Tomada de la edición impresa del 05 de julio del 2009

Celibato, el voto que divide a la Iglesia

    | FOTOPRODUCCIÓN: Alfredo Piedrahíta - Xavier Peña

FOTOPRODUCCIÓN: Alfredo Piedrahíta - Xavier Peña

Datos

La episcopal lo impone


•Poco tiempo después de que se produjera el escándalo del padre Alberto Cutié y su novia furtiva,  Ruhama Canellis, este decidió integrarse a la Iglesia Episcopal y al poco tiempo casarse en la Iglesia de San Bernardo de Clairveux, en el Monasterio Español de North Miami Beach, Florida, bajo una cerrada custodia policial.


•El obispo episcopal Leo Frade, quien ofició la ceremonia, confesó: “En el sermón hablé del regalo que Dios nos ha dado en el amor, que es la fuerza más grande, que vence a todo obstáculo, a toda prohibición de los hombres”.


•La Iglesia Episcopal no prohíbe las relaciones de pareja ni obliga al celibato que impone Roma a sus sacerdotes. Al entrar en ese ministerio, Cutié destacó que siempre amará a la iglesia Católica y la llevará en su corazón.

El compromiso de los sacerdotes católicos vuelve a ponerse en discusión con el caso, en curso, de Alberto Cutié.



Primero fue lo del actual presidente de Paraguay, Fernando Lugo,   ex obispo católico quien  reconoció haber tenido un hijo mientras era sacerdote (y calificó de “supuestas” otras seis paternidades) lo que volvió a poner sobre el tapete el tema del celibato dentro de la Iglesia Católica. Lugo, en una entrevista reciente concedida en Asunción,  afirmó que “sólo Dios es perfecto, sólo Dios es absoluto. Hay un celibato imperfecto, un celibato humano, que ayuda a tener más libertad para el ejercicio pastoral. Yo creo que el celibato es un valor dentro de la Iglesia, que se tiene que rescatar como un signo del reino de Dios.  Cuando este signo se ha perdido, yo creo que es el momento de repensar el celibato hoy en América Latina y en el mundo”.

Después, otro hecho que mantuvo encendido el debate (hasta hoy, donde el caso ha dado un giro inesperado) fue el del padre Alberto Cutié, un sacerdote apuesto y mediático que, primero, fue captado en una playa con una mujer (Ruhama Cannellis), y en estos días es señalado como homosexual. El padre Alberto, quien  primero pidió perdón en un comunicado de prensa, fue  destituido de sus cargos de párroco y de director de una emisora. Pero antes de su cambio de Iglesia, el retiro de los cargos no significó su destitución como sacerdote, ni mucho menos su expulsión de la Iglesia Católica. La arquidiócesis sostenía que la decisión de abandonar el sacerdocio tenía que venir de él.

Los dos casos han dividido a tirios y troyanos que, una vez más, han abierto sus trincheras para defender, o atacar, la conveniencia de este compromiso que adquieren los sacerdotes.

El tema no es nuevo. Ya una serie de televisión de 1983 llamada El pájaro espino, basada en la novela de  Colleen McCullough, le dio carácter mediático al asunto y centró su trama en la vida en Australia del cura católico Ralph de Bricassart (Richard Chamberlain), un sacerdote con el corazón dividido entre su compromiso con Dios y el sacerdocio, y su pasión por una mujer, la virginal Meggie Carson (Rachel Ward). 

En el libro Os daré pastores, escrito por el Papa Juan Pablo II, este afirma que “la educación, el amor responsable y la madurez afectiva de la persona son muy necesarias para quien, como el presbítero, está llamado al celibato, o sea, a ofrecer con la gracia del Espíritu y con la respuesta libre de la propia voluntad, la totalidad de su amor y de su solicitud a Jesucristo y a la Iglesia”. Más adelante dejó Juan Pablo II una especie de remate al tema. “Puesto que el carisma del celibato, aun cuando es auténtico y probado, deja intactas las inclinaciones de la afectividad y las inclinaciones del instinto, los candidatos al sacerdocio necesitan una madurez afectiva que capacite a la prudencia, a renunciar a todo lo que pueda ponerla en peligro, a la vigilancia sobre el cuerpo y el espíritu  (...)”.

¿Qué pasa cuando esa vigilancia sobre el cuerpo y el espíritu falla? Que se alborotan la culpa, las susceptibilidades y los fundamentalismos y que ayudan a reconocer, como hizo el mediático Padre Alberto, que debajo de las sotanas hay hombres de carne.

Celibato es una palabra derivada de la voz latina caelebs, caelibis, que significa célibe o soltero. Es una palabra muy cercana al sánscrito kévalah, con el significado de solo. El  término empezó a usarse hacia 1625 como forma culta en lugar de soltería.

Comenta el sacerdote Rodolfo Soledispa, responsable del Seminario Mayor de Guayaquil, que el celibato es ante todo un don de Dios, que este concede “a aquellos que él llama, tanto en el ministerio sacerdotal como en una vida consagrada. De hecho hay hombres que pueden consagrar su vida a Dios en un servicio diverso, no solamente en el sacerdotal. Lo que no se puede es renunciar al matrimonio por egoísmo, por miedo, por no complicarme la vida”.

