Apuntes sobre lo que nos interesa: entre lo literario y lo extraliterario

- 30 de junio de 2018 - 00:00

Perspectiva • En el mundo de hoy, lo privado es público. ¿Debería importarnos más lo que hace un autor en su vida personal que lo que ha creado?

Los poetas malditos no existen. Así debería leerse en un cartel en las estanterías, o en las fajas de libros que promocionan a ciertos autores, en lugar de su obra que debería ser lo importante. De las «andanzas, hazañas y demás extravagantes tonterías» de un escritor no se extirpa otra cosa que el morbo, el chiste, la anécdota edulcorada de boca en boca, la nada que confirma que un autor debe ser leído porque se ha comportado como un majadero.

Pero lo extraliterario nos interesa, se promociona en medios serios y no tan serios, se nos vende en una entrevista, se lo hace pasar por literario. Así nos hallamos leyendo sobre la vida de alguien en lugar de estar leyendo su obra. Es lo creado, lo literario, lo que merece nuestra atención, lo que debe ser analizado, a lo que debemos extraerle alguna experiencia estética. No es sino una estrategia de marketing innecesario el pretender exaltar, en reseñas (no en perfiles, claro, aunque bien puede haber cierta moderación), los contenidos vacuos y superficiales de un autor, llegando incluso a confundir nuestra aproximación a la literatura.

Si Pound dejó abandonado a su hijo para dedicarse a la literatura; si Eliot era un banquero acomodado; si Kerouac vivió con su mamá hasta que murió; si a Baudelaire le tomaba dos horas arreglarse antes de salir a la calle; si Anne Sexton fue acusada de abusar de su propia hija, etcétera, me parecen temas para salidas bohemias, para chismeríos y carcajadas o exclamaciones de horror, pero que en nada nos aclaran la mirada sobre lo literario.

Pero se pretende confundir. Y en un mundo como el de hoy, en que todo está en venta, los autores dedicados a lo literario, no a lo mediático, ni a venderse a sí mismos como los dueños del vacío y del malditismo-coolerismo-neovanguardismo más pop, parecen correr el riesgo de desaparecer.

Cuando pienso en este modo exagerado de promoción, no puedo desvincularlo del «efecto Paris Hilton y Nicole Richie», las primeras personas —me parece— que expusieron su estilo de vida baladí como hijas de millonarios en un programa que las enviaba a vivir en ambientes comunes, generando contraste. O, luego, en Keeping Up With the Kardashians, un programa sobre unas hermanas célebres realmente por nada, más que exhibir una vida de lujos y la necesidad de alimentar el rating con un comportamiento escandaloso. El segundo caso (la vida convertida en millones de fotografías de cuerpos, yates, vestidos, autos y máscaras por Instagram y Facebook) es digno de analizarse, porque hubo un antes y un después de las Kardashian. La vida, para algunas generaciones, se transformó en una promoción constante de instantes de deleite abrillantados con el lujo, donde lo privado se transformó en lo público.

¿Y escapó la literatura de toda esta fantochería? No necesariamente. Así como tampoco escapa de todas las cacerías que se dan hoy por redes sociales, con las que estamos casi todos de acuerdo. Pequeños escándalos van y vienen a diario por Twitter y Facebook y todos nos alineamos so pena de una exclusión del mundo. En las redes está la masa, el contingente rabioso de una humanidad que ha decidido hacer de lo privado lo público, o hacer de la edición de lo privado lo real. Y eso privado está siendo constantemente expuesto, revisado, juzgado y sentenciado.

En términos literarios, no debería interesarnos el comportamiento sexual ni social de un autor. Los asuntos íntimos deberían sobrevivir a la temperatura etérea de la memoria. Y para los asuntos ilegales, existen, pues, las leyes. Deberíamos evaluar la obra, pero en un mundo como el actual, es la controversia que genera un autor lo que vende o castiga su obra. Sospecho incluso que lo que empuja a que se susciten represalias contra un autor no son las minorías, es el puro capital, es el temor de una compañía de perder un consumidor, el pánico de caer en «desgracia» con todo ese contingente humano que acecha, aprueba y condena desde las redes sociales.

Particularmente, jamás dejé de leer a Borges cuando supe que era monárquico. Y tampoco empecé a leer a Leopoldo María Panero porque estaba dentro de un siquiátrico. La vida está allí, es una constante marea de buenos momentos y expoliaciones, pérdidas y hallazgos, que en el caso de un autor se convierten en literatura. Pero de ningún modo puede ser al revés.

«Los poetas malditos no existen», es una afirmación que se da de frente contra Bukowski y compañía. Por supuesto, porque hasta el más loco, bohemio, drogadicto y salvaje autor del planeta, debió tomarse horas, montones de ellas, para trabajar su obra. Debió acomodarse ante una máquina-computadora y hacer de oficinista. Debió limpiarse y sudar la palabra. Movido por una ambición, la de liberarse de una carga, la de mirarse fragmentado dentro de unos papeles.

Así como exigimos buenas películas, pinturas y esculturas, exijamos libros, obras que nos desarmen, en lugar de escándalos y momentos privados de un autor. Porque en definitiva, a los seres humanos se los lleva el tiempo.  

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