“Una batalla tras otra”: melodrama y racismo
La ganadora del Oscar de este año, “Una batalla tras otra” (2025) de Paul Thomas Anderson, pretende mover el tablero comercial con una trama con fines políticos. Su director viene precedido de una cantidad de premios internacionales y una fama ganada por sus supuestos filmes controversiales, además de estar situado entre los directores más importantes de los últimos tiempos, no solo en el contexto norteamericano, sino también en el mundial. Algunas de sus anteriores obras como “BoogieNights”, “Magnolia”, “Petróleo sangriento”, “Puro vicio”, “El hilo fantasma”, “Licorice Pizza”, han estado en las listas de favoritos del Oscar, aunque han ganado, en algunos casos, categorías otras, pero no las principales. “Una batalla tras otra” parece romper con esos intentos.
“Una batalla tras otra” tiene como premisa la vuelta a la acción de un exactivista y supuesto revolucionario, toda vez que siente que su vida y entorno se ven amenazados por un oficial del ejército, el cual pretende primero vengar una afrenta y luego comprobar si es padre de una niña afro, para lo cual desencadena una persecución envuelta de premisas antimigratorias y políticas. Anderson, al inicio, nos pone ante un grupo de revolucionarios que tratan de sacar de una especie de campo de concentración a unos migrantes ilegales y luego en cómo dos de sus personajes, años después, tratan de conformar una familia. El arco narrativo nos pone en el presente cuando los temas migratorios, la violencia institucional y las fracturas raciales y culturales de nuevo intentan resurgir en Norteamérica.
Elaborada como un thriller, “Una batalla tras otra” desde ya envuelve y deja sin aliento al espectador en la medida que avanza la historia. En tanto hay diversidad de personajes en juego, pese a los principales, su tono coral también deslumbra, ya que permite al director introducir una serie de hechos y temas, como apuntes al tema que trata de poner en evidencia: el radicalismo de ciertos grupos de los años sesenta que se parangona con el radicalismo social que prevalece en ciertas zonas en la misma medida que la ejercida por el gobierno; el idealismo de una especie de izquierda que veía en las armas la consecución del poder frente al pragmatismo de grupos de poder de la ultraderecha que obran a la sombra y que también usan las armas para eliminar lo indeseable; las capas sociales que se imbrican y, al mismo tiempo, se repelen impelidas por lo político. Anderson, para el caso,usa el montaje fragmentado que acentúa, desde el punto de vista cinematográfico, lo que podría decirse que es el caos histórico y que se manifiesta en un desarrollo temporal en el interior de la trama. Desde lo estético, incluso el director emplea una fotografía y una banda sonora que alternan lo nostálgico y lo crudo, diseño que, en efecto, acentúa la tensión espacio-temporal que caracteriza a todo thriller.
En este marco, lo singular de “Una batalla tras otra” tiene que ver con la cuestión del racismo. Andersonpretende hacer énfasis en este hecho, en el sentido de que habría una persistencia estructural de la discriminación en su país, pese a las mezclas raciales que históricamente han construido todo tipo de naciones y de la propia Norteamérica. El argumento apunta a que, luego de las aventuras revolucionarias sesenteras de sus dos principales personajes, uno blanco y la otra afroamericana, interpretados por Leonardo DiCaprio (Pat Calhoun o Bob Ferguson) y Teyana Taylor (Perfidia Beverly Hills), ellos,aunque intentan formar una familia, finalmente deben vivir separados, luego de otros incidentes. Con nombres cambiados, DiCaprio se queda con la hija de Taylor, Charlene o Willa, tratando de protegerla de la violencia que aún persiste y de la cual él además ha formado imaginarios paranoicos, situación que se reactiva cuando el oficial Lockjaw (papel interpretado por Sean Penn) se pone a cazar a los antiguos activistas para pronto enfocarse en Willa y Pat/Bob. Su problema: él, un blanco militar, racista, completamente entregado al sistema de poder, concientiza que Willa, una joven afro, es su hija.
Visto de esta manera, el filme de Anderson cambia de registro: de uno que intentaba discutir los cambios y las diferencias estructurales que se dieron en Norteamérica en los años 60 con la insurgencia de una izquierda radical y la tensión con el poder mismo, a otro que tiene más de melodrama familiar, apuntalándose en lo afectivo. En este contexto, se privilegia el punto de vista blanco: así, el racismo aparece de telón de fondo o como un obstáculo dramático, más que un asunto, metáfora de por medio, podría problematizar la racialización de las relaciones sociales en el mundo contemporáneo.
Y es que la segunda mitad, el filme va por una intensa persecución que parece enfrentar a dos padres queriendo tener la atención y la tenencia de una hija. Insisto, melodrama, con tiros, malos de por medio, solazo del desierto, carros desenfrenados y monjas de la caridad que terminan evaporándose. Las minorías, que son representadas como personajes secundarios, a la par, son fichas de un juego dramático esquizoide que finalmente, en el contexto del cine comercial, entretiene. Si el director quería denunciar las desigualdades sociales (además tomando como base el libro “Vineland” de Thomas Pynchon, en el que se basa), la narrativa diluye toda intención, reduciéndolas solo a una intención con mucho efecto especial. La representación del racismo en el mundo contemporáneo termina siendo esquemático, en laque el bueno gana y el malo termina ajusticiado por sus mismos congéneres.
En otras palabras, “Una batalla tras otra” puede ser un ejemplo de lo que puede estar sucediendo: la vida está en riesgo, las políticas terminan individualizándose. Pero como su historia deriva en una cuestión melodramáticacon acento muy personal, su discurso sobre la historia, la política y la identidad, al final, termina siendo esquemático.
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