El impresor también destaca la importancia que tuvo el Sistema Nacional de Bibliotecas (Sinab) en los últimos años. “Paulina Briones fue la primera directora del Sinab que se preocupó por la adquisición y distribución de la llamada literatura nacional. Gracias a esta institución cada biblioteca pública del país tiene títulos de todas las editoriales ecuatorianas. No hay preferencias. Todos estamos al alcance de los lectores”.

La primera experiencia de este guayaquileño en el ámbito editorial surgió en 1995 con Manglar Editores que tenía el logo de un cangrejo de estuario y el lema ‘Contra la tala de la palabra’. Su hito fue publicar 5 títulos ganadores del último concurso Ismael Pérez Pazmiño, organizado por los 75 años de fundación de diario El Universo: se publicaron los poemarios Plumas, de Carlos Béjar; Palíndromo, de Dalton Osorno; Vida póstuma, de Jorge Martillo; y Beberás de estas aguas, de Ángel Emilio Hidalgo; el libro de cuentos El encanto de los bordes, de Edgar Allan García, y la novela Un puma tras las rejas, de Eduardo Carrión. Pero la publicación de la que más orgulloso se siente de este período es la primera edición ecuatoriana de La luna nómada, de Leonardo Valencia, con un posfacio de Wilfrido Corral. El libro ya había sido publicado en Lima por Jaime Campodónico Editor. “Ese conjunto de cuentos marcó un antes y un después en la producción editorial independiente en Guayaquil. Fue un reconocimiento de la calidad internacional de un escritor que ya estaba pensando en esos momentos en irse a vivir a Europa”.

En 1998 vino la experiencia con Xavier Oquendo Troncoso, un sello que unía los 2 apellidos de los socios poetas y un intento saludable de unir Costa con Sierra. La docena de títulos publicados, entre los que están los poemarios Cantos de piedra y agua, de Catalina Sojos, y Amantazgos, de Dalton Osorno, tiene como pináculo el premio Joaquín Gallegos Lara que ganó Flujo escarlata, libro de cuentos de Sonia Manzano.

A partir de 2002, Marcelo asume la aventura editorial en solitario con su apellido en el logotipo, lo cual no asombra si tomamos en cuenta que muchos editores bautizan sus marcas con sus apellidos: McGraw, Harper, Mondadori, Gallimard… Claro, salvando distancias y lenguas. De hecho, pese a tener alrededor de 50 libros editados por sus gestiones entre 1995 y 2014, Báez no cree ser un editor. La considera una figura en entredicho en estas épocas de internet y redes sociales en las que cualquiera puede autopublicarse en Facebook y blogs, no se diga en forma de libros electrónicos. “Creo que es más factible hablar de la figura del facilitador editorial o de coordinador, si se quiere, alguien que hace posible que el anhelo de publicar de alguien se vuelva real”. Asegura que editores son Carlos Barral, Miguel Donoso Pareja, Jorge Herralde, Jaime Peña y Raúl Pérez Torres. “Un editor es un dominador de la lengua que corrige cada línea del texto presentado, que le presenta al autor los cortes propuestos y que cuida del concepto gráfico de la colección”. Con su experiencia como profesor en la carrera de diseño en la Escuela Politénica del Litoral (Espol) sabe que la uniformidad visual de las carátulas es clave. “El orden y la inventiva deben primar. Los libros deben todos parecerse en el formato para posicionar la marca y por el asunto aquel de la identidad corporativa. No se puede aplicar un diseño diferente a cada título”. La uniformidad que tanto persigue también se aplica a la tipografía escogida que debe ser la misma para cada obra, incluyendo detalles como “el layout, los márgenes, el interlineado y otros detalles que los diseñadores gráficos dominan tan bien de oficio”.

La nueva aventura de publicaciones de este docente universitario, que no quiere ser llamado editor aunque la marca Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo. lo contradice, abarca una treintena de títulos con poemarios como Cuerpos guardados,de Maritza Cino; Crónica del mestizo, de Raúl Vallejo; Mujeres divinas, de Aminta Buenaño (en su primera edición); Dice que no sabe, de Carolina Portaluppi; Último regreso a Edén, de Sonia Manzano; los ‘cuentarios’ Bumerán,de Gilda Holst; Los olvidos de Dios, de Piedad Romo-Leroux; La cabeza del náufrago,  de Miguel Donoso Pareja; Memorias de viento y mar, de Rafael Illingworth; y las novelas Frágiles,de Carolina Andrade, Y aún ocupan mi memoria,de Leticia Loor y Eses fatales, de Sonia Manzano. ¿No hay un nicho en el mercado para el ensayo y otros géneros? El estudiante de PhD de la Universidad Andina responde que no, que esos grupos objetivos o targets son tan mínimos que prefiere no arriesgarse. “Aunque de vez en cuando se puedan publicar perlas como Teatro I de Cristian Cortez que recopila sus obras de teatro”.

El libro al que considera más logrado en este período es El escote de lo oculto (antología del relato prohibido ecuatoriano) que fue lanzado en una feria local en el Malecón 2000. Entre los antologados estuvieron Fernando Nieto, Natasha Salguero y Javier Vásconez. Estos cuentos eróticos fueron tan bien receptados en su momento que está en marcha una antología de poemas prohibidos, también de escritores ecuatorianos.

Al inquirírsele sobre su marca editora que parece una dirección electrónica, el impresor responde que se trata de un guiño a esta época de periplos virtuales y regresos mediáticos. El futuro del libro está en aquello que se llama lo ‘transmedia’, señala convencido del horizonte cultural de este nuevo milenio. “Las nuevas narrativas no se conforman con el papel. La interfaz virtual soporta ahora un libro que contiene audio, video, imágenes que complementan la historia y la hacen más rica, acorde con los nuevos tiempos. La discusión sobre la muerte del libro de papel es tan inútil como la distinción que se hacía entre cine y video. Lo que interesa es la actualización de lo narrativo sea en el formato que sea”. Esto lo dice Báez mientras imprime un documento en formato PDF para su tesis. Y así se va cerrando este balance provisional en forma de coloquio (casi publirreportaje) con este inquieto editor guayaquileño que nunca ha dejado de estar activo durante 20 años.

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