Figura central de las letras nacionales, su contribución e influencia son ampliamente apreciadas por generaciones de poetas
Llueve en el imperio de Euler Granja. Su lugar, alejado de ciudad, cercano a las montañas y a los volcanes, es amenazado por el aguacero más fuerte que recuerda en meses. Parece ser una buena razón para escribir, tomar un café o esos mojitos cubanos que tanto le gustan. Detesta hablar de él mismo, prefiere siempre escuchar y conocer así a los demás.
En su imperio reina el silencio. Pero es un territorio donde se permite entrar al tango, a los boleros, a un perro que se esconde asustado de los rayos. Ahí es donde el poeta continúa creando. Ha escrito 17 libros por los que fue premiado dos veces con el galardón Ismael Pérez Pazmiño y el Premio Internacional de Poesía Jorge Luis Borges. Hace poco se le otorgó el premio Nacional Eugenio Espejo, por su contribución a la literatura ecuatoriana.
Su voz ya está cansada. Convive con el Mal de Parkinson, una enfermedad degenerativa e irreversible. Pero ni ella puede con su mente lúcida, perfeccionista y creativa. Ni con su espíritu soñador y a la vez pesimista.
“El hombre solo cambia su actitud de ejercer la depredación. Es el animal más depredador de todos...”
Es doctor en medicina y cirugía, siquiatra, tzántzico por convicción, desencantado, sintió desde su juventud que el lugar común y la cotidianidad eran poesía: "Hago el marco/con una tira de ébano/del cielo./ Un brochazo de luna/en todo el centro,/luego el mar/en una mancha negra;/más allá/también el mar/pero esta vez gimiendo./ (El cuadro).
¿Cuándo descubren que usted era un poeta?
Llegué a Quito para estudiar Medicina. Era una carrera muy dura, de mucha dedicación, de mucho tiempo. Tenía como costumbre levantarme a las cuatro de la mañana a estudiar. Acostarme a las once o doce de la noche. Era un tipo de educación muy memorística y además demasiado exigente en el cumplimiento de horarios. Un día, que estaba estudiando Anatomía, pasó por mi lado un primo, Raúl Granda, que ya estaba metido en una cuestión literaria. Inclusive ya dirigía la revista Surcos. Entonces me preguntó: ¿Y tú escribes? Le dije que sí. Pidió que le enseñara mis escritos. Tenía a la mano cinco o seis poemas. Le pareció que estaban bien y los publicó en su revista, en el año 1956.
¿Fue como un impulso inicial para darse a conocer?
Sí, porque a partir de eso tuve la oportunidad de intercalar con la gente que escribía poesía en la Universidad Central, yo recién estaba en preparatorio.
Llegaron otras oportunidades de publicar. Ya por el año sesenta intervine por casualidad en el Premio Nacional de Poesía Ismael Pérez Pazmiño, que se realizaba en Guayaquil, y gané el concurso. Fue algo inusitado porque nadie había ganado a la edad que yo tenía, unos 24 años. Continúe escribiendo sin dedicarme de una manera absoluta y absorbente.
¿Y cuándo nace su inclinación por la Psiquiatría?
Me inquietaba conocer la naturaleza del ser humano. Tratar de enterarme por qué tenía cierto tipo de motivaciones en su conducta y estímulos. Fue una inclinación que surgió cuando ya estaba por terminar la carrera de Medicina. Ahí seguí la especialización de Psiquiatría.
¿Y qué se propuso lograr en este campo?
Yo nunca me propuse un objetivo en concreto. No decía quiero ser esto o aquello. Nunca, en ningún aspecto, las cosas se iban dando en forma inesperada, no buscada.
¿Aún le gusta ser sorprendido por la vida?
Claro... Uno cree que sabe todo y que está enterado de todo, pero en definitiva no sabe nada. A medida que va pasando el tiempo y uno se va poniendo viejo, se da cuenta de que no aprovechó el tiempo.
¿Siente que no aprovechó nada?
