Tomada de la edición impresa del 03 de enero del 2010

FOTO: FRANCISCO IPANAQUÉ/ El Telégrafo

Enrique Barco, migrante.

El hombre que venció al río Bravo

Pasó 16 años fuera de su tierra, Ecuador. Le cuidó las espaldas a Roldós, fue navegante y su vida ha sido de película.

 
Hizo un viaje  intrépido y arriesgado, de esos que el resto de mortales tiene que conformarse solo con ver en el cine o leer en una  crónica del  New Yorker. Un viaje larguísimo, agotador, que inició en Panamá y terminó en la otra orilla del Río Bravo, con una colombiana que no sabía nadar, colgada a sus espaldas, y él llevándola a tierra firme   por debajo del agua.

Enrique Medardo Barco, 62 años, nacido en una familia guayaquileña de 8 hermanos en el barrio Santa Elena, frente al Parque de la Madre, no  imaginó jamás que a sus 45 años se convertiría en emigrante, ni que  pasaría 16 años en Estados Unidos, sin ver a su familia y teniendo que enfrentar mil y una peripecias para poder subsistir.

 Regresó a Ecuador hace poco más de mes y medio (sus primeras navidades, en años, sin ver la nieve) y le pasó como a Rip Van Winkle, personaje de un cuento del folclor norteamericano, que despierta después de un hechizo y descubre que le han cambiado todo su paisaje y que ya  no conoce a nadie. 

Barco, a su regreso, se ha topado con varias sorpresas. Solo pudo ver a una de sus hijas, pues el resto (tres) se marchó a España con su madre, y ahora su hijo varón es miembro de los cascos azules. No tiene ni un peso en el banco, la propiedad que tenía por la vía Perimetral fue destruida durante la alcaldía de  Febres-Cordero. Y él a cada rato se pierde cuando toma alguna de las rutas que recorren la nueva ciudad.        

“En el tiempo en que yo anduve con el presidente Jaime Roldós me dieron una visa múltiple para EE.UU., pero yo nunca la utilicé”


Su  primer trabajo fue  vendedor de alfajores (una galletita de la Universal con manjar). Después fue panadero, limpiador de zapatos, vendedor de frutas, chofer profesional, practicante de box amateur.     “Me iba a vender pan en el Estadio Modelo, en el Capwell... y cuando ya tenía una edad de 13 años resulta que yo vivía en Brasil y Gallegos Lara. Allí vivía un morenito bien grueso, y yo era un flaquito. Teníamos que cargar agua de la calle Cuenca y Gallegos Lara a Brasil, una cuadra y media, porque mi mamá lavaba ropa. Tenía que llenar cuatro tanques de una pues cobraba dos sucres por cada uno.  Este negro, ‘Pepo’, era un morenito que siempre me veía la cara y me ponía una funda de arena en el agua limpia. Un día me fui llorando donde mi mamá y ella cogió un palo y me dijo que si no le pegaba me caía a mí. Y así fue. Le pegué y ya en esa época ya fui el ‘King’, como se dice. En ese tiempo andábamos sin zapatos, las calles eran de tierra”.

Ahora muchas de esas calles por donde se movía Enrique Vargas  hoy están asfaltadas y frente a  la casa de su hermano, donde está viviendo, los chiquillos juegan con pistolas sospechosamente parecidas a   las  de   verdad, y ya no hacen muñecos de aserrín, con la ropa vieja de ‘apá’, sino que los rellenan de cantidades industriales de pólvora convirtiendo las calles  en una pequeña Bagdad. 

 Deja echar atrás la memoria y recuerda sus tiempos de boxeador. “Un  señor llamado  Alfonso Núñez, que ya falleció,  me vio pelear y un día me dijo:
-Cholo (a mí me decían el ‘Cholito Barco’, por mi cabello), ¿quieres ir a practicar el box?
Pero en ese momento -la pobreza- no tenía yo zapatillas, guantes, protector, nada. Alfonso Núñez le dijo al que hoy en día es mi compadre, Alberto Herrera, que había un muchacho que era bueno para  el box, que peleaba, entonces él me cogió a las 3:00 y me llevó a la Academia. Nosotros entrenábamos por el lado de Capitán Nájera (lo que es hoy el Yeyo Úraga). Yo tenía 13 ó 14 años y era peso pluma. La Federación Deportiva del Guayas era la que planificaba las peleas, yo fui primero que Gastón León; quien me ganó a mí la única pelea fue  el ‘Tuerto’”. 
 
