CINE

Agujero negro y Cenizas: Adiós a la constelación de óperas primas

- 09 de junio de 2018 - 00:00
Foto: Agujero negro / Fotograma

Aunque el número de filmes ecuatorianos bajó muchísimo en la actual edición del FLACQ, las que están confirman que hay directores con futuro.

Pegados codo a codo en el calendario, con pocas semanas de diferencia entre sí, están los dos festivales de cine más importantes de Ecuador. El primero, los EDOC (Encuentros del Otro Cine), están dedicados al cine documental. Con 17 ediciones a espaldas, es el festival más consolidado del país y la mayoría de sus funciones suelen estar agotadas. El Festival Latinoamericano de Cine de Quito (antes conocido como La Casa Cine Fest) es el segundo.

A diferencia de los EDOC, que se realizan en Quito, Guayaquil y de manera itinerante en otras ciudades, la única sede del FLACQ es Quito y sus funciones no tienen costo.

El festival es organizado por la Cinemateca de la Casa de la Cultura Ecuatoriana y llega a su quinta edición este año, proyectándose como un espacio de discusión sobre cine de relevancia dentro de Latinoamérica. Como un enorme escenario en el que las voces de los realizadores de la región —a través de la ficción cinematográfica— resuenan y generan diálogos, no solo sobre cine sino sobre las inquietudes y necesidades de las sociedades latinoamericanas contemporáneas.

Este año se presentan 62 cintas, entre largometrajes y cortometrajes, 17 de las cuales son parte de la competencia latinoamericana. Es la primera vez que obras de realizadores locales se incorporan a este apartado del festival para medirse con las de sus colegas de la región. Una competencia exclusivamente de películas nacionales, que existió hasta 2017, no fue articulada este año porque —por distintos motivos, incluyendo criterios curatoriales, la negativa de algunos productores y el hecho de que se producen menos filmes que hace algunos años— solo dos largometrajes ecuatorianos fueron elegidos por el comité de selección: Agujero negro, de Diego Araujo, y Cenizas, de Juan Sebastián Jácome.

Jácome presentó en 2013 Ruta de la luna, su primera película. Feriado, el debut cinematográfico de Araujo, llegó en 2014. Ambas son cintas de alto nivel que recorrieron festivales nacionales e internacionales y cuentan historias de iniciación emplazadas en contextos sociopolíticos muy específicos. Sin embargo, las temáticas y conflictos de estos filmes —la identidad sexual, las diferencias irreconciliables entre clases sociales, la relación entre padres e hijos— resultan universales y cercanas al espectador.

Mientras que Araujo, con su ópera prima, navegó por el despertar sexual de un adolescente de clase acomodada durante la crisis bancaria que pateó al Ecuador en 1999, Jácome saltó con la suya de Costa Rica a Panamá, contando los encuentros y desencuentros de un padre y un hijo que apenas se conocían.

Que las segundas entregas de estos realizadores ecuatorianos coincidan en la competencia internacional del FLACQ, junto a filmes de directores como el argentino Santiago Mitre o la chilena Marcela Said, es la confirmación de que están quedando atrás los tiempos en que el cine hecho en el país, con las sabidas excepciones, era una constelación de óperas primas.

Samanta Caicedo interpreta a Caridad, la protagonista de Cenizas. Foto: Agujero negro / Fotograma

Del feriado al agujero
Si Feriado retrata la transición de la adolescencia a la adultez y la exploración de la identidad sexual mediante la historia de Juan Pablo (Juan Manuel Arregui), un chico sensible y emocionalmente generoso con sus afectos, Agujero negro se sumerge en el mundo de Víctor (Víctor Arauz), un hombre incapaz de ser un adulto funcional, que persigue el estrellato literario. Y lo hace en clave de comedia romántica, con tintes satíricos y toques de surrealismo.

La película fue filmada en blanco y negro y con una relación de aspecto de cuatro tercios, un formato casi cuadrado —como el de las pantallas de TV de la década pasada—, que parece aprisionar en todo momento a la figura del protagonista. Después de haber sido seleccionado como uno de los 25 Secretos Mejor Guardados de Latinoamérica por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara —lista que existió en la vida real y que incluyó a tres escritores ecuatorianos—, Víctor tiene como ambición escribir la «novela esencial» de la literatura del país. Pero esta ambición choca con su situación personal. Marcela (Daniela Roepke), su pareja, está embarazada y ambos se han mudado a una casa de la familia de ella, en un conjunto residencial amurallado, muy exclusivo y aséptico, un entorno en el cual Víctor destaca como hierba mala.

Araujo cuenta el enamoramiento de Víctor y Marcela a manera de prólogo. Este arranca con un diálogo en un bar entre el escritor y un conocido, interpretado por el realizador cinematográfico Javier Izquierdo, quien, con lenguaje pomposo, cita las supuestas referencias a J. D. Salinger que hace Víctor en Nueve hits, su primer libro. El momento se convierte en una declaratoria de intención del filme: mirar con humor —aunque muchas veces se incurra en el romanticismo— a la figura del escritor ecuatoriano y de la escena literaria local.

