Tomada de la edición impresa del 04 de julio del 2009

Galápagos: Turismo en el paraíso secreto

En la playa de los perros  es posible ver a las iguanas marinas, unos animales que parecen congelados en el eslabón de la creación. | FOTO: FRANCISCO  IPANAQUÉ / El Telégrafo

FOTO: FRANCISCO IPANAQUÉ / El Telégrafo

En la playa de los perros es posible ver a las iguanas marinas, unos animales que parecen congelados en el eslabón de la creación.

IMÁGENES

Una buena opción para el turista relámpago es tomar un tour donde se puede ir a ver iguanas terrestres, bucear un poco si el mar no está tan picado, tomar algunas fotos.



En las Islas Encantadas  nunca alcanza el tiempo para hacer lo que uno planea. Es verdad que pasa más lento, sí, pero  son tantas las maravillas naturales por visitar que no se alcanza a conocer ni la tercera parte de lo que proponen los guías.Por eso una buena opción para el turista relámpago es tomar un tour donde se puede ir a ver iguanas terrestres, bucear un poco si el mar no está tan picado, tomar algunas fotos y ver de cerca a las enigmáticas iguanas marinas, que parecen sacadas de una postal prehistórica perdida en el tiempo.

Hay que estar a las 09:00 en el muelle para abordar la lancha que hará el bojeo, que dura aproximadamente tres horas. La mañana está parcialmente nublada, como dicen los meteorólogos, y la lancha está al mando de un pescador cetrino a quien llaman Perico. Los pasajeros son una bella doctora quiteña llamada Francisca, una joven manabita y su madre (muerta del miedo por el viaje), dos amigos de ella que trabajan en el puerto de Manta y que se la pasarán todo el viaje dando instrucciones por celular a sus colaboradores, y Alberto, el guía, un tipo dicharachero que salpica sus explicaciones con historias y anécdotas picarescas.

Cuando la lancha comienza a acercarse al refugio rodeado de piedras volcánicas, es posible ver a los leones marinos desperezándose después del baño. En poco tiempo llegaremos al islote Camaño, nuestro próximo puerto. En la parte de arriba se divisa El Puntudo. Cuenta Alberto que desde allí hay una vista espectacular de todas las islas. 

La idea es hacer un pequeño recorrido de unos veinte minutos  para tratar de ver a los piqueros de patas azules, las fragatas y, con un poco de suerte, al piquero enmascarado. 

Como parte del paseo está programado bucear un poco, con snorkel incluido. El mar no está todo lo apacible que se esperaría, pero eso no es obstáculo para que Francisca se anime a nadar un poco. ¿Quién dijo miedo? “Ajá, hagamos un poco de snorkel”, dice un animado Alberto. “Para venir hasta acá esto era lejísimos”, dice. “Se venía por esta parte de acá, a remo. Esto que ustedes ven aquí era un ‘matadero’. Peor que mi departamento, compadre”, dice entre risas.

La experiencia es inolvidable por el enorme banco de peces que está allá abajo, nadando muy cerca de los buzos, casi cosquilleando sus costillas con sus rápidos movimientos.

Pero ahí no acaba todo, esta travesía excitante todavía  depara a los visitantes un sitio mágico llamado El canal del amor, donde cuenta la leyenda que merodean los tiburones alrededor de las ansias de los jóvenes amantes. No hay quien niegue que un poco de adrenalina no está mal para acompañar las artes amatorias. ¡Que así sea!

Antes de terminar el viaje aún hay espacio para dos visitas más, solo que ahora los turistas tendrán que dividirse entre una playa y un sitio conocido como Las grietas, con un agua helada que dispara la circulación y que según todos los guías es el mejor antídoto para el estrés.

El lugar es una especie de farallón rodeando el agua, como una especie de piscina natural, en donde incluso algunos de los guías nativos practican clavado. Uno de ellos escala con agilidad inusual y con temeridad suicida se lanza, certero, por entre las rocas.

Las grietas son como el Mandala donde confluyen todos los grupos de turistas. Los guías toman un respiro y conversan entre ellos. Los visitantes aprovechan para bañarse un rato en el agua helada. El ejercicio para llegar hasta allá ha sido arduo. Una caminata fuerte por entre piedras, los que no tengan buen estado físico quedan por el camino.

En otra playita, árida y despoblada, es posible ver uno de los espectáculos más indescriptibles del mundo. Un sinfín de iguanas marinas, agarradas de las rocas con sus patas delanteras, mirando al cielo como esperando algo. Son inofensivas pero hay algo en ellas que impresiona. Un buen colofón para un viaje como éste.
David Sosa
dsosa@telegrafo.com.ec
Editor-Séptimo Día