Claro que sí, claro que sí, a veces siento que todo fue un bandazo, un error…
Su obra es considerada un aporte fundamental para la literatura ecuatoriana, mas no un error…
En todo caso yo nunca me propuse eso. Yo no tuve esa intención…
¿La Psiquiatría fue una pasión?
Fue solo tratar de entender al resto. Ver a la gente detrás de su apariencia… Ejercí por varios años, fui profesor de Psicopatología, también, cuando tenía unos 35 años, me dediqué a la cátedra.
¿Qué descubrió en esa experiencia al estudiar la mente del ser humano?
Algo que dijo Freud allá por el año de 1900: "el hombre no cambia". Solo cambia su actitud de ejercer la depredación, porque es el animal más depredador de todos... Parece que el hombre ha cambiado, pero no es así. Solo ha aprendido a mentir mejor, con mejores elementos y tecnologías para dominar a los demás.
¿No esperaba que el mundo cambie conforme pasaba el tiempo?
No me propuse nada, como le dije anteriormente y tampoco esperaba nada del mundo.
¿Era mejor así?
Claro, afrontar las situaciones como vengan, con una especie de parachoques para el instante.
Euler Granda nació en Riobamba, en 1935. Estudió en el colegio de los Jesuitas, San Felipe. En ese entonces su ciudad apenas tenía 30.000 habitantes. Era un lugar muy tranquilo, apacible, con poco movimiento comercial y sitios muy pintorescos: "Ahora prácticamente ha desaparecido todo", dice nostálgico. Su casa, en Conocoto, es una recreación de esos primeros años de vida, en los que jugaba en el desaparecido río Chibunga. Su padre, Ángel Polibio Granda, trabajaba en una fábrica de telas y casimires. Mientras su madre, Aurora Espinoza, educaba a sus cuatro hijos.
¿Por qué empezó a escribir?
He tratado de atar cabos y ver cuándo y cómo ocurrió, pero es muy confuso. En sexto grado de la escuela me ví leyendo poesía. Estuve buscando textos, libros, anhelaba escribir…
¿Y su familia o profesores sabían que escribía?
No, absolutamente no. Nadie sabía que me gustaba la literatura, que hacía mis intentos por escribir. Toda la etapa de colegio fue igual, escribía para mí. Trataba con el relato, una forma de ensayo, y claro, la poesía.
“Fui un pésimo estudiante, tenía las peores notas. Siempre me quedaba suspenso...”
¿Era buen estudiante?
Fui un pésimo estudiante. Tenía las peores notas. Siempre me quedaba suspenso. No tenía fuentes de información. No había quién me ayudara en ese sentido, no teníamos libros. Eran muy escasos, no solo en lo referente a Literatura sino en Historia, en ciencias. Era una educación muy limitada. En el ámbito cultural, muy estrecha.
¿Y qué leía?
Fundamente lo que publicaban los periódicos. El día domingo destinaban gran espacio a la Literatura. Hubo un profesor de Matemáticas que intercalaba sus clases con la lectura de poemas y de novelas. Le pedí que me prestara libros y encontré en ellos una colección de poesía que publicaban en Argentina, llamada Simón Latino.
¿Y tuvo un autor preferido, que le marcara el camino?
No. Pero, en cambio, tuve un amigo y compañero por el quinto año de colegio, que ya escribía y pertenecía a un grupo literario de Guayaquil. Me dijo algo que me sirvió para siempre: “Cuando escribas trata de hacerlo de una manera muy personal, de una forma que los demás no hayan intentado. Si te resulta, bien, si no, también". Y el resultado fue escribir sobre cosas cotidianas desde mi punto de vista.
¿Su literatura, en los primeros años, estaba ligada a una intención social?
Sí. Sobre todo porque la confrontación norte y sur del continente ya venía fraguándose por esos años.
En noviembre de 1960 se conforma el movimiento literario denominado Los Tzántzicos. Su nombre fue tomado de los indios jíbaros, que acostumbran a reducir cabezas en sus prácticas ceremoniales.
