Los adultos mayores transitan por las diversas dependencias del hospital Carlos Andrade Marín, del IESS.
Acuden cientos a diario. Un grupo de adultos mayores de diferentes lugares del país busca que se lo atienda en el hospital Carlos Andrade Marín, del IESS en Quito, ya que en los centros de salud en sus respectivas provincias no siempre cuentan con lo que su estado de salud requiere.
El referéndum, el precio de los alimentos, los hijos, sus enfermedades son los temas de que conversan para pasar el tiempo y olvidar -solo un poco- el frío de la madrugada, hasta que les entreguen el tique y acceder a la asistencia especializada.
Octavio Caiza, de 85 años, es oriundo de la provincia de Imbabura. Llegó a Quito, a las 03:00, para obtener un turno. “Viajo solo, señorita, la plata no me alcanza para venir con mi esposa, pero tengo que hacerme atender porque ya tengo un montón de días con el dolor en el hueso de la pierna y los médicos de allá dicen que tengo que operarme”, afirma, mientras se frota la extremidad.
Allá en su comunidad se dedica al cultivo; vive con su esposa y con un ayudante. El dolor que lo aqueja se produjo luego de que una fuerte lluvia dejara inestable la tierra y se cayera en una zanja.
A las 04:30 empiezan a entregar los turnos. Razón de más para que los pacientes o sus familiares, en repetidas ocasiones, se queden a dormir en las afueras de los hospitales; sin embargo, en algunas ocasiones este esfuerzo es en vano, pues tienen que esperar varios días para que se cumpla la cita con el especialista.
En otras, si la gente llega pasadas las 06:00, ya no hay turnos. Ahí, solo resta esperar dos horas más para ver “si hay espacio”.
Caiza se lleva las manos a la cabeza. La cita queda para dentro de 5 días y, como no puede quedarse en la capital regresará a su hogar.
El nuevo viaje servirá para saber qué le dice el médico acerca de su situación y dependiendo de los resultados, sabrá si continúa el tratamiento con el mismo o debe pedir cita con otro. Esto hasta que llegue el día de su posible operación.
Martha Morales lleva a su madre, Lucrecia Echeverría, para que reciba rehabilitación posoperatoria por una intervención en la cadera.
“Cuando uno va a un hospital público debe armarse de paciencia y calma, sino no lo atienden”
“Los médicos y las enfermeras se han portado bien con mi mamá, el único problema son los turnos y lo espaciado de las citas médicas”, afirma.
Esperó durante un año y medio para conseguir una cama. Tuvo que madrugar, a las 03:00 o 04:00, para obtener un cupo.
Incluso esperó hasta tres meses para acudir una nueva cita con el médico.
Pero muchos ancianos no solo reciben atención por una enfermedad, sino por varias, es decir que deben ser tratados por diferentes especialistas, lo que implica también que deben comprar medicinas según cada necesidad.
Ese es el caso de Cecilia Arroyo, a sus 76 años debe acudir hasta las instalaciones de la casa de salud para ser tratada de hipertensión pulmonar, afecciones cardíacas y problemas para caminar.
Llega sola, su hija solamente la dejó en el lugar, pues debe trabajar. Camina a paso lento durante toda la mañana por las instalaciones, de vez en cuando se sienta, para recobrar fuerzas.
“Las piernas ya no me aguantan y me canso muy rápido, me siento hasta que pase el dolor y el cansancio, y poder seguir con la rutina. A veces me toca salir para comprar algunas medicinas, que son más caras y aquí no tienen”, cuenta.
Mariana Mena acude al hospital Eugenio Espejo con su suegra; para ella, la atención en general no es mala, pero debería mejorar, ya que, en un 40%, los médicos y enfermeras son déspotas o indiferentes con los enfermos.
Sin embargo, manifiesta que donde tiene mayores inconvenientes es en el área de emergencias. En una ocasión llegó con su suegra, quien sufre de diabetes, y se encontraba débil. “Estábamos desesperados y exigimos que la atiendan, pero esperamos casi una hora parados, solo cuando se desmayó la asistieron”.
Los recuerdos llegan a Mena. También ha visto a muchos adultos mayores solos, acostados en el piso o en camas en los pasillos. Entre quejas, las enfermeras trataban de atender a todos. “Eso lo hacen casi al mismo tiempo. Cuando uno va a un hospital público debe armarse de paciencia y calma, sino no lo atienden”.
Mario Salas es de Chimborazo. Trabaja en una fábrica y pidió permiso 15 días para poder ayudar a su padre, de 84 años, quien tiene un problema cardiaco. “Creo que lo tienen que operar, pero con tanto examen, aún no se ha decidido”.
A su criterio, la condición de su padre no le permitiría hacer los trámites solo, ya que dentro del hospital hay que desplazarse a diferentes áreas.
Según Carmen Alarcón, directora de Salud del IESS, todos los afiliados gozan de los mismos derechos y beneficios, sin embargo, señala que desde las 12:00 hasta las 16:00, las unidades de salud conceden turnos exclusivamente para los pacientes de la tercera edad.
Para ella no existe un trato discriminatorio en ningún área del hospital.
“Cuando requieren de exámenes, atención en emergencias, diagnóstico u hospitalización son atendidos igual que al resto de los afiliados”.
En cuanto a la demanda de pacientes, dice que los ancianos no siempre asisten cuando están enfermos, sino que, con la espera el lugar se convierte en un lugar de encuentro para socialización, ya que a veces viven solos y necesitan contar a alguien sus cosas. Algunos son considerados como un problema y en reiteradas ocasiones representan una molestia para la familia.