El pionero de la soberanía alimentaria
El fitopatólogo ha dirigido en dos ocasiones la entidad que se dedica a mejorar el rendimiento de los alimentos.
Su abuelo ingresó con las tropas de Alfaro a Guayaquil. Aunque nació en Manabí, contagiado por el amor hacia su esposa, se radicó en ese mundo encantado del río Guayas.
Quedó atado al puerto para siempre. Años después, ya con una gran familia, le contó a su nieto Julio César Delgado Arse, de cuando triunfó La Revolución Liberal y le entregaron el grado militar de capitán.
Abrió una oficina de cabotaje y cosas por el estilo. Se dedicó a trabajar. A sostener a su familia, serio y adusto en todo momento. No era muy afectivo. Sin embargo, heredó a su nieto una serie de valores…
Hoy, su descendiente, Julio César Delgado, es el director del Instituto Nacional Autónomo de Investigaciones Agropecuarias (Iniap), una entidad fundamental en los progresos genéticos de la agricultura ecuatoriana. Por ejemplo, entregó diez variedades mejoradas de arroz e impulsó a que el rendimiento nacional creciera desde 1,2 toneladas a 3,8 toneladas por hectárea. En los últimos años, el organismo trabajó en 29 variedades de fréjol, cuatro en la Costa y 25 en la Sierra; reduciendo en un 20% los costos de producción, entre otros logros.
De especialización fitopatólogo (experto en enfermedades de cultivos), Julio fue parte del Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA) de la OEA. En México manejó un proyecto nacional y en el Cono Sur estuvo a cargo por 12 años, de un plan regional, con Argentina, Chile, Brasil, Paraguay y Uruguay. Aunque él prefiere no hablar de eso. Piensa que esta entrevista no debe servir para vanagloriarse. Gusta de charlar sobre los progresos del Iniap.
Sobre sus dos hijos, sus nietos, a los que extraña porque viven en Guayaquil, en Uruguay, en Europa… De las problemáticas a nivel mundial por el calentamiento global, por la mala nutrición, por la tala de bosques. De su esposa -que lucha junto a él- contra una enfermedad costosa e irreversible.
¿Se trasladó ese espíritu revolucionario de su abuelo a su personalidad?
Yo no me califico de revolucionario, aunque sí soy afecto a los cambios que sean positivos en un objetivo mayor. Transformaciones beneficiosas. Por ejemplo, yo fui también director del Iniap en los años 80 y ahora en esta parte. En ambos casos recibí una institución que sufría crisis de varios tipos, incluso de valores y creo que he tenido entereza en ciertos momentos.
¿Cómo era ese Guayaquil en que creció?
En Rocafuerte y Mendiburo, donde también creció mi padre y sus hermanos, 14 en total. En esa época la vida era más barata, antes la gente priorizaba en sus hijos la enseñanza de valores y los preparaba para la vida. Se vivía más lento. Ahora existe mucha presión consumista, las ciudades se extendieron horizontalmente, la gente tiene que levantarse más temprano, tomar uno o dos buses. Viven presionados por la prisa. Antes padres e hijos se reunían para almorzar, ahora nadie llega a casa.
¿Tenía alguna peculiaridad el Guayaquil de esa época?
“Los tiempos pasados fueron mejores”, creo en este refrán, vivíamos en otras condiciones. Ahora se vive con sobresaltos por la inseguridad. Antes culpaban a Guayaquil de ser la ciudad más peligrosa del país, hoy se ven los mismos casos en Quito y Cuenca. Extraño regresar a pie en la noche.
Y ¿qué es lo que más le gusta de estos tiempos?
Hemos progresado mucho, la tecnología nos llevó a otro universo, pero todavía nos falta. Una buena formación escolar, colegial y universitaria nos sacará del subdesarrollo. Recuerdo a Cantinflas cuando dice en una película: “Tal como están las cosas parece que no vivimos en el tercer mundo, sino en un mundo de tercera”.
Para llegar al desarrollo tenemos que evolucionar, por eso no entiendo por qué combaten los esfuerzos que hace el Gobierno por mejorar las condiciones de educación de los niños y jóvenes, ahí está el futuro del país, el progreso….
Las universidades no han tenido como prioridad la investigación… ¿Qué piensa un investigador como usted de aquello?
Si se hubieran dedicado, por lo menos a formar excelentes profesionales, la situación sería distinta. Desde que se produjo el ingreso masivo a las universidades, la educación universitaria bajó de nivel.
La educación es la semilla del progreso de las potencias mundiales…
¿Por qué han progresado? Se preocuparon por la educación, y el desarrollo de la ciencia y la tecnología.
Eso en Ecuador suena lejano, porque muchos estudiantes no están bien alimentados…
Tiene razón en parte. Pero no es una justificación. No tenemos las condiciones de Biafra; en las calles no se mueren de hambre, no están esqueléticos, famélicos. Aquí la gente come, quizás lo hace mal, porque no les enseñaron a nutrirse mejor.
