Juana Molina: «Para que las cosas pasen yo tengo que desaparecer»

Sonoridades • La actriz y cantante argentina dio un concierto en Quito en el Festival Saca El Diablo, donde interpretó canciones de su último disco, Halo.
12 de mayo de 2018 00:00

Parada frente a la puerta del ascensor que conducía al departamento de su abuela, Juana Molina, siendo niña, rogaba que nadie se subiera  para que, una vez adentro, pudiera cantar sola, libre. Una de sus primeras influencias musicales —que jamás la abandonó— fue el ruido que el ascensor producía mientras operaba.

Las anomalías sonoras componen el universo musical de esta actriz y cantante argentina que prioriza las melodías por sobre las letras. La música que se filtra por la ventana de un vecino escandaloso, el grito de un niño histérico en la calle o el claxon  de un automóvil atorado en el tráfico pueden ser el germen para una de sus nuevas y espectrales canciones.

Situada como una de las compositoras más singulares del mundo —quizás sus mayores seguidores están en Japón, donde la idolatran—, su música electroacústica está cargada de loops, balbuceos, palabras incompletas, ritmos minimalistas, sonoridades provenientes de múltiples instrumentos y de una textura lírica que raya en la poesía, aunque confiesa que la escritura no es su fortaleza.

En su segunda visita a Ecuador, Juana Molina llegó (Buenos Aires, 1962) para presentarse en el Festival Saca el Diablo, donde interpretó canciones de su séptimo álbum de estudio, Halo. Sentada frente a una ventana en la que se observaba la parte oriental de Quito, la artista no dejaba de maravillarse por las irregulares y abundantes nubes que se colaban en el paisaje. A cada momento de la entrevista se paraba para fotografiar con su celular una nube a la que luego le daría alguna forma con el lápiz. 

Vestida con un delgado saco azul que resaltaba  su pelo multicolor —entre cenizo y dorado—, Juana Molina carga una liviandad única. Sus palabras —regularmente contradictorias— son las más luminosas.

Tu Instagram está lleno de nubes. ¿Por qué te gustan tanto?

Viste, sí. Hice un dibujito un día de casualidad y no he podido parar. El año pasado viajé mucho en avión y de pronto empecé a ver formas en la tierra que luego dibujaba. Después aparecieron las nubes. No es que me gusten más las nubes sino que las tengo a mano. Miro para arriba y están ahí, pero las nubes de acá  [hace una pausa larga y se estira la frente con las dos manos mientras sus castaños ojos se pierden en el firmamento]. Ojalá yo tuviera esto siempre, estoy extasiada acá. Alzo la vista y digo: «Ay, mira este señor, esta chica cosiendo, ese perro lamiendo un hueso». Aparte voy afinando la mirada y empezás a entrar en un mundo del cual ya no puedes dejar de ver formas.

Esto se asemeja a tu trabajo. A donde vas no hay sonido que no te llame la atención y uses...

Puede ser, sí. Estoy muy sorprendida porque ahora en Argentina salí ternada en los Premio Gardel para mejor álbum conceptual, pero soy todo lo opuesto al concepto, más que nada al preconcepto, a la idea previa de hacer algo. ¿A quién se le ocurre nominarme ahí?

Una vez más, Juana Molina se disculpa —como si fuera una niña que no ha entendido la lección— antes de pararse nuevamente de la entrevista para tomar una foto de una nube quiteña que, según ella, tiene la forma de un pájaro con la mano extendida.

Me hacen mal estas nubes, tengo que mirar a otro lado. Pero volviendo, yo no sé qué es el arte conceptual. Lo que entiendo por conceptual quizás está mal. Siento que se llega a un concepto una vez que convergen todas las ideas y entonces uno puede encerrar aquello en un concepto, pero eso es posterior, no es previo. Tampoco me gusta tener una intención. La única intención que podría tener es querer hacer un disco distinto como único objetivo, para no repetirme. Punto. Pero después no me sale, porque siento que todos mis discos se parecen. Pero la intención era que fuera distinto.

