Tomada de la edición impresa del 17 de enero del 2010

FOTO: ALEJANDRO REINOSO / El Telégrafo

Otty Patiño, ex comandante del M-19

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El ex guerrillero que no añora las armas

Durante años fue un dirigente del M-19. Ahora, como político y escritor, pone en la misma balanza a la insurgencia y al Presidente colombiano.


Un poco cansado, pero tranquilo. A ratos sonríe, pero la alegría es muy esporádica en su rostro.  Mientras la conversación transcurre nadie a su alrededor se imagina que el personaje sentado en la cafetería de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales  (Flacso) fue  un alto dirigente de uno de los más importantes grupos guerrilleros de Colombia.

Otty Patiño estuvo en el M-19, el mismo grupo que alcanzó fama internacional con el asalto a la Embajada de República Dominicana, aquel que dejó estupefacto al mundo con la toma del Palacio de Justicia de Bogotá y que posteriormente sorprendió  con la renuncia a las armas. Estos hechos ocurrieron hace 20 años. Y aunque el M-19 ya no existe, muchos de sus líderes aún tienen influencia en la izquierda colombiana. Patiño es  director del Observatorio de Culturas de la Secretaría Distrital de la Alcaldía de Bogotá.

El M-19 marcó la historia política de Colombia. La condición para dejar las armas en 1990  fue que se celebraría una Asamblea Constituyente, lo que se concretó un año después. Participó en ella,  pese al asesinato de su candidato presidencial, Carlos Pizarro. Dieron así la vuelta a la página de su historia, la de los inicios, en donde intervino Patiño junto a Jaime Bateman, Pizarro y Álvaro Fayad (un militante de las FARC que huyó para vincularse al M-19), en 1973.

Quedó en los libros de historia su “marketing de introducción”: avisos pagados en los medios con frases como “¿Parásitos… gusanos? Espere M- 19”. Luego vino la sustracción de la espada de Bolívar, el robo de armas del Cantón Norte que les permitió disponer de cinco mil armas para 300 hombres y la consulta ciudadana que efectuaron en el corazón de Bogotá, en la Plaza Bolívar.  Patiño cree que, sin esos hechos, no se puede entender la Colombia de hoy.

Por ello escribió “Guerras inútiles, una historia de las FARC”, un libro polémico desde su título.

¿Cómo cambió Colombia con la Constitución de 1991, que   reemplazó al Código Civil de Bello y que introdujo mecanismos  como la Acción de Tutela?  
Bastante, aunque en términos de carácter no sé quién es peor, si Uribe o Turbay (presidente  liberal cuando el M-19 empezó  a actuar).  

Julio César Turbay (que introdujo en su mandato el polémico Estatuto de Seguridad) y Uribe se parecen?
La personalidad de Uribe es más complicada. Si a él le hubiera tocado gobernar en la época de Turbay, todo hubiese sido peor.

¿Uribe quiere reinstalar la Constitución de 1986?
Claro. Es tan pragmático que para él la Constitución de 1991 fue hecha por guerrilleros para favorecer al narcotráfico.

Pero parece que la maquinaria política  de Colombia sigue intacta...
No. Los dos partidos tradicionales están deteriorados. El Conservador ya no tiene perspectiva de poder.

¿No se reinventó en Uribe?
Sí, porque el gobierno de Uribe se pinta como tal, pero como opción de poder ya no. Y el Partido Liberal tampoco. Uribe fue el primer candidato que se salió del liberalismo y triunfó. Hay una inclinación hacia un Estado autoritario o reconstruir la oligarquía. Pero eso no es posible.

La intención de Uribe es mantener un Estado precario en Colombia. Eso le conviene  para mantener el autoritarismo


¿Pero la reinvención no es la reconstitución de la oligarquía?
La intención de Uribe es mantener un Estado precario. Eso le conviene  para mantener el autoritarismo. Lo que ustedes sufrieron aquí con el ataque en Angostura, donde no se respetó el Derecho Internacional, es un reflejo de eso.

Pero Uribe sustenta su proyecto en la alta popularidad que tiene...
Se debilitó después del escándalo en que se descubre que los dineros del Estado se utilizaban para subsidiar a los grandes terratenientes de la costa norte del país. Hay un bajón. Pero sigue siendo fuerte.

Entonces, los colombianos quieren un hombre fuerte, como Uribe...
No. Pero funciona cuando frente a la precariedad del Estado aparece con supuesta capacidad para gobernar. Además, es una persona que está permanentemente en campaña y logró algo que la mayoría de la gente quería -incluido yo- y que es un país sin guerrilla. Las FARC, en 1998, era un grupo que hubiera logrado un proceso de paz real.

Usted señala que en ese año las FARC ganaron la guerra. ¿Por qué?
Atravesaron un momento victorioso. No eran las victorias totales ni apuntaban a una oligarquía manos arriba, pero la tenían en disposición de hablar de igual a igual. Eso es triunfo para una insurgencia. No lo aprovecharon ni supieron convertir su  capacidad militar en política.

