Dirige un equipo de 65 jóvenes que enfrentan la enfermedad. Les enseña a reír y a exigir sus derechos.
La campana para que la lucha inicie, a él le ha sonado, no sabe ya, cuántas veces. Solo la escucha y sale sin saber cuál de todas será la categoría a la que se enfrente.
Peso liviano si se trata de recordar lo que es caminar sin zapatos o ser echado de un orfanato y de un hogar. Peso medio, cuando toca lidiar a diario por conseguir fondos para sus peleas continuas. Peso pesado cuando la muerte, implacable, desmorona a su pequeño ejército. Uno compuesto por “65 guerreros” que conforman su fundación: Jóvenes contra el cáncer.
Él la dirige y a primera vista da la impresión de haberse retirado de toda riña. Es delgado y su físico no da para andar enseñando músculos cual show de titanes. No pone cara de rabioso ni enseña los puños. Lo suyo no tiene que ver con el espectáculo. Él solo tiene una norma propia que jamás viola: adelante y sin quejarse. Para no quebrantarla usa su táctica: “la fortaleza de la unión. Esa es la forma de pelear con 65 guerreros y 23 ángeles”.
Así les llama a los niños y adolescentes que sobreviven a las constantes quimioterapias y a quienes no resistieron más la presencia de los tumores en su cuerpo.
Como sabe que a ellos lo que les compete es jugar, les ayuda a eso y después a tener un “buen morir”. Tal cual lo tuvo su hijo Álex, “el gladiador mayor”, quien falleció con solo 16 años, en 2006.
La fundación surge a partir de lo de Álex, pero ¿de dónde sale aquello de seguir después de que varios se van ausentando porque mueren?
Eso tiene que ver con mi infancia... Muestra una foto en la que aparece con su hermano Marco, señala a la mujer que los acompaña y enfatiza: esa no es mi mamá, era una como madrastra y así tuve más. La vida... (Calla y se le humedecen los ojos).
Cuando usted no come o solo le pasan la mitad de un pan y tiene más hambre, cuando quiere comerse un huevo en su desayuno y solo le reparten la cuarta parte, entonces no hay quién lo detenga en lo que hace. Yo así vivía y por eso decidí ir a vivir con mi mamá. Ella habitaba en el camal en la casa de un tío. En un sitio de bloques con cemento y el piso de tierra y cuando se tenía hambre uno se metía debajo de los alambrados a escarbar y coger papa y mellocos. Esa era la vida y claro te da indignación ver por qué te pasa eso a ti... Por eso uno empieza a tomar decisiones desde los 8 años.
Hay que devolverle a la vida lo que te ha dado. A mí me trató duro, pero me devolvió con trabajo y estudio
A esa edad uno corre el riesgo de equivocarse con la decisión sin saber luego qué hacer...
Aprendes más rápido en realidad. Por ejemplo, a nosotros nuestra tía nos botó las cosas a la calle porque no teníamos para el arriendo y así fui conociendo la verdadera bondad y maldad. De tal forma que esto de hacer cosas por los demás nació, creció y fue fruto de la necesidad. Cuando uno no ha tenido afecto, amor ni comodidades hay dos opciones: se resiente socialmente o inicia un camino para que otros no pasen lo que tú.
¿El primero se lo saltó o más bien pasó del uno al otro?
Sí fui un resentido, solo que lo cambié porque ya desde los 13 comencé a trabajar -ahora tiene 45- y era peón en construcción. Me pagaban 25 sucres semanales y a los 15 años ya me afiliaron al Seguro, pero yo iba donde mi jefe y le decía “esto no es vida”. Él me contestaba: “eres un resentido social”. Pero cómo no iba a estar molesto si mi mamá no tenía ni emociones por un problema psicológico que tenía y era yo quien debía recoger a mis hermanos para unirlos y salir adelante. Me cabreaba porque hasta tenía un familiar alcohólico que se robaba nuestras cosas para venderlas hasta que tuve 15 años y lo frené. A esa edad hasta me escribí una carta diciéndome que quería cambiar a la sociedad y comencé a estudiar bien fuerte.
Antes de eso Gustavo Dávila se formó otra familia con la que también estudió, pero a la que debió abandonar en su niñez. Siguió preparándose solo para poder volver a ese otro hogar.
