Sobreviviente del Holocausto que provocaron los nazis, construyó una vida plena, marcada por su entrega a los demás.
Graciano Mazón es un hijo de la paz. Nació cuando terminó la Segunda Guerra Mundial y estuvo cerca de la muerte, incluso antes de nacer. El ejército nazi casi terminó con su familia, cuando todavía estaba en el vientre de su madre. Durante ocho años padeció hambre y superó la necesidad con valor y organización, en su pequeña comunidad de Torreselle, Italia.
Todavía siendo un niño se propuso llevar esa experiencia de equidad y de paz al mundo. Ingresó -desde los 12 años- al seminario. Llegó a Latinoamérica -ya como sacerdote católico- y encontró a campesinos empobrecidos y envueltos en un sistema económico injusto. Comenzó por la salud y después por la organización de la gente, para enfrentar al comercio manejado por los intermediarios.
Ese despertar de varias comunidades incomodó al poder. Dos gobiernos represivos lo consideraron “persona no grata” e incluso lo encarcelaron seis veces. Sin embargo, encontró refugio al sur de Quito, con el recordado padre José Carollo.
Hace 25 años despertó una madrugada e inició un movimiento que se llamó Comercializando como Hermanos (CCH) y que después se transformó en Maquita Cusunchig (MCCH). Hoy es uno de los proyectos sociales más grandes e importantes de Latinoamérica. Basta decir que genera más de once millones de dólares anuales en ventas de productos como el cacao y beneficia a alrededor de cien mil agricultores, en 16 provincias del país.
En el sur de Quito, en el páramo, en plena playa de Muisne, Graciano es considerado un santo anónimo. Una copla montubia dice: “Dale gracias a Dios y a María en el cielo/ Y en la tierra al padre Graciano”.
¿Cómo vivió su niñez en Italia?Nací un 17 de junio de 1945. Recién el 2 de abril de ese año terminó la Segunda Guerra Mundial con Alemania. Italia quedó destrozada. En ese entorno nací.
Mi pueblo, Torreselle (Pequeñas Torres), era una comunidad campesina. Me crié en una granja, éramos una familia de 48 personas.
¿Cuál fue la consecuencia del conflicto?Desbarató la economía. Yo recuerdo haber padecido hambre. De chiquito, con otros niños íbamos a hacer cualquier cosa, con tal de tener algo para comer.
¿No daba frutos la tierra?El problema fue que la mayoría estaba en la guerra y al volver se encontraron con una economía despedazada, éramos un país vencido. Hicimos lo que pudimos. La mayoría fuimos campesinos de grandes y numerosas familias. Cultivábamos trigo y maíz, que luego se perdían. Pero, poco a poco, nos organizamos para salir del gran trauma de la guerra y la destrucción.
¿Llegó el conflicto armado a su pueblo?Mi familia me contó que, cuando yo estaba de siete meses en el vientre de mi madre, hubo un bombardeo salvaje delante de nuestra casa. Teníamos a todos los alemanes de frente, con sus caballos y en fila. Nosotros escondidos bajo tierra. Los varones no podían asomarse, las mujeres eran las que podían, de alguna manera, ver qué pasaba. Si los alemanes veían a los hombres se los llevaban, porque estábamos en derrota total.
¿Por qué hubo ese bombardeo? ¿A quién buscaban?Al grupo de los “Partigiani”, que eran los guerrilleros, los que tomaron las armas para que los alemanes volvieran a su casa.
¿Cuándo se terminó el hambre de la posguerra? La guerra terminó en 1945 y fueron unos ocho años durísimos. Recuerdo que siempre estábamos atentos a ver dónde iban los pajaritos para cogerlos y comer, con todo respeto a los pajaritos. ¡Pero en esas condiciones nací yo!… Por eso soy hijo de la paz.
Tuvo que ser lindo para sus padres, que al terminar la guerra, naciera usted…Sí, claro que sí, imagínese... Nosotros somos siete hermanos, todos vivos. Nos queremos mucho y estamos muy unidos, cada uno tiene su hogar, pero recordamos con gran cariño a la gran familia, cuando estábamos juntos, cuando estaba el tío Ernesto, que era el gran jefe, que se encargaba de la comida para todos. En el grupo había parejas y cada una tenía sus hijos, pero el tío Ernesto era la cabeza de hogar.
¿Ese entorno comunitario en el que creció le dejó un legado en su vida?Sí, a pesar de las dificultades, en nuestras familias vivimos con mucha paz, tranquilos. La gran familia, juntos, buscando seguir adelante para crear la posibilidad de vivir con dignidad. Sin duda eso me marcó.