¿Por qué no aprovecharon?
La dinámica militar los arrolló internamente. Los políticos que en 1991  habían intentado hacer el proceso de paz no supieron liderarlos. El sector militar de las FARC, tras el fracaso de las negociaciones de Caracas y de México, los arrolló y con éxitos militares. El sector político -por llamarle de alguna manera- se volvió invisible. Y luego, en el Caguán, ese sector no apareció por ningún lado. Las negociaciones fueron hechas bajo la égida de Marulanda y los triunfadores de la época. Pensaron que era posible una derrota total de la oligarquía, que ese período en el Caguán era para acumular fuerzas.

¿Triunfó la fuerza de las armas?
Esta fuerza tiene un límite. Las FARC llegaron a este y no se dieron cuenta. Pensar que las armas en sí mismo son un poder es un cuento que nosotros sabemos que no es cierto. Las armas tienen un límite. El M-19 tuvo un límite con la batalla de Yarumales, cuando la ganamos. Tampoco nos dimos cuenta de eso y no hicimos la paz en ese momento.

¿Estaban mejor posicionados?
Claro. Habíamos derrotado al Ejército en una batalla muy importante y no nos dimos cuenta. Seguimos combatiendo y eso llevó a la tragedia del Palacio de Justicia con la muerte de personas importantes dentro del M-19 y el país. Tampoco supimos que ganamos la guerra.

¿Colombia aún necesita un M-19?
El M-19 hizo bien en disolverse. Alguna gente añora y cree que hace falta uno en el país, que se aparte de las doctrinas tan duras de la izquierda ortodoxa y sepa enfrentar y entender al país. Más allá de esa nostalgia hay elementos trascendentes que hacen que el espíritu -por llamarlo de alguna manera- del M-19 siga. Y es mejor que no se organicen. Está más disperso, por lo que el poder no ha podido atraparlo.

¿La izquierda aprendió de ustedes? Hay un sector  en el poder que habla de imaginarios y discursos que ustedes enarbolaron...
La izquierda debe entender que el tema sigue siendo la democracia. Si piensa que el tema es otro será pequeña y con ciertas cuotas de poder, pero no más.

 ¿No queda nada del M-19?
El M-19 solo existe espiritualmente, pero no como realidad política.

Entonces, ¿el proyecto  fracasó?
Uribe cree en el M-19. Tiene mucha más visión política en ese sentido y por eso está de Presidente (risas). Trata de acabarnos, no sabe cómo, pero lo intenta. En 2010 se cumplen 20 años de la desmovilización del M-19, de los asesinatos de Carlos Pizarro y Bernardo Jaramillo, de la convocatoria a la Asamblea Constituyente. Para entender a Colombia hay que ir a 1990.

¿Una democracia inconclusa y sitiada por Uribe y las FARC?
En cierta forma sí. Lo que pasa es que la polarización que se ha planteado es porque en ninguno de los dos polos está la democracia, son antidemocráticos. Las FARC -nosotros las conocemos bien- son antidemocráticas y Uribe no es un paladín de la democracia.

¿Qué son las FARC?
Una organización campesina que en un principio tenía ideología marxista y que interpretó  una resistencia de cara al Frente Nacional (derecha). Pero ahora no sé qué son. Tampoco sé qué quieren ser. Las antiguas FARC están destruidas.

¿Qué camino les queda?
Hay un camino en la medida en que entiendan que el futuro de Colombia pasa por un combate al régimen antidemocrático, pero por medio de la paz. Hasta ahora  Uribe se ha convertido en una coartada para restablecer o mantener un régimen autoritario y para no construir un Estado. Además, el Congreso no está cumpliendo su papel y Uribe trata de acabar con la justicia. La Corte Constitucional ha sido en buena parte cooptada por él, aunque todavía tiene gente decente que puede evitar la segunda reelección. La Corte Suprema de Justicia ha sido un baluarte en donde se ha metido la democracia, pero es muy precaria también. Hay gente amenazada.

¿Las FARC son el justificativo para que apareciera un Uribe?
Así como en 1998 hubo unas FARC victoriosas que no supieron encontrar el camino de la paz y la democracia, también en 2008 hubo un Gobierno victorioso que tampoco abrió el camino a la paz. No quiso. La victoria del Ejército se traducía en golpear la retaguardia de las FARC: eliminar a uno de los  integrantes del secretariado de la organización o rescatar algunos de los secuestrados importantes. Y logró ambas cosas. Ganó la guerra y coincidió con la muerte de Marulanda. El Gobierno hubiese podido emprender  una oferta generosa de paz. Tenía la sartén por el mango. Pero el Gobierno no asumió su responsabilidad porque conviene más  decir que después de esa victoria venía el arrasamiento total de las FARC, cosa que no es posible. Aún tienen  espacio. Hay un país con marginalidad e ilegalidad... y en esos espacios las FARC se mueven como pez en el agua.