 De unas 12 peleas,  ganó  diez. Su  especialidad era el jab y el gancho. Entré al mundo “de la seguridad”, como él le llama. “Yo tenía una volqueta, había manifestaciones en el tiempo de don Asaad Bucaram, cuando estaba para presidente del Congreso. Yo subía allí a  los compañeros del barrio y nos íbamos a la manifestación. En estas conocí a  don Marco Zambrano. Yo ya vivía en Luque y Machala y ahí era la CFP de Guevara Moreno, Bucaram, Luis Robles Plaza, muchos políticos.  A don Marco Zambrano le comunican mi trayectoria y primero yo estuve con él,   después cuidé a  Germán Zambrano, Moreira  ‘Caballito’ y  los demás me dicen: Ven acá, ‘cholo’, a ti te necesitamos para esto”.

Entonces, entre agite y agite, lo sorprendió la presidencia de Roldós, que también requirió de sus servicios como guardaespaldas. “Yo recuerdo a Tomasito, que era el chofer de doña Marthita, el que le manejaba el Mercedes Benz; a Alejo, al ‘Pepudo’;  a toditos porque nosotros éramos un grupo. Yo andaba armado, usábamos el Máuser, después el FAL y  la 9 milímetros”.

-¿Usted era buen tirador?
Entonces le sobreviene un ataque de risa que no cesa. Una risa fuerte, intermitente, como de fumador. Pero no contesta. Solo dice para sí mismo: “Ay”... Su rostro se torna sombrío cuando le piden que hable un poco de Roldós. Dice que ese es uno de los temas prohibidos para él, que  de eso no habla. Solo unos pocos recuerdos. “En el tiempo en que yo anduve con Roldós a nosotros nos dieron una visa  múltiple (para EE.UU.), por cuatro años, de la cual nunca hice uso”.

¿Nunca pensó que se convertiría algún día en inmigrante?
No, nunca. Una ex novia mía vino a casarse conmigo, Lucy Jurado, vino a quererme llevar, pero en ese entonces yo vivía con la madre de mis hijas, dos niñas (yo nunca me casé aquí) y dije: ¿Cómo voy a irme para allá? En ese momento mi intención no era irme a los EE.UU., sino traer mercadería y ponerme a venderla en la Bahía. Pero estando ahí, me topo co unas amistades que me dicen: Vamos para el Norte.

Y no paró hasta llegar al Norte.  “Todo mi viaje fue por tierra. De Panamá salimos a la frontera de Costa Rica, de ahí a la de  Nicaragua -Rivas- donde  caminamos tres días para llegar a la carretera. Hubo que pasar ríos, subir montañas y dormir en ellas. Éramos tres: una cubana, una colombiana y yo. Y ellas fueron las que me insistieron a mí. En Rivas conocí al ingeniero agrónomo Pedro González, de una gran humildad. Llegar allá sin conocer a nadie, con dos mujeres -una cubana y una colombiana- eso era algo muy grande. Cogíamos y apartábamos el agua con lo que había y a tomarla. Por el camino comíamos frutas. Algunas familias nos brindaban una tortilla”.

“Uno navega el Golfo de México y ve las aletas de tiburones a tres cuadras, como en caravana. 8, 10, 12, ¡pero semejantes animales!”


En esa casa estuvo como dos semanas. Y el ingeniero le  consiguió un familiar para que lo llevara hasta la frontera con Honduras. “Le  pagué en ese entonces cien dólares. Fueron dos días y dos noches bien tiradas. Me tocó manejar porque allá había una parte como el Chimborazo, donde baja bastante la neblina. Y cualquier cantidad de agua. Era un Rover y nadie sabía que íbamos ahí. De ahí pasamos a Honduras, a Tegucigalpa, pero todavía nos faltaba un estrecho grandísimo, al pasar a Guatemala... ese fue un viaje muy sufrido”.