En el mismo bar, mientras escucha con fingido interés lo que el conocido le dice, Víctor ve a Marcela y el romance comienza. Una elipsis narrativa recoge su evolución, incluida una salida al cine Ochoymedio a ver Jules et Jim de François Truffaut, director al que Agujero negro hace guiños con su estética y con un baile al estilo del que realizan los personajes de Bande à part. A la par que se muestra este prólogo, los créditos de apertura se despliegan y la música, compuesta por Daniele Luppi, establece un tono de fábula. Este se diluye cuando una cortinilla circular se cierra progresivamente sobre los personajes mientras se besan con el tráfico quiteño de fondo.

La siguiente toma muestra a Víctor y Marcela cinco años después. Ya no hay música ni idilio. «Ay, Víctor. El mundo no gira alrededor tuyo», dice ella. Pero él demostrará creer todo lo contrario durante el resto del filme.

Víctor está infatuado con la idea de ser un gran escritor, cosa que para él significa —más que trabajo duro y años invertidos— ser poseído por una inspiración súbita que le permita vomitar una obra maestra. Pero esta inspiración no llega sino hasta cuando Valentina, una vecina de 16 años, aparece en el panorama. Araujo grafica estos momentos de exudación creativa mediante imágenes en las que un líquido oscuro, que podría ser sangre o tinta, brota del pecho de Víctor y empapa su camiseta.

En el guion, escrito por Araujo y Hanne-Lovise Skartveit, las referencias a la situación política del país son menos explícitas que en Feriado (cuyo propio título era reminiscencia de una de las épocas más duras que atravesó la economía ecuatoriana). Por ejemplo, el personaje interpretado por Alejandro Fajardo habla acerca de todo el dinero que maneja, ocupando un puesto público en el gobierno de la revolución ciudadana. Lo mismo sucede con los contrastes entre clases sociales que también están ahí, en pequeñas acciones de los personajes. Como cuando Víctor es prepotente y grosero con el guardia de seguridad del edificio donde trabaja Marcela. O como cuando Valentina invita a Víctor a su casa y le asegura que allí no hay nadie, aunque «la Carmi», una mujer mayor con traje de mucama, aparece mientras ellos toman cerveza junto a la piscina para preguntarle si va a almorzar.

El elenco brinda actuaciones logradas. Si bien el personaje de Víctor es capaz de reflexionar sobre el entorno privilegiado y entumecido en el que se encuentra y sobre los tormentos del proceso creativo y de la escritura, es incapaz de generar un pensamiento crítico alrededor de sus propias acciones. La empatía que se pueda sentir hacia él, en el caso de que exista alguna, viene de la comedia que Arauz imprime a su rol. Marcela se convierte en un personaje pasivo, permisivo y de una paciencia inverosímil frente a los desplantes y al egoísmo de él. Las motivaciones o intenciones de Valentina, que aborda con una ingenuidad improbable su interacción con un hombre maduro, casado y que espera un hijo, quedan inexploradas.

Al final, la película funciona por escenas, por la comedia de ciertas situaciones, pero al mirarla como obra completa pareciera que le falta una pieza. Quizás esa pieza es que ninguno de los personajes enfrenta al elefante en la habitación, sino que lo pasa de largo.

La atracción que Víctor experimenta hacia Valentina y su necesidad obsesiva de estar cerca de ella —en particular durante una escena en la que él entra a su habitación— quedan ahí, en el aire. Y la controversia hacia la que parece que se dirige la historia durante todo el metraje, con sus inevitables asociaciones a la Lolita de Nabokov, no llega a tener un clímax. Tiene una resolución débil que corre el peligro de glamorizar el hecho de que un adulto tenga interés romántico en una menor de edad.

Marla Garzón interpreta a Valentina, la joven de 16 años que cautiva a Víctor, un escritor que busca la inspiración para poder escribir su obra maestra. Foto: Agujero negro / Fotograma

El pasado resurge de las cenizas
Antes de que aparezca alguna imagen, llega el rugido. Crece y se propaga a medida que la pantalla pasa del negro al azul oscuro. Una nube de ceniza barre el cielo aún no iluminado por el sol. La cámara contempla ese exterior amenazante con una toma fija que luego se traslada al interior de una casa. Allí, ajena al ruido, duerme una mujer joven (Caridad, interpretada por Samanta Caicedo). De la pared de la habitación cuelga un rosario y varios cuadros cuyos motivos no se distinguen en esa penumbra. Un espaldar de madera tallada delata la antigüedad de la cama. Caridad se despierta después de oír que el penetrante timbre de la puerta suena varias veces.

