Tomada de la edición impresa del 22 de noviembre del 2009

FOTO: FRANCISCO IPANAQUÉ/ El Telégrafo

Beatriz Bordes, activista y abogada.

La rival de la violencia femenina

La presidenta de la fundación María Guare lleva tres décadas luchando contra el maltrato a la mujer. Lo hace con las armas de las leyes que en su juventud no existían.


Sus días se abren con cierto dolor desde hace tres décadas. Elemento esencial de la cartera en las mañanas: un sobre que  guarda  fotografías de personas ensangrentadas, vendadas y hasta mutiladas.  Primera noticia del día:  “abogada, llegó un abuso sexual”. Primera imagen de un extraño: ojos llorosos, servilleta en la mano y, muy probablemente, un moretón en el cuerpo. Todas esas realidades tienen rostro de mujer y puños de hombres.

Beatriz Bordes lo sabe y lo ve, hora tras hora. Lo volverá a ver este miércoles que se conmemora el Día de la No Violencia. Pero igual, ella abre su puerta y sigue.

Treinta años así y las denuncias no paran con lo mismo, ¿cómo no se desanima?
Nunca. Si yo me llego a desanimar y ni siquiera soy la que recibe los golpes, imagínese entonces estas mujeres. Pero creo que no me deprimo porque todo empezó hace tiempo, desde que estaba  estudiando el Código Civil en la Universidad  de Guayaquil y comenzamos a ver algunos artículos puntuales que prohibían a la mujer salir del país si no era con el permiso de su cónyuge, que no podía declarar si él también no le daba permiso y que no podía ejercer muchas actividades porque la ley así lo decía.  Empezamos a ver qué injusto era el que la misma norma sostenía esta situación en la cual la mujer estaba invalidada, cuando a la vez teníamos una Constitución que decía “todos los ecuatorianos somos iguales y tenemos los mismos derechos”. Entonces solo había una declaratoria de igualdad que la propia ley  contradecía.

Cuando leyó ese código en plena clase de derechos, ¿cuál fue su primera reacción?
 La verdad, allí, silencio. En la clase no se podía preguntar. Éramos como 60 compañeros y solo dos mujeres. Si ahí tú cuestionabas te tachaban de feminista, como si fuera algo malo, y te separaban. Así es que nosotros iniciamos con la discusión fuera del salón de clases y exclusivamente con un grupo  que después formó el Comité Ecuatoriano de Cooperación con la Comisión Interamericana de Mujeres (Cecim). Al principio era así porque, además, yo venía de  un ambiente diferente en el que no sabía de esos tratos. Me eduqué en el colegio religioso Rosario Sánchez Bruno y luego ir a la Universidad de Guayaquil fue una cosa muy fuerte. Además, crecí dentro de un hogar que era muy conservador, donde nosotros no íbamos a fiestas, si no  iba  un mayor que nos acompañe. 

 ¿Una “familia conservadora” significa que le decían algo cuando  usted consideraba injustas a las leyes?
Bueno una familia conservadora por el lado de los cuidados. Pero mi abuela no es que era de las que pensaba en la mujer como un adorno. Ella -Ersilia de Noriega- fue presidenta del Hogar Calderón Ayluardo que ayuda a niños huérfanos de la ciudad. Trabajó ahí a pesar de que tuvo nueve niños por criar y  con ella  entendí que toda labor, remunerada o no, tiene una parte de voluntariado. Cuando alguien tiene un trabajo y debe quedarse unas horas extras aunque no sean reconocidas, pero lo hace con tal de hacer bien su trabajo, hace un voluntariado. Los profesionales de María Guare que vienen a diario a ver estos casos y se quedan ayudando a una mujer  herida, hacen un voluntariado. Aquí, sobre todo, hay que tener voluntad para  luchar contra el maltrato. El sueldo no es lo que da fortaleza necesaria para tolerar escenas así.
  
Pero a ella también el impulso se lo da su esposo. Lleva el apellido “de Gebert” adherido al suyo y no reprocha el “de” porque afirma que sin él “el voluntariado dedicado a las mujeres no habría sido posible”. En pareja, nada de reproches sobre el tiempo del trabajo y el hogar, a pesar de que tienen tres hijos –Hanne, Heinz y Henry-. Y con ellos nada de separaciones rosas y celestes. En casa todos lavan, limpian y cocinan. “Nadie se muere de hambre, ni se le cae la cara por ayudar”. Les enseñó  que los oficios no tienen género y que entre familia no se “pide  permiso,  se llega a consensos. Con mis chiquitos -les dice así aunque sobrepasan los 25- nada de golpes. Son atentos  con su familia”. Y aunque eso le gustaría ver más seguido en otros hogares, se topa con lo contrario y se vuelve a indignar. Todavía no alcanza a comprender por qué siguen llegando mujeres golpeadas.
  
