De las palabras a los hechos

La corrección de textos: una profesión que crece

- 02 de noviembre de 2015 - 00:00

De las palabras a los hechos

Este 27 de octubre pasado se celebró un nuevo Día Internacional del Corrector de Textos. Sé que he hablado varias veces sobre esta profesión, a la que la vida me trajo de ‘chiripa’, pero me parece importante aprovechar esta fecha para recordar la trascendencia que tiene la corrección de textos y evaluar lo que hemos logrado los correctores en estos últimos tiempos.

Como sabemos, la labor de los correctores es importantísima dentro de la cadena editorial, pues constituye ese ojo foráneo y ‘descontaminado’ en la revisión de un texto. Con ‘descontaminado’ me refiero a que, al estar alejados del proceso de escritura del texto, es para ellos más fácil distinguir los errores antes de que se publiquen. Cuando uno escribe un texto, aunque sea un experto en lenguaje, siempre necesita que otro lo revise con un ojo fresco. Yo agradezco todas las semanas que antes de que mi columna se publique Carolina o Andrea (las excelentes correctoras de esta revista y de EL TELÉGRAFO en Quito) la revisen para que no se escape ningún error, porque, aquí entre nos, les cuento que cuando escribo me suelo comer palabras.

Es muy importante que entre el corrector y los autores exista absoluta confianza. Los correctores no han llegado a la cadena editorial para hacer la vida de los autores imposible ni para desbaratar su texto. Están ahí para trabajar en equipo junto con los editores, los diseñadores y el resto de miembros de la cadena editorial. No niego que existan correctores que avergüencen a nuestra profesión, pero estos seudocorrectores llegan al campo editorial porque muchas veces se prefiere pagar menos por un trabajo mediocre que pagar bien por algo que saldrá excelente, pulido y limpio. Un buen corrector se reconoce cuando su labor es tan prolija que ni siquiera se nota,  y por esto quizá los autores piensan que no son indispensables, porque ven su texto tan bonito que consideran que se debe a su genialidad. Y sí, puede que el escritor sea genial, pero por experiencia sé que el escritor genial es el más comprometido con la lengua y el más consciente de la necesidad de poner un corrector en su vida.

Afortunadamente, la labor del corrector ha ganado más visibilidad con el tiempo. Desde 2011 se lleva a cabo el Congreso Internacional de Correctores de Textos, que celebró en Madrid, el año pasado, su tercera edición. Además, cada vez existen nuevas asociaciones en nuestros países, que reúnen a los correctores, y estas se juntan en una alianza internacional. Los correctores estamos cada vez más apoyados en nuestra tarea. En Ecuador, la Asociación de Correctores de Textos (Acorte), que cumplió en abril su tercer año, suma miembros y establece alianzas, y, sobre todo, poco a poco conciencia a la sociedad de la importancia de contratar correctores preparados para que los lectores disfruten de los textos. ¡Larga vida a la corrección!  (F)

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