Cartas al Director

03 de julio de 2011 - 00:00

Con imponderable razón se ha dicho que la educación es el motor del desarrollo de los pueblos. De ahí que toda gestión encaminada a mejorarla merece que unifiquemos esfuerzos en la conquista de tan augusta misión. Es tarea ineludible de los actores directamente involucrados en ella: autoridades educativas y maestros. De ahí que oponerse a la creación de un nuevo paradigma educativo es negar nuestros recursos y capacidades hacia los avances técnicos, sociales, ambientales y humanísticos de la sociedad moderna y dejar que el país entero se ahogue en el oscurantismo, la improductividad y la dependencia tecnológica.

La Ley Orgánica de Educación Intercultural  (LOEI), que aunque carece de su reglamento, está en vigencia. Tal vez a ello se deba que en los esfuerzos porque entre a regir se han creado sentimientos adversos, improvisaciones, incertidumbres que enervan el normal trabajo del docente, el mismo que para su óptimo desempeño requiere  un ambiente de tranquilidad, estabilidad laboral, paz, un futuro cierto y un trato motivador, que en lo mínimo menoscabe sus elementales derechos establecidos en el Capítulo IV de la misma. La propuesta de la LOEI de exigir que los educadores permanezcamos en los planteles ocho horas de 60 minutos (“reloj”) por jornada de trabajo, para que, a más de las clases, realicemos tareas complementarias, es brillante como idea, pero en la praxis solo es una utopía más, porque esta decisión nació huérfana de un diagnóstico estrictamente ajustado a la realidad de cada centro educativo del país. Parece ser que este atractivo dogma pedagógico, hubiese nacido inspirado en la cómoda atmósfera de alguna de las “escuelas del milenio”.

La disposición difícilmente va a elevar la calidad educativa de niños y jóvenes. Más bien,  puede resultar un boomerang, porque ante el prurito de cumplir con las ocho horas, los educadores debemos sacrificar incluso nuestras comidas diarias, hasta retornar a nuestros hogares a servirnos una ración “calentada” y a deshora, o buscar un salón, que de por sí pone en riesgo nuestra salud y recursos económicos. ¿Y para qué todo este sacrificio? Para pasar mucho tiempo en el plantel sin hacer nada,  justamente por falta de las condiciones básicas elementales, pero siempre en la angustiosa espera de cumplir las inefables ocho horas. Este lapso en  el hogar es de mayor beneficio para planificar e investigar. En cambio, ahora, solamente después de cada extenuante jornada recién debemos intentar planificar apuradamente en  nuestros hogares y hasta altas horas de la noche. ¿Alguien contabilizar ese tiempo?

Con estas breves reflexiones preguntémonos: ¿podrá humanamente un profesor entrar a sus aulas con optimismo, altamente motivado para trabajar, si está soportando un trato que diezma sus fuerzas físicas, emocionales, intelectuales e incluso económicas? ¿Merece la pena este sacrificio con sabor a exclusión de los beneficios constitucionales del Sumak Kawsay? ¿Se puede obligar a que alguien cumpla normas y disposiciones que contradicen  la Constitución de la República y los derechos humanos?

Forzosamente deben evitarse estas contradicciones.

Lic. Jorge Mora Villavicencio
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