Ecuador tiene especies vegetales con altos contenidos de proteína, pero olvidadas: quinua, amaranto, chocho. Tenemos todas las condiciones climáticas del mundo, podemos sembrar cualquier cosa.
¿Entonces qué falta para mejorar la alimentación de los ecuatorianos?
Difusión. Firmaremos un convenio con el Ministerio de Salud Pública para trabajar en la fortificación de determinados productos. Por citar, el arroz y los cereales, en general, son muy ricos en carbohidratos, pero son pobres en proteínas. A través de la investigación queremos producir genes para que estos cultivos tengan proteínas. No competirán con las leguminosas u otras especies vegetales, pero se mejoraría la calidad nutricional de estos productos.
¿Con estas investigaciones se asegura la soberanía alimentaria?
Antes de entrar en boga el término “soberanía alimentaria”, en los 50 años de vida del Instituto, mantuvimos un trabajo constante, para proporcionar al país seguridad y soberanía alimentaria. Seguridad es disponibilidad de alimento a bajo costo. La soberanía es no depender de otros países para alimentar a la población. Entonces, tenemos las condiciones para la seguridad y la soberanía.
Falta educar, reconocer y aceptar que tenemos una población indígena y mestiza y que no por eso tenemos desventajas frente a otros países.
No toda la gente debe ir a la universidad… ¿Usted cree en esa sentencia?
Aunque el Estado ecuatoriano debe auspiciar la educación gratuita, para que sea excelente, antes necesita escoger buenos profesores y catedráticos…
¿Existe apatía en los profesores universitarios?
Tuve un profesor universitario, que todos los años recitaba lo que tenía escrito en un librito… La ciencia avanza y si los profesionales no revisan los nuevos conocimientos, se tornan obsoletos.
¿Qué influyó para que usted quisiera conocer sobre la agricultura?
Le atribuyo mi inclinación por la agricultura a un hermano de mi padre, que trabajaba como administrador de propiedades agrícolas. Llevaba allí a sus sobrinos en vacaciones y nos permitía ir con los trabajadores al campo, para ver qué y cómo hacían sus labores. Ayudábamos. Aprendí a arrear vacas con los vaqueros de las haciendas. Íbamos a la cosecha de cacao a partir las mazorcas… en fin, un montón de tareas agrícolas, ahí le tomé amor.
¿Cuál fue su especialidad de bachillerato?
Aunque me inclinaba por las ciencias biológicas, me gradué de Físico Matemático. Mi padre quería que estudiara Ingeniería Civil y me gradué de Físico por complacerlo. Pero hice trampa. A propósito no aprobé el examen de ingreso a la facultad y me matriculé en Agronomía. A mi padre no le gustó la idea y se enojó. Pero dos años después, para un cumpleaños, me regaló un libro de Agronomía con una dedicatoria: “Me siento orgulloso de tus progresos”. Conservo el libro.
¿Por qué escogió ser fitopatólogo?
Un maestro traía los conocimientos de la especialidad. Me cambió todo el mundo. Me dediqué a ojos cerrados y he persistido toda mi vida. Soy fitopatólogo, es decir, especialista en enfermedades de cultivos. Cuando me inicié como investigador aprendí a leer el inglés y con mucho trabajo saqué la maestría… mis siguientes metas eran el doctorado y el PHD. Viajé a Estados Unidos y aunque los estudios duraban cinco años, yo solo tenía una beca para tres… No dormí tres años, era una utopía, pero puse todo mi esfuerzo para lograr esos títulos.
Viene un minuto en que casi no puede hablar. Se conmueve. Soporta el peso de la nostalgia de su pasado…
A veces hay que quemarse las pestañas o casi partirse la vida por lo que uno anhela, son las cosas que le dan sentido a todo…
Quiero leerle algo que me llegó esta Navidad, un pensamiento que es el mejor regalo:
Es en la adversidad donde los hombres y mujeres, con determinación, se superan a sí mismos, no pretendamos que las cosas cambien si seguimos haciendo lo mismo, el futuro pertenece a las personas que trabajan arduamente para alcanzar sus ideales.
Me identifico con este pensamiento porque me costó llegar y por méritos propios, no me impulsó la política, tampoco trincas o padrinos. No tengo aspiraciones políticas de ningún tipo, aquí me siento contento y feliz, lo que hago me satisface, me llena y lo hago con pasión.
De ahí el respeto que se ganó de su padre…
Por supuesto. A mis hijos no les presioné para que se orientaran en sus profesiones. Uno es ingeniero en sistemas, trabaja para un organismo internacional fuera del país. El más joven decidió ser ingeniero agrónomo. Actualmente estudia una maestría en Holanda. No quise influir, porque la agronomía es una profesión mal pagada. Da satisfacción, pero no riqueza.