En su caso, ¿ayudar fue la mejor forma de ayudarse para evadir unas leyes que le prohibían cosas?

Claro, cuando empezamos a trabajar  con el Cecim en el tema, vi que había una oportunidad de cambiar. Ahí comenzamos a preparar a mujeres con cosas básicas para que puedan ayudarse en áreas no tradicionales. En ese momento hacíamos que la mujer sepa  arreglar una licuadora o una tostadora y que esa labor de mecánica, usualmente asignada a los hombres, pase a ser un área de mujeres. Pero, claro, ahí no acaba todo. Yo pasé, también, casi cuatro años de comisaria de la Mujer y la Familia, y solo ahí sentí que esta problemática es muy grave. Me di cuenta  de que la propia mujer educa a su hijo para que sea el hombre de la casa, el “macho”, y ese comportamiento es repetitivo de generación en generación. Muchas mujeres enseñan a que con otras de su género no hay opción al derecho ni al diálogo. 

¿Eso justifica que el “macho” no piense diferente?
Por supuesto que no. Yo jamás entenderé cómo una pareja  que   juró amor eterno, y que se convierte en padre, pueda lesionar  física o sicológicamente,   incluso sexualmente. El hombre que no es capaz de pensar dos segundos antes de vociferar un insulto o de cometer una agresión es incomprensible. En Ecuador llega  a tal punto la agresión que muchas mujeres pierden la vida y sus hijos quedan huérfanos, porque él se va a la prisión y la mujer murió. Y hay más, cuántas mujeres no se quitan la vida también   porque no soportan más. Es como un asesinato y de eso no sabemos cifras.

Bueno ustedes tienen algunas, no de feminicidios, pero sí de agresiones. Todas en aumento, pasaron de 3.900 agresiones en 2006 a 4.800 en 2008. ¿Es así como llega la sociedad ecuatoriana al Día de la No Violencia?
Se llega con violencia física, sicológica o sexual en un 70% de los hogares. Y lo grave es que no solamente   afecta a una mujer,  afecta a toda una familia. Si la irrespetas a ella, irrespetas a tu hijo. Y muchas mujeres están ahí intentando cambiar a una persona y luego se dan cuenta de que es inútil, que ese hombre infiel o que  castiga  no se puede cambiar. Él solo cambia si es su decisión hacerlo. Por ejemplo, aquí nosotros somos el centro de mediación con la Comisaría y   ellos vienen y exponen por qué agreden, y  dicen: porque así mi padre agredió a mi madre, porque así crecí. Eso es muestra de que a ellos la violencia intrafamiliar los afectó. Si tú formas un matrimonio así y no con   respeto, con un “por favor” o un “mi amor”, para pedir algo, estamos mal.  

 ¿Y usted cree que cambie si lo ve todos los días?
Lo he visto. Mire tengo 57 años y treinta en esto. Si nosotros vemos la situación cuando empezamos hace tres décadas atrás, se ve un cambio. Más del 50% de quienes estudian en las universidades y en los colegios son mujeres. En mi clase éramos dos. Fuera de eso, ¿cuándo en esa época íbamos a ver que una mujer embarazada podía terminar su carrera sin que la saquen de los colegios? Ahora hay dificultades, pero la ley las protege. ¿Cuándo mujeres policías o mujeres en la Armada y en el Ejército? Ahora son coroneles.

Y cuando habla del “trabajo que hacemos” remarca ese plural. Es incapaz de hablar en primera persona, se le consulta por qué y responde: “es que María Guare no es la presidenta. Son las psicólogas y abogadas. Las mujeres maltratadas, los hombres que acceden a una terapia, los niños que vienen con sus padres y las socias que creyeron en una labor”. De todos ellos tiene algo en su oficina. Expedientes de casos que revisa para no perder de vista los antecedentes, un libro del movimiento de mujeres escrito por Ketty Romoleroux, las abogadas y psicólogas que entran y salen a cada instante  de su despacho y las fotografías que carga de féminas golpeadas, las que saca de su cartera y  las muestra.
 
