Un año de covid-19 en Ecuador

El 14 de febrero de 2020 arribó a Guayaquil, desde España, la primera persona con covid-19.
14 de febrero de 2021 00:30

El 14 de febrero de 2020 arribó a Guayaquil, desde España, la primera persona identificada como portadora de la enfermedad covid-19. Su caso fue dado a conocer por la ministra de salud, doctora Catalina Andramuño, el 29 de febrero.

La paciente, falleció y, con ella, hasta ahora, 15.220 personas más, producto de esta devastadora enfermedad. La cifra se queda corta si tenemos en cuenta que la mortalidad en 2020, por causas no identificadas y que, por lógica, apuntan a que se debieron a covid-19, fue sustancialmente mayor a la del año 2019.

Más aún, entre los meses de marzo y mayo, la ciudad de Guayaquil sufrió una desbordante cantidad de contagios que colapsó el sistema de salud, la capacidad del sistema funerario y que determinó que nuestro país haya sido objeto de la mirada del mundo por la penosísima situación de registrar tantos fallecidos que incluso los servicios de medicina legal de la policía debieron levantarse en las calles.

El 16 de marzo, el Gobierno Nacional decretó el estado de excepción y el Comité de Operaciones de Emergencia inició una serie de acciones para atenuar la expansión de la infección, entre otras, el distanciamiento social, el uso de mascarillas, la recomendación del aseo de manos y distintos niveles de confinamiento, incluido el toque de queda a partir de las 14:00 h.

Las medidas de confinamiento fueron recibidas con opiniones contrapuestas. Por un lado, los gremios de profesionales de la salud fueron enfáticos en señalar la necesidad de la prolongación del confinamiento para reducir el número de contagiados y muertos y, por otro lado, las cámaras de producción y comercio cuestionaban la extensión del confinamiento y la limitación de la movilidad, aduciendo el impacto negativo que ello tenía para la economía.

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El Ecuador vivía la dramática disyuntiva entre el evitar el contagio y muertes o empeorar el hambre y la miseria.

Al tiempo que ello ocurría surgían los problemas de la necesidad de adaptación a una nueva realidad en la que la educación presencial era reemplazada, en forma improvisada, por la educación virtual.

La separación y aislamiento incrementaron los trastornos de depresión y ansiedad mientras que, el confinamiento y la permanente convivencia entre miembros de la familia, fue un factor que aumentó la violencia intrafamiliar.

Ni el Ecuador ni el mundo estuvieron preparados para enfrentar un maremagno de esta dimensión y la capacidad de gestión y de responsabilidad de los gobiernos se puso a prueba.
Taiwán, Singapur, Nueva Zelandia, Corea del Sur fueron países cuyos gobiernos fueron ejemplares en el manejo de la crisis. Por otra parte, los gobiernos de Estados Unidos, Brasil y México fueron particularmente irresponsables con el manejo de la crisis, contaminándola con posturas políticas inaceptables y divisionistas. El resultado en contagios y mortalidad ha sido evidente.

En Ecuador, aparte de la tragedia inducida por la propia enfermedad, pudimos constatar las deficiencias de nuestro sistema de salud.

La ausencia de un sistema de control epidemiológico, resultante de la dilución institucional del Ministerio de Salud Pública durante los últimos 14 años, la lentitud en la adquisición de pruebas para un diagnóstico oportuno y la insuficiente infraestructura de salud, fueron factores determinantes en la dificultad de enfrentar la crisis.

Sin embargo, lo más lacerante, repudiable e ignominioso fue el constatar la podredumbre moral de ciertos sectores de la sociedad que hicieron de la emergencia sanitaria un festín de corrupción en los hospitales públicos.

Medrar y lucrar con el dolor del prójimo es un crimen execrable. La vacunación del 75% de la población ecuatoriana es esperada con ansiedad, pero con escepticismo por la lentitud con la que parece proyectarse.

El covid-19 ha sido una prueba terrible de las deficiencias que tenemos, como sociedad y como Estado, pero también ha sido una prueba de resiliencia y de manifestación de solidaridad en distintos sectores. Esperamos que esta impactante experiencia sirva de estímulo para desarrollarnos como una sociedad honesta, solidaria, trabajadora y próspera. (O)