Así es imposible identificarte musicalmente con un género.

A partir de ciertas preguntas que me comenzaron a hacer tuve que llegar a conocerme de un modo que no me conocía. Y, a veces, no me gusta descubrir cómo hago algo, porque después lo reconozco y digo «estoy haciendo eso que dije la vez pasada».  Me gusta más que quede esa cosa sin definir porque después me muevo con mayor libertad. Yo tocaba algo de chica y si resultaba que lo había escuchado antes, lo abandonaba. Quizás me pongo muchas trabas a la hora de hacer un disco.

Es como si no esperaras nada de ti, no te proyectaras en lo absoluto.

Me gusta que las cosas pasen y para que pasen yo tengo que desaparecer. Si todo pasa a través de una idea se hace más terrenal. Me gusta cuando aparece ese mundo abstracto que es la riqueza de la música. Por eso me cuesta mucho hacer las letras porque siento que las letras bajan mucho a tierra las canciones.

Las letras son una excusa para hacer música, no el centro de tu trabajo.

Son una excusa para poder cantar después. Algunas toleran un balbuceo, pero otras no. En el momento de representarlas en vivo se pierden, no funcionan. Las letras, me parece, sí que son un gran trabajo. Cuando la canción está terminada el sonido de la voz se mete y se mezcla con todo. La letra se tiene que disfrazar de todo eso que ya estaba pasando. Cuando pongo la letra no tiene que cambiar nada de lo que pasaba musicalmente cuando la letra no estaba. No tienen que sobresalir las palabras. Tienen que, incluso, pasar inadvertidas, al menos en la escucha mía.

Pero las letras de tu último disco tienen un fuerte arraigo literario,  incluso haces guiños a Silvina Ocampo, a Collette...

Cuando digo que la letra tiene que disfrazarse de la melodía no es que busco palabras que suenen así no más, y ya está. Tienen que ser palabras que suenen bien y que además estén diciendo algo. Pero también hay partes que no me gustan y cuando las oigo con alguien yo hablo para que no las escuchen, pero ya están grabadas.

¿Cuánta literatura lees?

Me gusta mucho leer, pero leo poco porque siempre estoy haciendo otra cosa. Leo cuando me voy a dormir, pero no doy más del cansancio y me quedo dormida enseguida. Tardo mucho en leer, y además me olvido de lo que leo, así que tengo que leer nuevamente. Releo mucho.

¿Tienes autores de cabecera?

De grande me hice muy pero muy fanática de Borges, a un nivel enfermizo. Veía todas sus entrevistas, me acababa todos sus libros. Silvina Ocampo ni hablar, su sensibilidad me golpea. Borges es exactamente lo contrario de lo que es la sensiblería, es como una cosa tan seca, tan despojada de adjetivos.

¿Justa?

Sí, justa. Por ejemplo, en el ‘Otro poema de los dones’, cuando Borges habla, no lo puedo ni decir  [Juana se lleva las manos a sus ojos enrojecidos mientras su voz se va comprimiendo hasta desparecer y, entre sollozos, logra citar frágilmente a Borges]. «Por el firme diamante y el agua suelta». ¿Cómo se te ocurre decir algo así?  [su voz se hace diáfana nuevamente] . Leo eso y no necesito nada más. Ya con eso estoy satisfecha. Borges me llegó de una manera [su voz se corta otra vez].

Tienes una conexión fuerte con él.

Sí. Decían que su lenguaje es pretencioso, demasiado culto, pero ay, por favor, eso era porque no tenían la cultura para entender su vocabulario, que para él era tan natural. Él es lo más genuino que hay, aunque sus cosas sean muy trabajadas. Se ve que Borges no es espontáneo, pero eso no importa en absoluto.