¿Las FARC están derrotadas?
No fueron exterminadas, ni están con las manos arriba. Pero sufrieron derrotas consecutivas que el Gobierno hubiera podido convertir  en sus victorias políticas. Podría haber hecho reformas profundas e invitar a las FARC a participar en ellas. No sé hasta dónde un Gobierno como el de Uribe está dispuesto a hacer reformas o si le conviene mantener un Estado precario y autoritario con un aparente peligro inminente.

¿Uribe tiene vivas a las FARC?
Digamos que sí (risas). Sus juegos políticos coinciden con el no agotamiento de las FARC. La derrota militar no es posible en el corto plazo y no lo será sin reformas políticas y sociales en sectores donde las FARC aún dominan.

Y preguntan con quién está uno. Colombia es más que esos dos. La Colombia real y profunda no es ni Uribe ni las FARC


¿Pero este es un camino impensable ahora con las bases norteamericanas?
Las bases militares tienen un sentido más regional. El pobre Obama tiene una situación  complicada. El Departamento de Estado de su país le hizo primero lo de Honduras. Lo que pasó en Centroamérica no fue pensado por Micheletti sino por Washington para joder a Obama, para ver cómo respondía y éste no tuvo los reflejos para hacerlo bien. Y lo jodieron. Las bases son para combatir a las FARC y para mantener en la región el elemento de la fuerza.

¿Sobre todo, cuando tiene cerca a enemigos como Hugo Chávez?
Tal vez no enemigos importantes como Chávez, sino discursos como el del presidente venezolano. (Risas).

¿Son socialistas del siglo XXI?
Somos demócratas del siglo XXI y primos de los socialistas (risas).

En Colombia hay un autoritario, pero en Venezuela también hay uno al que acusan del mismo mal...
Sí, ahí hay lo que antes llamábamos una unidad dialéctica (risas). Es por mutua convivencia. En Colombia se ha jugado con que Chávez es el diablo y me imagino que en Venezuela también lo es Uribe. En ese juego maniqueo surge la duda de quién fue primero, si el Diablo o Dios... pero cuando aparece el Diablo, pues hay que creer en Dios.

¿Quién huele más a azufre, Uribe o Chávez?
(Risas) Ambos huelen a mierda.

¿Chávez lidera el proceso revolucionario en América Latina?
Para que surja un Chávez tuvo que haber una actitud muy dura de las viejas élites venezolanas. La reacción del pueblo venezolano empieza con el Caracazo, que marca la justificación histórica de Chávez. Desconocer eso es una tontería.

Chávez también se edifica sobre el rescate de  imaginarios del pasado nacional y del bolivarianismo...
A Marulanda le preguntaron, ¿qué es para usted el bolivarianismo? Respondió: “Es el comunismo con otro nombre”. Pero no es cierto. El bolivarianismo no es un disfraz del comunismo, es un reconocimiento cultural de que los latinoamericanos somos otra cosa de EE.UU.

¿No les molesta que los gobiernos estén manipulando  símbolos nacionales y héroes como Bolívar o Alfaro?
(Piensa un rato) Me está poniendo en una situación muy complicada... Sobre esto no hay una verdad absoluta. Una de las equivocaciones que tienen con Colombia los europeos -y que Chávez la tuvo durante mucho tiempo- es mirarla como un todo en blanco y negro. Colombia era Uribe o las FARC. Y preguntaban con quién está uno. Colombia es más que esos dos. La Colombia real no es ni Uribe ni las FARC.

¿Pero todos aparecen como parte de uno de los polos?
Eso pasa por la precariedad de opciones, por la necesidad que tiene la gente de un gobierno, porque los partidos nuevos son débiles y los nuevos son frágiles y aún no tienen credibilidad necesaria. Cuando eso pasa surgen fenómenos unipersonales como  Uribe. El drama de Uribe es que no tiene sucesión. Por eso necesita la reelección. Y no solo él sino las fuerzas que no tienen  posibilidad de ser alternativa.

Se habla de Santos...
Uribe sabe que no debe confiar mucho... El tipo de más confianza que tenía Uribe, un señor al que le decían Uribito, ya no es viable por un escándalo en que se involucró.

¿No hay sucesor?
Sí. Y quienes tratan de suceder a Uribe tienen sus propias agendas. Desde luego, cuando tengan el poder no van solo a cuidar la espalda de Uribe. Se dice  que una vez que salga  y se desaten investigaciones, el que está en la Presidencia, así sea uribista, no lo protegerá.

Eso suena muy mafioso...
No suena... es.
Carlos Villacís
cvillacis@telegrafo.com.ec
Periodista - Redacción Quito

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