El derecho a decidir

- 19 de septiembre de 2019 - 00:00

Con el resultado de la votación del martes 17 de septiembre pasado en la Asamblea Nacional de las reformas al COIP, especialmente lo referido a la despenalización del aborto en casos de violación, en redes he visto a legiones de internautas atacando a la Iglesia y su “injerencia en el Estado”. Señores, partamos de entender que la Iglesia surgió como institución mucho antes que el Estado.

La estructura del Estado moderno data de 1789 con la Revolución francesa y la firma de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, que separó la Iglesia del Estado. Si partimos de ese precepto, nuestra supuesta estructura de Estado laico es muy joven, de apenas 230 años de vida.

La Iglesia y la religión tienen más de 2.000 años de antigüedad, y no solo me refiero a las cristianas, porque ahí están los egipcios con sus dioses como Ra o los griegos con Zeus o Afrodita, y hasta los romanos con Júpiter o Minerva.

Entonces no reprochemos a la Iglesia por el resultado de la votación de ayer. Que en su pasado y presente tiene infinidad de manchas oscuras, es cierto; que aún tiene mucho poder y capacidad de influencia en la sociedad, también, pero ayer votaron los y las asambleístas ecuatorianos, no los sacerdotes, pastores o líderes religiosos. Así que pensemos con cabeza fría y objetivamente.

La Iglesia tuvo que ver en la votación haciendo presión mediática, pero la mayoría (65 votos a favor, solo faltaron escasos 5 votos para aprobar la despenalización del aborto por violación) se pronunció por devolverle a la mujer el derecho a decidir sobre su cuerpo que le ha sido extirpado por siglos, especialmente por la Iglesia que transmite esa idea de que la mujer vino al mundo para fecundar, parir y agrandar la especie, “vida”.

Ya lo dijo ese gran escritor uruguayo Eduardo Galeano cuando se refirió a la conquista española de América: “Vinieron. Ellos tenían la Biblia y nosotros teníamos la tierra. Y nos dijeron: ‘Cierren los ojos y recen’. Y cuando abrimos los ojos, ellos tenían la tierra y nosotros teníamos la Biblia”. A buen entendedor, con pocas palabras bastan. (O)

Pablo Virgili Benítez