Alexandra Cuesta mueve su cine en un nuevo territorio

- 14 de abril de 2018 - 00:00
Foto: Cortesía

Videoarte • Con la beca Guggenheim que acaba de recibir, la cineasta ecuatoriano-norteamericana, autora de Territorio, trabajará en su próximo filme.

La cineasta Alexandra Cuesta (Cuenca, 1980) siente que se ha ganado un Oscar. Está en la biblioteca donde funciona la residencia MacDowell Colony, en un pequeño poblado de Estados Unidos, en un edificio en medio del bosque. Han pasado unos días desde que le llegó un correo que pensaba que no iba a llegar. El e-mail dice que es una de las becadas de la Fundación Guggenheim, a cargo de uno de los museos más famosos del mundo, por su trabajo.

La fundación estadounidense entrega desde 1925, de forma anual, becas a lo que considera «lo mejor de lo mejor». Este año hubo 3.000 postulaciones en la competencia, abierta solo para Estados Unidos y Canadá. Cuesta aplicó con su nacionalidad estadounidense, sin contarle a nadie, pues lo normal, según dice, «es que la gente no gane». Lo hizo público cuando se enteró que recibió uno de los reconocimientos entre otras 173 personas en distintos campos de las artes y las ciencias. Es la segunda ecuatoriana que recibe una beca Guggenheim. La primera fue Gabriela Alemán, como escritora, cuando la postulación estaba abierta a un programa internacional.

Para el Guggenheim, los 173 becados representan el futuro de sus campos de acción. La entrega parte del reconocimiento a un proyecto, pero el jurado se centra en decidir por el trabajo que tienen detrás cada uno de los postulantes.

El cine que Alexandra Cuesta ha desarrollado desde su primera toma se construye a partir de una serie de limitaciones o condiciones que ella misma se plantea. Nunca usa un guion. Prefiere trabajar con cámara fija y tomas cerradas. Además, usa una pequeña cámara, una Bolex de 16 milímetros. El material para registrar la imagen es escaso, por eso siempre tiene que decidir bien cuándo debe empezar la acción.

En Territorio, su primer documental grabado en Ecuador, recorre los caseríos que se observan desde la carretera con una cámara de video digital. Usar este formato le significó una forma de plantearse un problema: ajustarse a la idea de lo inmediato para hacer una película que se detiene en el tiempo de tránsito y en el silencio de sus personajes.

Este filme se exhibió en el Festival Encuentros del Otro Cine (EDOC) y fue parte de la Bienal de Cuenca de 2016 que curó el estadounidense Dan Cameron. En Territorio, Cuesta quería enlazar retratos de personas en el transcurso del tiempo, en poblados pequeños.

Esta pieza describe a un país a través de los contrastes de las escenas, sin personajes centrales y rostros siempre esquivos, silenciosos. En esta serie de planos cerrados las personas son conscientes de que la cámara está allí, tensionándolos mientras la cineasta que está detrás intenta descubrir su naturalidad.

Después de Territorio, Alexandra Cuesta quedó demasiado cansada. Quería volver a intentar hacer un trabajo personal. Ver en sí misma. Entonces decidió grabar en Japón y Chile, dos países en los que estuvo por casualidades fuera del cine. Se ha puesto a trabajar en los fragmentos que registró durante ese tiempo postfilme desde su aislamiento en la residencia en la que estará por tres semanas más, lejos la inmediatez del internet y donde sus únicos contactos con otras personas son a la hora del desayuno y la merienda. El almuerzo le llega cada tarde a su estudio en una canasta.

Pero si hay algo que cocina mientras mira las imágenes de lo que sería un diario de cine personal piensa en cómo adentrarse en la ficción. Le interesa la ficción que puede alimentar al documental, la forma en que estos engranajes se confunden. Cuando grabó territorio conoció Susudel, un pequeño poblado de los andes ecuatorianos que funciona como un huasipungo, como los que describió Jorge Icaza.

Sigue pensando en cómo hay tantos lugares en la sierra ecuatoriana que sobreviven como territorios del pasado, como figuras que ejemplifican lo que se enseña como historia. En Susudel, la mayoría de los habitantes son ancianos, viven aislados, cada quien tiene su espacio y no hay mucha interacción. En su recorrido, Cuesta conoció muchas mujeres y hay una mujer en particular sobre la que le interesa narrar. Su nombre es Luz.

Cuando la conoció empezó a hablar con ella de los sueños y de la experiencia de ser mujer. «Mi idea es hacer una ficción no ficción. Es un documental en el sentido que trabajaré con personas reales, pero quisiera hacer una historia ficcional con ella», dice la cineasta.

Esta vez la historia que piensa en su cabeza intenta mirar del lado de las historias personales que habitan esos lugares alejados, cercados por la falta de carreteras. Le interesa mucho la vida interior de Luz, cómo era su vida siendo mujer, cómo la pasó en el amor. Recuerda que Luz tenía claro los sueños que tenía al dormir, porque en un pueblo tan pequeño a veces no hay otra cosa en la cual pensar.

Piensa en Luz como una feminista que no tiene etiquetas, como una mujer que sabe lo duro que es vivir en el campo, y que es menos difícil hacerlo sola, «sin ese hombre que le hace la vida más complicada».

El proyecto sobre Susudel es por ahora un conjunto de ideas, sueños como los de Luz. Cuesta puede cambiar la mirada sobre su próxima película una vez que decida empezar a grabar, según el tipo de limitaciones que cercarán su historia esta vez.  

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