Como director del Instituto no debe tener tiempo para la investigación…
La administración es ingrata, la investigación da más satisfacciones…
Quisiera volver a ser investigador activo, en este momento no lo hago, pero me intereso por las investigaciones que se realizan en el Instituto, trato de apoyar los proyectos que considero de punta y que inciden en el desarrollo del país. La agricultura debe basarse en un desarrollo generalizado, porque es un recurso renovable. El petróleo es un recurso no renovable, se acabarán las reservas y ahí tendremos que retornar al campo o apuntalar otras fuentes como la minería.
¿Somos un país agricultor?
Todo político que se precie en los períodos pre-electorales, ofrece en su discurso, sobre todo cuando recorre el área rural, apoyar la agricultura porque somos un país agricultor… Si solo hubiesen dejado de apoyar a la agricultura, quizás la situación sería perdonable, pero no solamente dejaron de apoyarla sino que auspiciaron las importaciones de productos alimenticios. En su mayor parte se importa el trigo para el pan…
¿El Iniap ha contado con apoyo estatal durante esos años?
No todo el tiempo. Si retornan los políticos de esa tendencia, que lo piensen mejor, porque antes se equivocaron. Este Gobierno entendió y está dando mucho apoyo a la agricultura. A este Instituto en particular, lo sacó del olvido y le dio recursos para trabajar. Ojalá que los gobiernos futuros aprendan la lección, impulsen, mantengan y superen los proyectos que nos están sacando del subdesarrollo.
¿Por qué un investigador que trabajaba en el exterior, como usted, regresó al país?
Acepté regresar al Ecuador con una condición: que la dirección de investigación esté en la Costa. La justificación técnica fue que ahí está el mayor número de estaciones experimentales del Instituto. Pero en el fondo había otra motivación de tipo personal: soy abuelo y no vi crecer a mi nieta, cuando nació estábamos en el exterior. No quería perderme los últimos años de su infancia. Volví, aunque como ve, estoy otra vez fuera de Guayaquil.
¿Cómo avanza el trabajo de las estaciones experimentales?
Tenemos siete estaciones experimentales y tres granjas en diferentes áreas agro-ecológicas. La diferencia entre ellas es de infraestructura. Las estaciones tienen laboratorios montados con los recursos que nos dio el Estado y que están equipados con máquinas de última generación.
En Santa Catalina y en Boliche instalamos equipos que analizan once elementos de una muestra de suelo al mismo tiempo y dan el reporte impreso y con gráficos. Rápido, eficiente y preciso. Los aparatos antiguos eran para elementos menores y no tenían capacidad en volumen. Ahora los resultados están en 15 ó 20 minutos, antes se demoraba días…
Estamos por inaugurar una nueva estación en la Amazonía, en Joya de los Sachas, provincia de Orellana. Y por instalarse tres nuevos laboratorios, también con equipos de última generación, en suelos para protección vegetal y para buscar formas de darles valor agregado a nuestros productos.
¿Con cuántos alimentos ha contribuido el Instituto?
Muchísimo. Está en todo lo que comemos en el Ecuador, nuestras investigaciones apoyan la genética del chocho, maíz duro, verde… con un montón de formas de utilizar los alimentos.
¿Cómo mejorar los alimentos para que sean más productivos?
Es un mejoramiento genético. Buscamos en las poblaciones silvestres, en cultivos nativos, genes que tengan algún valor y que nos proporcionen resistencia a enfermedades o plagas para aumentar el volumen de producción y también darle valor nutricional al producto. Buscamos dar futuras variedades de arroz, a las que se haya introducido proteínas. Eso mejora la calidad nutricional. Hay que introducir aminoácidos, proteínas.
¿Cuál fue el momento más duro en su trayectoria?
He tenido algunos. No acumulé fortuna, vivo con la espada de Damocles encima, si me dicen que renuncie, me ponen en problemas…
Los adultos mayores debemos atender problemas de salud. Mi señora ha vivido 29 años con diabetes y cada vez el problema es peor. Es dependiente de insulina y el combate de esta enfermedad es costoso. También debe tomar otras pastillas, es un botiquín entero. Es un rubro que no presupuestamos 30 años atrás, pero quiero mantenerla viva y saludable, porque la diabetes vino, se instaló y se quedó. Es un problema endócrino terrible. Puede vivir si se alimenta sin grasas y carbohidratos, es muy sacrificado. Tengo que trabajar hasta el último día de mi vida, si fallezco no sé que pasará con mi señora.... Las personas que no nos hemos enriquecido a costa de la función pública, trabajamos con mucha honestidad.
Galo Betancourt
gbetancourt@telegrafo.com.ec
Reportero
Otros