“Apenas con once años decidí que haría algo bueno para los demás, es que vi tanto sufrimiento, tanto problema”, recuerda Graciano. Ingresó al seminario de Treviso, que es una ciudad cerca de Venecia, a los doce años. Sus maestros predijeron que sería un líder sensible y decidido.
Se ordenó el 31 de agosto de 1969, a los 24 años. Trabajó con jóvenes y campesinos, como él, en Salgareda y San Martino di Lupari, sus dos primeras parroquias en Italia. Ahí nació su idea de la liberación del ser humano, mientras aplastaba millares de uvas con los pies, colaborando en el trabajo diario de la comunidad.
¿Cómo llegó a América?Llegamos primero a Chile, a un poblado llamado San Clemente, un 24 de marzo de 1973, en un barco que se llamaba Rossini. Ahí teníamos dos sacerdotes amigos… El obispo me preguntó “¿te gustaría ir?” y yo dije “¡encantado!”.
¿En ese tiempo, en Europa había conocimiento de lo que sucedía en Latinoamérica?Se sabía poco. Lo que conocí de América Latina fue estando acá. Con alegría recuerdo el mes de viaje en barco para llegar a Chile y cuánto me mareé.
Compartí la travesía con 400 personas y había celebraciones. Yo, católico, hacía celebraciones católicas, pero también había protestantes, griegos…; hubo momentos en que hacíamos celebraciones ecuménicas, muchísimos participaban. Era un resumen de lo que debería ser el mundo, todos juntos. Cuando no estaba mareado, también me gustaba jugar ping-pong. Fui segundo a nivel mundial en el barco (ríe), me ganó un peruano…
¿Cómo fue el golpe de Estado chileno?11 de septiembre de 1973 (suspira). Hay fechas que a uno le quedan imborrables en el corazón. Salía de la iglesia y un señor, el terrateniente del lugar, empezó a gritar, alegre, “¡han matado al chancho!”. Y el ‘chancho’ era Salvador Allende, que era súper querido y amado por los campesinos.
Usted trabajó en el campo, con la gente más pobre de Chile, ¿cómo vivió la dictadura de Augusto Pinochet?Después de la muerte de Allende vinieron cuatro años durísimos. La dictadura la viví en carne propia. Empezaron a tacharme de guerrillero. Una vez, en una misa, entraron dos militares y uno de ellos le dijo a toda la gente: “¡No le crean, este no es sacerdote, es guerrillero!”. Me tuve que defender: ¡Alto aquí!, dije, y saqué una credencial que el obispo nos dio para identificarnos, porque la cosa era terrible… Este soy yo, así que tenga la bondad de quedarse tranquilo.
Hablamos cuando termine mi misa. Siéntese, le invito a participar… Se quedaron fríos.
“El problema son los grandes y medianos intermediarios... Nuestra idea fue dar respuesta al ‘satánico’ mundo del comercio...”
¿Y la gente…? Con la comunidad acordamos que si pasaba algo, poco a poco salieran, porque ellos corrían más peligro que yo. Como era extranjero, tenían un mínimo de respeto. Bajo ese acuerdo, la gente salió de la iglesia, y al final de la misa me quedé solo, con los dos militares. Les expliqué el trabajo que se hacía con jóvenes y campesinos. Que era para que la gente viva con dignidad, hicieron preguntas y poco a poco bajaron la guardia. Tomé la bicicleta y mientras manejaba sabía que me podían disparar por la espalda y alegar que fue Ley de Fuga… No se atrevieron a hacer nada…
¿Cómo siguió con su tarea a la sombra de la dictadura?Éramos cuatro sacerdotes italianos los que trabajábamos en Chile. El 2 de noviembre de 1976 nos llamó el obispo de Talca, Carlos González Cruchaga, que ya falleció, y se puso a llorar. Dijo: “Tengo que decirles que se vayan porque un día de estos les puede pasar algo grave…”. Nos abrazamos con nuestro viejo obispo y tuvimos que salir, porque la cosa era realmente peligrosa.
La vida encaminó a Graciano al Ecuador. Él pertenecía a un movimiento de sacerdotes italianos, franceses y españoles que se llama Fidei Donum, que significa “Sacerdotes al servicio de América Latina”. Ese fue el enlace para que encontrara al obispo de Esmeraldas, Enrique Bartoluchi. Una isla, Muisne, fue su hogar por nueve años. Trabajó selva adentro y -junto a otros sacerdotes italianos- organizó a campesinos carentes de todos los servicios básicos. Lo primero fue la salud, iba con una mochila grande de medicamentos e impartía cursos elementales de qué hacer contra la parasitosis. Armó botiquines populares y nombró personas responsables de atender a la gente.
