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Soliloquio épico coral: El escenario como ring de la vida

- 12 de diciembre de 2016 - 00:00
Foto: Cortesía

Solo un guayaquileño podría comprender cabalmente la sugestión que implica el título de esta nota, así como un guayaquileño disfrutará más la profusa cantidad de elementos semióticos en Soliloquio épico coral del colectivo teatral Arawa. Esta es una arriesgadísima visión personal, pero es lo que sentí durante la presentación de la obra en el festival Teatromuestras, de manera que, sin perjuicio de la globalización de sus contenidos, los invito a opinar una pieza de corte y factura preeminentemente guayaquileña.

Las premisas sobre las que el elenco sostiene su labor de búsqueda, escenificación y lúdica son la lucha permanente por la consecución de objetivos, el emprendimiento de aventuras ideológicas, la toma de decisiones, todas bajo el manto conceptual que es la ucronía, o sea la especulación de realidades alternativas ficticias, en las que los hechos se han desarrollado de diferente forma de como los conocemos. Estos planteamientos como ejes actanciales los conducen a la proposición de imágenes recurrentes como boxeadores populares, marineros a la deriva, y artistas procurando hallar sentido y razón a su trascendencia/intrascendencia por la vida en esta ciudad-puerto.

Hasta aquí la cosa pudiera parecer compleja, pero no es tan así. Según la secuencia de ideas y acontecimientos, armamos la primera fábula argumental: cuatro sujetos (actores, para mejores señas) intentan componer un espectáculo que, por uno u otro motivo, siempre les resulta complicadamente esquivo, lo que los traslada a la búsqueda de un autor local, residente en una isla, cuya obra también es confusa y él no se esfuerza mucho por esclarecerla. Esta frustración amenaza sus expectativas artísticas y los somete a un rigor inusitado, luego del cual recién pueden arrogarse la cualidad de ser un ‘grupo teatral’; en el camino, echan mano al juego ucrónico para imaginar otras realidades, mas estas confrontaciones los devuelven a su primer objetivo.

En el foro posterior a la presentación, un par de espectadores confesaron que era la segunda o tercera ocasión en que veían la obra para «terminar de entenderla», lo que me pareció una velada excusa para disfrutar la guayaquileñidad del juego escénico, que se presenta jalonado por un lenguaje simbólico y humorístico que me atrevo a calificar de identidad teatral en un grupo que se muestra sincero, honesto, humilde y dialéctico a pesar (o en favor) de su antigüedad.

Múltiples elementos pueblan la puesta y le otorgan valor semiótico. El espacio, vacío. El mobiliario, unos cuantos objetos practicables que se transforman, enriqueciendo su significado primario y jerarquizándolos al uso, al estilo del teatro del oprimido de Boal, en el que un banco de madera puede ser púlpito, trinchera o sillón presidencial. Esta polifuncionalidad no transmite pobreza de recursos, sino riqueza de imaginación de cara a la itinerancia del espectáculo.

Concepto parecido anima al vestuario, en el que cada actor luce un desgastado y anticuado atuendo evocador de boxeadores de club de barrio, donde lo único más pulcro son los botines que los unifica como una suerte de cables a tierra o raíces en permanente búsqueda de suelo fértil donde plantarse. En cierto momento los personajes se «engalanan» con piezas como una chaqueta, unos tirantes, un delantal, dignificadas por ideas aspiracionales y teñidas en amarillo, azul y rojo, a manera de leves signos cromáticos de la ecuatorianeidad que los inspira.

La iluminación no dicta mucho. Ambientes arquetípicos de acuerdo a la teoría del color: rojos indignantes, azules reflexivos, ámbares evocadores y frontales blancos funcionales. El director, Aníbal Páez, explicaba que originalmente el montaje priorizaba mucho la luz como un lenguaje dramático, pero que las limitaciones del local en el que la vimos perjudicaba ese valor. Lo creo, lastimosamente toca juzgar por lo que se ve o exigir las condiciones óptimas de representación.

La música, en cambio, sí llega a transmitir todas las intenciones emocionales y significados propuestos. Al no ser bailarines, y exhibirse como tales, se consigue una honestidad de sentido que raya en el ridículo clownesco y favorece el humor como una fortaleza de la obra. Hay un momento en que Juan Coba canta en vivo, con buen timbre y afinación, para respaldar el ya mencionado experimento ucrónico; que, en este caso, tiene que ver con sus arrestos juveniles de concursar como cantante amateur en un programa denominado Puerta a la Fama, lo cual anecdotiza aún más la historia... «¡¿Qué hubiera pasado si...?!»

Hemos dejado para el cierre de esta entrega lo concerniente a los personajes. ¿Cabe decir personas/personajes? O, buscando aún más la congruencia, ¿personas/actores/personajes? En todo caso, son cuatro, y su rasgo más icónico es que son boxeadores. No sé si sea una intención del proceso, pero atisbo en este rol individual (y a la postre, colectivo) una simbiosis entre los sujetos y sus perfiles de interpretación que me va permitir lanzarme al juego comparativo de capacidades y destrezas para ensayar una lectura última de Soliloquio épico coral.

Boxeador Juan Coba:

Es quien tiene más experiencia. En quien la historia no es una mera información al uso, sino una data que bien puede ser tan alegre como sufriente. Es el referente, el artista, el militante, el gestor, el compañero, el pueblo. Es el hombre serio, resucitado, redimido, con una nueva visión del presente y futuro que no lo engríe pero tampoco lo llama a engaño. Gana su espacio en la trama como en el escenario con denodado esfuerzo enarbolando como adarga el amor por la escena, sembrado en jornadas juveniles, y recuperado con no poco esfuerzo.

Boxeador Marcelo Leyton:

Lugarteniente. Es el perfecto partner. El augusto de la fórmula del clown. De hecho fue posicionando a lo largo de la función una gestualidad y un ritmo que me provoca una categoría de personaje local al que podría llamar el clown criollo, o el claoncriollo, para más diversión y no poca justicia. Potenciar esta herramienta, y quizá experimentar el comunizarla al grupo sería un notable reto para Arawa. De cualquier modo, el personaje que corporiza Marcelo es un hallazgo que se disfruta y agradece.

Boxeador Aníbal Páez:

El inspector. El sujeto de visión periférica. Su misión, autoimpuesta, es que todo esté bajo control. Esta condición llega a ser una virtud que estorba, pero es necesaria, pues alguien tiene que hacer el trabajo más arriesgado. Más aun el director debe tener en cuenta que su rol actoral no debe contaminarse ni subyugarse a lo que las circunstancias o los otros actores susciten. Merece con toda justicia un espacio y un tiempo en la vida del espectáculo y debe exigirlo pues ya lo tiene ganado.

Boxeador Juan Antonio Coba:

Técnico. Prolijo. El ejecutante de la partitura sin imprevistos. El timbre, la impostación y proyección de voz, con los rigores del caso. El cuerpo educado para responder a las variaciones de la polisemia teatral. Acumulando horas de vuelo que aún no tiene pero que, evidentemente, tendrá, fortaleciendo la condición de grupo intrínseca en su trabajo.

Váyasela a ver.

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