Animemos a leer a través de la sencillez y concisión

- 04 de agosto de 2018 - 00:00

En España también luchan porque la gente lea en los momentos de ocio creados por las nuevas formas de vida, así pusieron en circulación cien obras de menos de 100 páginas, cada una de la literatura y el pensamiento universales, como el ensayo autobiográfico de Darwin, los relatos de Rulfo, el ensayo Don Quijote y Bolívar de Miguel de Unamuno. Han popularizado la historia en las radios, narrándola con anécdotas, sintetizándola sin tantas fechas y retahílas de nombres.

Hace tiempo usan manuales para enseñar y no libros extensos; recordemos que el profesor guayaquileño del siglo pasado, Pedro José Huerta, se adelantó a su tiempo, pues en la imprenta del colegio Vicente Rocafuerte publicó los manuales Curso Elemental de Historia Antigua y Curso de Historia Moderna y Contemporánea (1947); también el doctor Jorge Villacrés Moscoso, Historia de Límites del Estado Ecuatoriano (1982), que apreciamos por su sencillez y concisión.

Ahora los profesores de Literatura se quejan porque los alumnos no leen obras; pero el docente Ignacio Carvallo Castillo concordaba con el argentino Rodolfo Ragucci cuando manifestaba que lo importante es leer fragmentos o pasajes de cada autor, pues una lectura reflexiva, un análisis detenido del trozo, hará que de por vida perdure el recuerdo de quien lo escribió y de algunos cualidades propias de su elocución y estilo, así lleva el alumno como una partícula viviente de cada literato.

Confieso que mi interés por la lectura nació desde la escuela, cuando me emocionaron los trozos selectos de Montalvo, González Suárez, Francisco Campos Coello, las biografías sencillas de nuestros héroes, poesías breves que me motivaron para leer obras.

Estas ideas y experiencias deben servirnos si las ponemos en práctica porque han dado resultado. (O)

Lic. César Burgos Flor