Marosa di Giorgio quizás es una escritora que parece más espontánea, pero no sé si sea así realmente. Lo que ella hizo, por ejemplo, es encontrar dos palabras y en vez de decidir entre una u otra puso las dos. Y eso me encanta. Eso lo vi en Marosa y en Silvina Ocampo. Uno de mis libros favoritos de Silvina es Invenciones del recuerdo, una autobiografía en verso que es de una belleza extraordinaria. Yo he regalado libros de Silvina y Marosa a cuanto ser se me ha cruzado por la cabeza. Ya me quedé sin las ediciones que tenía de algunos ejemplares. Me gustaría volverlas a tener.

¿Te desprendes con facilidad de las cosas?

Sabes que no, soy muy amarrada a las cosas, soy una porquería, tremenda. Es uno de mis grandes defectos. Acumuladora, todo significa algo para mí. A veces llamo a mi hija, que la llamo la tirona tirana, para que me ayude a desechar. Pero hay cosas que se quedan y quedan, y cada vez más. Hay cosas que para mí son intirables porque son objetos hermosos.

¿Cómo qué?

Tengo muchos frascos, que ahora se los di a mi madre, que también colecciona cosas. Frascos lindos, de vidrio. Antes las cosas venían en frascos más elaborados. Y me gusta también la ferretería. Yo me quería casar para hacer una lista de regalos en una ferretería y que me regalaran una agujereadora, una amoladora... Las herramientas me vuelven loca.

¿Eres una mujer obsesiva?

Creo que es imposible hacer algo perfecto. No sé, cuando veo Twin Peaks, la serie, yo veo perfección, destila perfección. Veo mucha improvisación en Lynch, no en la escena terminada, pero sí en aspectos que le van saliendo. Él dice una cosa con la que me identifico mucho: que no tiene una idea previa de lo que va a hacer. Es como si le fueran pasando las fichas de un rompecabezas por debajo de la puerta y, de repente, el rompecabezas se arma. Siento que me pasa lo mismo: van apareciendo elementos y luego se arma una cosa.

¿Cómo es tu relación con el cine?

El cine es tan fascinante como espantoso, es lo mismo que la música. Hay una imagen de Lynch de la serie que me subyuga, es una parte en la que está una gran cafetera —bueno, yo veo una cafetera, puede ser una tetera, una caldera, qué sé yo—  a través de la cual Bowie habla y sale un vapor que va formando números. ¿Cómo se te puede ocurrir algo así, semejante locura, maravilla? Veo eso y me vuelvo loca. Como que todos vemos la belleza en distintos lugares.

Ahora es más difícil verla con cánones tan arraigados...

Sí, es tremendo y aparte está esa falsa sensación de que internet te da más libertad. Es una farsa total. Todo está superteledirigido, cada vez más apuntado. También hay algo en el fanatismo que me parece que no está bien, no es algo que le haga bien a la gente, ya desde los Beatles  [reproduce el sonido de una fan gritando] yo les diría: «Calma, porque te estás emocionando con un aspecto que no es el importante. Si es que hay algo importante, claro».

Hace poco viste en vivo a Radiohead, una banda que me recuerda mucho a tu trabajo...

Ellos me empezaron a gustar a partir de Kid A. Me acuerdo de que cuando salió OK Computer no me movía nada, ahora me gusta un poco más. Pero desde que me hice fan con Kid A hay discos que me gustan mucho más que otros. Radiohead tiene una sensibilidad musical y una profundidad en lo que hace que me conmueve. Hay canciones que son mejores en vivo que en los discos, sobre todo ‘Little by Little’, que está en el disco The kings of limbs. La versión que hacen en el programa From the Basement es demoledora y en el disco no pasa nada. Me sucede lo mismo en lo que hago: mis canciones son como canguros recién nacidos que todavía no están acabados y se terminan de formar en los ensayos, en la cantidad de veces que se tocan. (I)

Halo es su séptimo álbum de estudio, editado bajo el sello belga Crammed Discs. Foto: Portada del disco Halo

Algunas de sus canciones más coreadas fueron 'Sin dones' y 'Paraguaya'
Takahiro Kyono / Flickr
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