Aclara Soledispa que hay quienes escogen una vida celibataria en una vocación diversa, “pensemos en los hermanos legos, los misioneros  o mujeres y hombres que viven una virginidad en institutos seculares y no necesariamente han hecho votos solemnes”.

Los más arduos defensores del celibato citan una frase bíblica de Mt, 19, 10-12 (ver Recuadro) para darle soporte. Con respecto a esa frase dice el director del Seminario Mayor, que el celibato “tiene un fundamento último que es la persona de Cristo misma, que asumiendo la condición humana, la carne, haciéndose hombre vive una vida de completa sumisión y entrega al Padre, y de servicio a los hombres. Entonces el modelo último del sacerdocio termina siendo Cristo. Por eso la Biblia -aunque podemos utilizar esta frase- no se pone a dar tantas explicaciones”.

Pero no todos piensan así. El dominico Frey Betto, polémico ideólogo de la Teoría de la Liberación en los 70, articulista y escritor, sitúa el futuro de la Iglesia Católica en la abolición de una forma de vida que no puede ser aceptada por todos los sacerdotes.

En Latinoamérica se han dado los casos de varios sacerdotes que han colgado los hábitos sin desvincularse del todo de la Iglesia y sin perder su fe. Uno de ellos es Gonzalo Gallo, el famoso “padre Gallo”, uno de los sacerdotes más populares de Colombia quien, en pleno ejercicio, tenía programas de televisión, columnas en los diarios, era autor de best sellers como Aeróbicos espirituales y querido por todos, desde políticos hasta reinas de belleza.

Gonzalo Gallo dejó los hábitos hace varios años y hoy se dedica a la consejería sicológica, ayuda a enfermos terminales, apoya a personas en duelo y da conferencias de motivación, liderazgo y valores. “Son labores elegidas por mí y no dependen de la Iglesia. Uno tiene más libertad de acción y pensamiento fuera de las estructuras eclesiales que tienden a ser rígidas en todos los credos”, dice desde Cali, la ciudad en donde vive.

Él se ha preguntado: “¿Hay un católico que tenga más fe debido al celibato? En absoluto. Pero sí hay millones con una fe debilitada por escándalos evitables”. ¿Por qué entonces la Iglesia decide mantenerlo contra viento y marea?

“El celibato se mantiene por una concepción negativa de la sexualidad, por razones económicas y por convertir en divina una norma puramente humana. Al hacerlo, la Iglesia jerárquica, que es un pequeña minoría, va en contravía de la Iglesia “Pueblo de Dios” que no tiene ningún problema en que esa norma se acabe. Pero es que ser jerarca es tener poder supuestamente divino, y manejar poder con humildad y con apertura al cambio es bastante escaso”, comenta.

De acuerdo con el sexólogo Germánico Zambrano, no existe, desde el punto de vista químico o médico, ningún fundamento a acción que elimine las hormonas que provocan el deseo sexual en los varones. “Lo que sucede con los sacerdotes es que a través de la voluntad inhiben el deseo carnal, pero no lo desaparecen”, dice.

Aclara Zambrano que no por frenar el erotismo un sacerdote se transforma en un ser “loco, un enfermo”, debido a que su abstinencia sexual es producto de una convicción religiosa y no por una orden.

Tanto este sexólogo como la psicóloga  Consuelo Camacho coinciden en que los seres humanos son sexuados por naturaleza, y que los religiosos no logran desaparecer el deseo o erotismo, sino más bien disminuir o aplanar los instintos.

La pregunta: ¿Cómo es posible manejar entonces esa afectividad que, según Juan Pablo II, queda intacta en la condición de célibes? “No sólo los curas lo son, también los millares de monjes budistas”, recuerda Gonzalo Gallo. “Quien lo vive lo logra con una vida espiritual intensa, un control de su vida emocional, una sublimación de la libido, el valor de la amistad sincera y la entrega a su misión. Pero las preguntas son dos, una: ¿cuántos lo viven de verdad?, y dos: ¿Si no es de la esencia de la fe y hay tanto escándalo, para qué mantenerlo?”.

Mientras tanto, Alberto Cutié, al que un ex colaborador ha acusado de homosexualismo, se casó el pasado 26 de junio por la vía religiosa en una ceremonia a la que asistieron no más de 60 invitados, con Ruhama Canellis.

Él, y muchos otros, tal vez recuerden aquel pasaje del Génesis, que relata que “en el principio Dios creó al hombre y la mujer, y no es bueno que el hombre esté solo”.

La Iglesia dice


Jesús dio un consejo a los que llamó a seguirlo en el ministerio sacerdotal. Ante la presentación hecha por Jesucristo del matrimonio, los discípulos le expresarán su preocupación por las dificultades que en esa vocación encuentran. El Señor les presentará allí un camino novedoso:

«Pero él les dijo: “No todos entienden este lenguaje, sino aquellos a quienes se les ha concedido. Porque hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien pueda entender, que entienda”» (Mt 19, 10-12).


Este consejo implica una entrega en aras de un amor universal. Consejo que en la Iglesia se vio siempre como un don muy estimado e importante para aquel que quisiera consagrarse a las cosas del Señor.

El celibato fue meditado y paulatinamente asumido como estilo de vida.

David Sosa
dsosa@telegrafo.com.ec
Editor-Séptimo Día