¿Cuándo nació la idea de la economía solidaria?Jamás olvidaré ese día… Recuerdo que caminaba por la selva con la gente y llegó una señora que tenía unas diez libras de cacao para vender a un comerciante. Este hombre empezó a decirle barbaridades: “¡Y si quieres a ese precio, y si no, arréglatelas tú!”. La pobre mujer fue obligada a regalarle el cacao, porque no le pagó casi nada. ¿Y por qué?, porque no tenía quién más le compre. Ahí dijimos: tenemos que hacer algo.
¿El problema en la agricultura son los intermediarios?Los grandes y medianos. Nuestra idea fue dar respuestas a la comercialización, al “satánico mundo del comercio”, como lo llamamos…
Aparte del comercio justo, ¿la organización tenía otras causas para luchar?Por la tierra. Había pocas personas con mucha tierra y sin cultivar. Dijimos que la tierra es nuestra y luchamos por ella, pero de una manera no violenta.
¿De ahí su apego a la Teología de la Liberación?La esencia de la Teología de la Liberación es la vida en la práctica. Era sencillo: Dios es padre y madre, nosotros somos hijas e hijos, por lo tanto es un dios que quiere la liberación de tanta pobreza e injusticia, de una manera no violenta, pero, al mismo tiempo, con mucha dignidad. Entonces, al encaminar a la gente en esta fe sencilla, la tarea es la organización. Un pueblo que no se organiza es un pueblo que será siempre explotado.
Ahí nació la Organización Campesina Muisne Esmeraldas (Ocame).
En ese proceso puso énfasis en la gente joven, que hoy es reconocida en el mundo como Líder Góngora, activista del manglar…Sí, ¿la conoces? Es maravilloso… A los jóvenes siempre les hemos apostado, desde nuestro trabajo en Italia, hasta nuestra llegada a Ecuador. Siempre en coordinación con los campesinos. Creíamos que ellos harían una sociedad mejor.
¿
Por qué no se quedó en Muisne?Porque era el tiempo de León Febres-Cordero y empezaron a tacharnos de guerrilleros, de nuevo…
“Hay gobiernos que a cualquier San Francisco lo tachan de Che Guevara”, dijo usted alguna vez…
(Sonríe) Sí… La gente despierta cuando se trabaja en serio. Ven que sí es posible vivir con dignidad, de una manera distinta. Jamás manejé una pistola… La solución es otra, las organizaciones deben unirse para defender la vida con dignidad.
¿Cómo le presionaron para salir de Muisne?Empezaron -por de bajito- a decirnos que éramos guerrilleros, hasta que un día nos cogieron presos. Nos llevaron a la cárcel a mí y al padre Julián… Ahí, el obispo de Esmeraldas vino a defendernos. Para causar más impacto se vistió con su sotana blanca: “Si a ellos los condenan, me quedo yo también…”, les dijo el obispo a los policías. Nos quedamos una noche y luego nos trajeron hasta Quito a presentarnos como guerrilleros a la luz pública.
La situación fue grave entonces…Salimos de Muisne a finales de noviembre de 1984 y en Quito nos recibió el padre José Carollo. Un hombre fuerte, firme y valiente. Nos ofreció su casa. “¡Vengan y punto!, la casa es suya”, nos dijo. Pero Julián sufrió de un sobreestrés tremendo y regresó a Italia…
Resulta contradictorio todo eso… Los dos gobiernos (Pinochet y Febres- Cordero) utilizaban el nombre de Dios y eran cercanos a la Iglesia…
Todos son hijos de Dios y para Dios todos son hijos… ¡Pero qué hijos! Cuando realmente, con una convicción absolutamente explotadora, el imperialismo salvaje puede más; en la misma Iglesia, de repente, hay este tipo de gente. Pero es posible creer que se puede lograr un mundo justo, fraterno y solidario.
¿Cuánto pesó en su trabajo monseñor Leonidas Proaño?Mucho. Todo. Fuimos grandes amigos de monseñor Proaño. Cuando empezamos en Maquita Cusunchig (MCCH), él dijo: “Hasta ahora hemos luchado por la tierra y esto está muy bien, pero es necesario trabajar ahora por los frutos de la tierra, para que sean justamente pagados, por esto, ¡que viva la MCCH!”. Lo recuerdo como si fuera ayer.
¿No ha pensado regresar a Italia, como Julián?
Francamente no. Ocho días me quedo con mucho gusto y después mis hermanas empiezan a decirme: “Algo te pasa…”. La verdad es que uno tiene el corazón donde tiene su tesoro y mi tesoro es mi gente.