¿Para qué las lleva ahí?
Porque yo tengo que enseñarlas. Muchas veces la gente escucha y lee, y no entiende. Pero si ves lo que esto causa, reaccionas enseguida. Yo no quiero coleccionar fotos como estas, entonces es como pedir que las imágenes no se repitan. Cuando tú  muestras las pruebas dices: Dios mío, es verdad, esto pasa. Y justo ahí se identifican muchas mujeres que han vivido esto o que están viviendo violencia psicológica  y que pueden llegar a mayores consecuencias.  

 Ya que hay que hablar en plural, cuando ustedes empezaron, ¿pensaron que se iban a extender tantos años en la misma labor?
Empezamos siempre pensando en que las cosas van a cambiar,  porque si pensábamos lo contrario ni empezábamos. Y aún seguimos pensando igual: van a cambiar. Como ya te conté mi indignación con el Código Civil en plena clase de derechos, lo bueno fue que esta lucha inició desde lo medular. Se propuso el cambio de la ley y esa norma cambió, y en este momento  la sociedad conyugal pertenece a los dos, hay una sociedad de hecho en la cual cuando una pareja de solteros   convive por dos años adquiere las mismas condiciones que un matrimonio.  Se logró que el Estado tenga la Ley 103 que viendo una situación tan grave dentro de la familia le dio un mecanismo a las mujeres para que puedan denunciar. Ojo para que todas puedan denunciar porque tanto la mujer pobre como la de condición media, también la de alta condición, sufre todas estas cosas y es tal el porcentaje grave que en cualquier momento de nuestras vidas pasamos por una situación de estas en el hogar. Insisto, en el 70% de los hogares.

 ¿El hogar es un sitio peligroso?
Sí, en Ecuador esa es la verdadera inseguridad ciudadana, estamos inseguros en nuestro propio hogar. Ahí es que la gente tiene que reaccionar que si pide seguridad afuera, tiene que  primero mirar su casa. Y no acaba ahí, también está reconocido que la violencia intrafamiliar es un asunto de salud, porque la violencia  ejerce efectos en nuestro organismo. Terminamos con jaquecas,  úlceras, cánceres, tantas cosas.

 ¿Usted no termina igual?, porque de alguna forma también lo vive...
Bueno sí, es que esto es terrible. Es doloroso porque vemos niñas con violaciones que han durado uno, dos o tres años seguidos, entonces a ti te rompe el alma. Para darnos soporte nos juntamos el equipo multidisciplinario y vemos lo que podemos hacer. Igual nunca dejamos de preguntarnos   cómo puede ser que una familia que  debe dar todo el cuidado y protección a los niños, sea el círculo  que  dañe a sus miembros. Son cosas que no puedes   olvidar. Yo, por ejemplo, tengo un nieto que se da cuenta de eso -Esteben San Andrés Gebert de 13 años- que cada vez que hay algo me pregunta ‘¿qué te pasa abuelita?’. ¡Ay! le digo, un caso bien fuerte, pasó una violación de una niña y no le cuento más, pero le digo que pasan estas cosas y que todos tenemos que trabajar para solucionarlo, aunque no pase en nuestras familias. Y él  es de los que me ayuda en las colectas de la fundación. Ya ve, así como la violencia se pasa de generación en generación, lo bueno es que esta voluntad de trabajar contra el maltrato también se pasa entre familias.

Tienen ustedes aún un 70% de familias en las cuales deberán hacer esa cadena.
Sí, pero vamos a seguir. Parece imposible, pero no lo es. Lo que pasa es que esta es una violencia sumamente grave. Hay mujeres que viven tomando somníferos para dormir porque su fin de semana es triste. Llega el hombre tomado y hay una violencia grave, la mujer no sabe qué esperar. Si le pondrán el plato en la cabeza con la comida o si la insultarán y le dirán horrores y  eso hay que cambiarlo. Yo igual lo repito, consideramos que el trabajo que hacemos tiene sus frutos y el trabajo también lo hemos direccionado a los adolescentes y a los niños, por  eso considero que es un buen inicio para la prevención.

Estamos trabajando en el buen trato que es la vacuna contra el maltrato. Nuestra opción es cambiar estas imágenes, nuestra opción es que las familias no eduquen a sus hijos como los grandes machos y a las niñas como empleadas. Nuestra opción es ser iguales.

Mariuxi León
mleon@telegrafo.com.ec
Editora - Diversidad

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