Con cámara al hombro, Jácome la sigue desde que sale de la vivienda hasta la puerta de la propiedad. Ladridos de perros y cantos de gallos se escuchan en la cercanía y acompañan su caminata, que es sigilosa y quiere pasar desapercibida para quien sea que haya sonado el timbre. Cuando está frente a la puerta, escucha la voz de un hombre joven que la llama, que pregunta si ella está ahí. Al no obtener respuesta, él se sube molesto a su vehículo y se va. De vuelta en la casa, Caridad se lava la cara frente al espejo del baño y sacude su chompa: al salir había quedado cubierta de cenizas.

Ya desde estas primeras escenas, que se construyen con tomas largas, pocos cortes y una fotografía en tonos fríos, Jácome genera una atmósfera amenazante y tensa. La electricidad en el ambiente se carga con la respiración de Caridad, con sus pasos, con el agua del lavabo corriendo, con los sonidos de los animales que, a lo lejos, parecerían vaticinar el cataclismo. Este es anunciado por el director in crescendo. Primero, con tomas de ella mientras ve cómo la ceniza cae en cantidades abundantes a través de la ventana de la cocina. Y después, con un plano general que muestra las mandíbulas abiertas del volcán Cotopaxi y la inmensa columna de ceniza que estas expulsan al cielo oscurecido.

Caridad se convence de que debe evacuar cuando ve que sus vecinos han cargado una camioneta con sus pertenencias y están por irse. Intenta llamar al muchacho que fue a verla antes, pero no obtiene respuesta. Mientras mete en cajas algunos objetos de la casa —que se siente demasiado grande para ella y vaciada de la presencia que la ha amoblado—, Caridad encuentra una chaqueta de hombre y una carta con un número anotado. Se lleva la prenda a la nariz y toma el teléfono que está en el velador, junto a la cama. Antes de terminar de marcar, cuelga el aparato. Enseguida marca de nuevo. Sin cortes, la cámara se acerca al velador dejando a Caridad paulatinamente fuera del encuadre. Cuando al otro lado de la línea un hombre dice «Aló», el espectador tiene enfrente el velador, el teléfono y un portarretratos con la foto de una mujer.

—¿Hola? —insiste el hombre.
—Hola
—¿Sí?    
Silencio y fundido a negro.
—Soy Caridad —responde ella finalmente y los créditos irrumpen sobre la pantalla oscura.

Jácome es un director tan efectivo, que logra proporcionar al espectador toda la información necesaria para arrancar con la historia a través de sus planos y movimientos de cámara bien estudiados. A esto contribuye también un sutil, pero muy buen lenguaje corporal de Caicedo. Así, una secuencia inicial que dura diez minutos y en la que se pronuncian muy pocas palabras responde a todas las interrogantes que dan combustión a la trama. ¿Quién es el muchacho que la busca? Alguien con quien Caridad tiene o tuvo algún tipo de relación sentimental. ¿La mujer del portarretratos? Su madre fallecida. ¿El hombre del teléfono? Su padre (Diego Naranjo), a quien ella no ha visto ni quiere ver. ¿Es el fin del mundo? No, pero para Caridad se siente como tal.

El motivo por el cual la muchacha no ha visto a su padre en 14 años es revelado poco a poco, a través de un personaje clave para la historia, pero que existe solo en mención y fotografía: Lisa, la hermana de Caridad.

Una vez que esta última se refugia en la casa donde él —un artista plástico— vive junto con su segunda esposa, el conflicto irá creciendo, así como crece la cantidad de cenizas que se acumula en los alrededores del volcán. La metáfora es evidente y no por eso menos efectiva. El pasado es la lava furiosa que se acumula bajo tierra y que inevitablemente tendrá que ser expulsada en una erupción violenta.

Más que mirar, la cámara de Jácome contempla. A menudo está muy quieta, pero cuando decide moverse se la percibe algo agitada. A veces tarda en ponerse a foco, ofreciendo una visión borrosa que refleja la confusión de Caridad o lo irreal que resultan ciertas situaciones. Las pocas veces que se aventura a escenarios exteriores, regala postales impresionantes. Como cuando Caridad ve a la gente luchar contra el polvillo gris a través de la ventana del taxi que la lleva a casa de su padre. O cuando ambos ven cómo el imponente Cotopaxi regurgita cenizas a la distancia.

Cenizas fue coproducida por Andrew Hevia, productor de Moonlight, ganadora del Óscar a mejor película en 2017. El dato es definitivamente un gancho para el espectador. A diferencia de muchos ganchos que prometen cosas que no se cumplen, este conduce a una película que puede ser difícil para el espectador porque demanda su atención. Demanda que observe, que recolecte los detalles que las imágenes provean de manera generosa. Que sin ser evidente, termina jugando muy bien con la anticipación, con las expectativas. Que usa el silencio y la contemplación para hablar sobre uno de los eventos más destructivos que ocurren en la Tierra —una erupción volcánica— y sobre la violencia sexual intrafamiliar, uno de los actos más abyectos de la naturaleza humana. (I)

Luego de 14 años de no hablarse el uno al otro, Caridad se reencuentra con su padre durante una catástrofe natural: la erupción del volcán Cotopaxi. Foto: Cenizas / Fotograma

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