Para mí el estudio era parte de mi razón de vivir, así me acostumbré desde el orfanato. Ahí era duro porque a los 6 años si no viene a verte tu familia y no viene a verte nadie, tú igual te pasas los domingos desde las 9:00 en un muro esperando que alguien llegue a verte. Esas carencias afectivas te cabrean porque estar en un orfanato, teniendo papá y mamá, molesta. Entonces, como yo sabía que iba a salir porque ese era un sitio para huérfanos, les decía a mis compañeros: yo volveré a verte. Y mis amigos, como no tenían a nadie, solo por la idea de que alguien vaya a visitarlos te daban lo mejor de ellos. Cuando yo salí de ahí, el 5 de octubre de 1972, quedé con ese compromiso y me fui a vivir al Quinche. Empecé a estudiar y a trabajar fuerte para generar recursos y a los 13 años volví allá a Conocoto a verlos a mis amigos. Cada año todo mi decimotercero era para ellos. Después ahí mismo estaban los chicos discapacitados e igual volvía y luego iba a barrios con mi sobrino y le decía: hay que devolverle a la vida lo que te ha dado. A mí me trató duro, pero me devolvió trabajo y estudio; por eso yo devuelvo.
Dávila vence al peso liviano y continúa en lo suyo. Llega a la secundaria y forma parte del grupo Jóvenes Rebeldes a la Causa. Su sublevación consistía en conseguir médicos para que haya atención dental gratuita para los chicos. Una vez fuera, en la época de Febres Cordero como presidente, con sus compañeros se vuelve a quejar “porque el Gobierno coartó la libertad de prensa y censuró varios medios”. Estudió leyes y se graduó. Ese fue su tiempo de descanso, una vez que culmina, Dávila sale al siguiente round.
Usted dijo: hay que devolver lo que la vida te ha dado. La vida lo tuvo separado de sus padres y hermanos, usted los unió. Formó después otra familia y la vida le quitó a uno de sus miembros...
Sí, mi Álex, que fue como un padre soltero, “mijo” fue un regalo, es un regalo. Recuerdo tan claramente que antes de ese fatídico julio era tan feliz, tenía todo. Era tan independiente mi Álex que él fue a hacerse su examen porque sentía un dolor en el brazo. Total va y viene un 9 de julio de 2005 y me dice: pa’, dicen que tengo un tumor. Ahí comenzó la carrera de esta nueva aventura por la vida. Nos fuimos a Estados Unidos con la idea de que le hagan una cirugía, iba a perder la movilidad de un dedo, le ponían una prótesis y todos felices, pero salió el médico a los 45 minutos de la cirugía (el 21 de septiembre) y dijo que el cáncer estaba muy avanzado y que había que desarticular el brazo. Sacarlo completamente. El enano a los ocho días ya sabía equilibrarse sin su brazo. Él era así, independiente y alegre siempre.
Mientras tanto, ¿usted?
Mientras tanto yo no podía llorar frente a él. Lloraba con mi esposa. A él tenía que darle fortaleza. Entonces se me ocurrió meterlo a clases de kárate porque le daba disciplina, seguridad y un sistema de defensa ante los demás, porque pelear allá afuera, con la gente que se cree por sobre los demás, es difícil. Lo malo es que después a mi Álex le llegó una metástasis a los pulmones y otra vez estábamos en EE.UU. y yo ya quería traerlo no más, pero él me dijo: ¿Cómo vas a creer que el gladiador regrese derrotado después de haber hecho tantas cosas?
¿Cómo se puede permitir que un chico muera sin quimioterapia porque no tiene para los pasajes?
Tantas cosas implicaba no solo la lucha contra el cáncer. A él le gustaba visitar chicos en su misma situación ¿cierto?
