Educar en valores de paz
La violencia, dificultades sociales y las tensiones de una nación empobrecida habitan desde hace tiempo en ella. El tejido social del país está deshilachado y roto; tiene agujeros que apenas pueden ser tapados por las políticas públicas. Hasta la escuela dejó de ser un sitio cuya función solo era la de enseñanza-aprendizaje.
La sociedad civil puede y debe enfrentar la violencia mediante la organización comunitaria, la denuncia activa, la educación en valores de paz, el apoyo directo a víctimas y la exigencia de rendición de cuentas a las autoridades, complementando esfuerzos gubernamentales para construir entornos seguros y equitativos.
Fomentar una cultura de paz, diálogo y tolerancia para resolver conflictos, que incluya educar a nuevas generaciones sobre igualdad de género, desafiar estereotipos nocivos y promover el consentimiento, son parte del trabajo a realizar. Es de prioridad, fortalecer el tejido social en las comunidades para mejorar la seguridad al identificar y reducir factores de riesgo. La colaboración organizada es fundamental para la construcción de una sociedad más justa y libre de violencias.
Lo que ocurre cada día en nuestro país y a seis meses de un proceso electoral seccional, debería empujar a los adultos, dirigencia y a quienes tienen influencia mediática, a transitar de forma urgente por los caminos de la cordura, a retomar la templanza y recrear la conversación razonada. Quienes están en proceso de formación miran a quienes tienen alrededor, pero sobre todo a quienes tienen arriba, a sus mayores: a sus familiares, docentes, directivos y gobernantes. Y si el de estos últimos es un ring de violencia verbal, poco servicio se hace a la arquitectura sólida que requiere una sociedad pacífica.
La mente humana es insondable y sus motivaciones - muchas veces- indescifrables. Hace largo tiempo que elegimos los gritos, la ofensa cruel, el desprecio y la burla como modo de intercambio. Probablemente fuimos practicantes de ese estilo, por omitir nuestras críticas a ese modo de expresarnos o por refugiarnos en nuestras tribus. Enrarecimos el clima. Naturalizamos lo anómalo y ofensivo. Perdimos la brújula.
Nos quedan el estupor y la compasión por quienes lo sufrieron de forma directa. Los mecanismos existen, la discusión delicada y necesariamente exenta de amarillismo, acerca de si los hechos pudiesen haberse prevenido, está abierta.
Certeza es, que una sociedad que haga de la paz y la prudencia su horizonte sería la más deseable e imprescindible para afrontar lo más terrible de todo: un ser humano que quita la vida a otros, (narcotráfico, accidentes de tránsito, asaltos, asesinatos, secuestros, robos, feminicidios, actos de violencia, etc.). Quizás, edificar una sociedad pacífica, sea lo más valioso que podemos hacer como sociedad.