Entonces, por primera vez, este hombre curtido en tantas batallas se quiebra. Lo hace ante la pregunta de si en lo que lleva otra vez en su país ha podido ver a su familia. Se le apaga la voz y, con el mismo ímpetu con que antes sehabía reído, pugna ahora por frenar el llanto

“En Guatemala llegamos a un pueblo que se llama Tecún Imán, fronterizo con México, donde había una gran concentración de inmigrantes. Yo llegué a un hotel y hablé con un tipo que le decían el ‘Grande’. Le dije que quería ir para el Norte. Allí seguimos viaje metidos  en camiones de banano. A las 9:00 llegamos a un riachuelo, como decir el río Daule, algo chiquito y con unos palos largos  echamos la canoa a andar. Llegamos a una casita de campo parecida a las de nuestro Litoral ecuatoriano y recuerdo que no se podía dormir porque había unos zancudos de este tamaño. Y yo con esas mujeres... conseguirles las fundas de banano, que las taparan para poder dormir. Al amanecer nos dimos cuenta de que estábamos a orillas del mar, muy cerca del Golfo de México. Ya para entonces había cuatro embarcaciones, 27 personas en cada una, ¡imagínese! Cuando se llenaron las cuatro canoas -con dos motores de 80 caballos de fuerza- emprendimos la travesía. Nunca se me olvida la voz del jefe del barco,  diciendo:
- ¡Recen y  persígnense, hijos de la chingada, que si nos vamos a la puta madre nos vamos todos, y si no, llegamos felices!
Salimos todo el día, toda la noche. Cuando uno  empieza a navegar el Golfo de México se ven las aletas de los tiburones, a tres cuadras,  como en caravanas. Uno los contaba: 8, 10, 12, ¡pero semejantes animales! Por la noche comenzó a llover y estábamos empapados. Llegamos a un pueblo que se llama Puerto Escondido, como a las 05:00. Descansamos un rato y cuando íbamos en  la caravana de carros -que en México les dicen camiones- nos cogió la Policía de Caminos, nos desnudó y se llevó todito el dinero. Nos quemaron los papeles y nos desearon feliz viaje, hasta el D.F.    De ahí a Matamoros. En el hotel Matamoros  yo me presté a trabajar como albañil. Jorge Fernández, el dueño, me dijo: ‘Tú no eres mexicano’. ‘No, yo soy de Ecuador’, le respondí. ‘¿Y dónde queda eso?’, me dice.  A una de  las mujeres la    presenté como mi señora y a la otra como hermana. El requisito era que no hablaran.

Me le tuve que  abrir  a el ‘Grande’ porque escuché el rumor de que nos iban a dejar botados en el parque. Usted no se imagina cuando ya estábamos allí; es como decir Guayaquil con la Santay  enfrente: se veía Houston, Texas”.

Entonces se deja llevar otra vez por la memoria, que fluye veloz como la  corriente del río Bravo, aquella que lo arrastró cuatro o cinco cuadras y lo dejó botado como a un náufrago.

“Iba con jean y botas, pero ese río hay que pasarlo desnudo; la ropa uno la envuelve en una funda plástica, con papel periódico. Como la colombiana no sabía nadar, y a mí me daba pena dejarla botada, se amarró la funda en el cuello y me puso las manos en el hombro y con los pies me impulsaba mientras yo nadaba por debajo del agua”.

Lo que sigue, sin ser ni mucho menos algo parecido a un final feliz, sí fue la coronación de un sueño. Enrique Vargas no se quedó en Houston, ni siguió a su amiga cubana hasta La Florida. Su meta era Nueva York, la Gran Manzana, a la que nunca temió y que fue el epílogo a todo su calvario. 

Fueron 16 años como migrante, haciendo de todo para sobrevivir. La crisis económica y también la promesa gubernamental de retornar para acceder a una mejor vida, lo trajeron de regreso a su tierra. Con pocos dólares en el bolsillo, viviendo en la casa de un hermano, todavía no del todo orientado en su ciudad natal, está dispuesto a empezar de cero. Y  a estrechar más los lazos con la familia que lo ha recibido con calidez. 

Cuando se le pregunta si volvería a ser migrante otra vez, a repetir aquella odisea de meses que lo dejó enfrente
de Houston,  no solo que no duda su respuesta contundente sino que sorprende con la confesión de que pronto tiene pensado volverla a repetir. Y ríe, como si nada.
David Sosa
dsosa@telegrafo.com.ec
Editor-Séptimo Día

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