Sí, antes él iba a Solca y daba ánimo a otros chicos y les decía: tócame, no tengo brazo, pero aquí estoy sonriendo y disfrutando. Y si tú quieres lamentarte, llora hoy todo el día, pero después tienes que despertarte y enfrentar tu realidad. Lo hacía porque él enfrentó la suya. Él no se quería ir (calla un momento, aprieta los labios y mueve la cabeza como si aún no entendiera por qué, aparentemente, perdió esa batalla). Tanto era que no se quería ir que los doctores le convencieron de hacerse una cirugía más y me dijo: papi acolítame, un round más. Le acolito y le hacen una traqueotomía que se le lleva el 25% de los pulmones. Y así hasta agosto cuando no pudo más y quise traerlo a Ecuador para que descansara. Los doctores ni querían que hiciera el viaje, pero yo le dije a Álex: mijo, usted es un gladiador, cómo no lo voy a llevar a su hogar. Fue muy fuerte el viaje, pero logramos llegar y diez días después él se fue apagando poco a poco. Sin embargo, este enano se levantaba y me decía esas metáforas que hasta ahora llevo conmigo: pa’ estoy yendo a ser un centurión. Dios hizo que sea comandante de batallones, general de generales y quiero que tengas más hijos y les cuentes quién era yo.
Tuvo sesenta y cinco hijos un mes después -en octubre de 2006- cuando formó su fundación. Allí están sus otros combatientes del ring. Blindados a prueba de lástima y quimioterapias. El cáncer ha sido su oportunidad de ganar batallas con la risa. En la fundación no son más que adolescentes rebeldes. Para no quedarse en huesos tras sus tratamientos, engullen pizza como el más suculento de los manjares, para que no les llamen débiles le suman a su voz aquel tono duro del reggaetton y para que no los consideren inválidos, trabajan en la labor que se les asigne.
Tantos rings agotan, ¿cuándo va a descansar?
No sé. Si yo volviera a nacer volvería a hacer lo mismo y volvería a hacerlo porque mi vida ha sido hermosa. Ahora tengo más hijos, además de los naturales (Stefie y Douglas). Yo aplico una historia que me contaron de un tipo que caminaba por el filo de la playa todos los días y veía estrellas de mar en la orilla y las regresaba al océano. Un día un anciano lo vio y le dijo: ¿qué haces tú todos los días? “Salvando vidas”. Pero estás loco, son miles y miles de estrellas que están a lo largo de la costa, no vas a lograrlo. “Si usted me ayudara seríamos dos y salvaríamos muchas vidas”. Eso ayudó. No me importa estar solo si sé que mucha gente seguirá mis pasos. He aprendido a vivir día a día y dejando escuela. Si hoy me voy, sé que mi mujer saldrá adelante y si algo le pasa a ella, sé que mi otra hija liderará y que si algo me pasa en la fundación habrá otra gente. Lo que yo hago es crear una escuela de vida para que ninguno de nosotros seamos indispensables aquí.
¿Una escuela que enseña qué?
Solidaridad y conciencia sobre lo que está pasando con el cáncer. Hacia dentro enseña a reír, a tener un lugar de acogida si no tienes dónde quedarte mientras sigues tu tratamiento, a aceptar con tranquilidad. A seguir adelante sin quejarse. Hacia afuera se enseña a no discriminar y a crear mecanismos de atención porque los chicos no pueden morir sin tener las armas siquiera para defenderse. ¿Cómo se puede permitir que un chico muera sin quimioterapia porque no tiene para los pasajes? Si uno lucha fuerte las cosas van cambiando. Pretendemos cambiar así el pensamiento de muchos maestros porque a nuestros chicos que tienen tumores les dicen que vayan a una escuela especial. Maestros que ven a una chica que se esfuerza con su leucemia por salir adelante y estudiar le bajan la moral diciéndole: conmigo perdiste el año. ¡Dios mío!, dónde está el Código de la Niñez y dónde están las leyes de educación. Hay que alzar nuestra voz por aquellos que no pueden gritar y tampoco pueden rebelarse.
¿Cree que su voz se ha escuchado lo suficiente?
La de los chicos sí. Llegamos a la mesa 6 en época de la Asamblea Constituyente y los chicos con cáncer les dijeron: “señores ayúdennos. Que esto sea considerado una enfermedad catastrófica, que haya prioridad para quienes están como nosotros”. Eso se logró, está en la Constitución. Creo que podemos alzar más la voz y lo hacemos para que nos ayuden a prolongar sonrisas. Yo que soy abogado de profesión, no me gusta litigar, prefiero conciliar, prefiero crear, construir. Lo saben bien estos chicos.
Conciliar es una pelea más dura que la que se lleva con golpes y gritos.