Fue un colectivo de vanguardia que, bajo los postulados de la Revolución Cubana, renegaban de la tradición literaria y de sus figuras más representativas. Creían en una renovación absoluta del arte ecuatoriano. Además, cuestionaban a los partidos políticos de izquierda. Encontraron su motivación en los filósofos existencialistas y en los movimientos iconoclastas argentinos. Querían también reducir cabezas.
Entre Los Tzántzicos se encontraban Ulises Estrella, Fernando Tinajero, a ellos se les unieron gente del mundo cultural y poetas como Euler Granda.
Él, a pesar de que es crítico respecto a esta etapa, considera también que fue el momento más feliz de su vida. En un collage que todavía se conserva en su casa, carcomido por el tiempo, hay una fotografía donde, barbados y de cabello largo, sus amigos miran directo a la cámara.
¿Qué recuerda de Los Tzántzicos?
Que había una intencionalidad, sobre todo social, aprovechando un medio como la literatura. Lamentablemente, no pasó de una buena intención. Porque si hacemos un verdadero balance nos damos cuenta de que no ha quedado nada de esa etapa, en lo que a poesía se refiere, en lo que a enunciados se refiere. Parece que fue una intención fallida.
¿Cree que la literatura ecuatoriana no necesitaba de una provocación como esa?
Fue un sacudón que hacía falta. Y sobre todo una manera de acercar a la gente a la literatura.
¿Querían reducir cabezas de las anteriores generaciones de escritores?
Era una posición, una forma de armar escándalo, nada más…
¿Cómo eran esas reuniones del movimiento?
Muy lindas. Conversábamos con amigos de esa época que lo rescatable de la vida fue esa etapa de bohemia, con intenciones de hacer poesía y de hacer literatura. En el fondo no había ningún motivo trascendente sino sentirse bien ese momento, conversar y reírse. A veces leer textos o escuchar música.
¿En qué se equivocaron?
No fue precisamente una equivocación porque la intención era válida. El problema fue que no se persistió en esto. No se hizo un proceso. Todo se perdió en las charlas diarias, en nuestras reuniones, que a la vez son lo mejor que nos pasó.
Juan Carlos Hurtado, el esposo de su hija Mayarí, se dirige a Euler con respeto. Le dice “doctor”. Lo admira por sus escritos y por su voz, “antes cantaba boleros”, recuerda. Le ofrece un café y otro café para continuar. La lluvia deja sus secuelas en el césped. La luz apenas puede con una tarde gris que anticipa el ocaso.
Juan Carlos y Mayarí han luchado, casi dos décadas, por difundir sus creaciones de metal extremo, en grupos como Procesión y ahora Decapitados. Desde hace algún tiempo decidieron crear una editorial, que pública literatura para jóvenes rockeros y tiene una difusión alternativa.
El Mal de Parkinson afecta día a día a Euler Granda. Frente a esta difícil enfermedad, que no deja que sus manos escriban como antes, que limita sus palabras, le queda su imaginación: “Nos morimos de golpe, /morimos por pedazos,/ morimos por instantes./Primero es el cordón umbilical,/ luego del diente de leche,/ la amígdala, el uñero;/por células, por órganos/ imperceptiblemente vamos feneciendo./”. (Momento mori).
¿Cómo influenció en usted su esposa, la también poeta Violeta Luna?
Es una poeta de mucha trascendencia, una escritora inteligente. Pertenecía a un grupo de poetas de la universidad. Fue profesora. Hizo libretos para la radio porque domina la narrativa bien. Nunca hubo una confrontación entre los dos, cada cual hizo lo que le parecía mejor. Cada cual a lo suyo. El escribir era un acontecer diario y distinto para los dos.
Su hija Mayarí, a quien le escribió: “Cuando la tarde es niña/mi hija Mayarí/ armada de su caña de pescar/desciende al mar de las palabras./ Igual hacía yo/ hasta que un tiburón me devoró las manos./”, también es escritora y además cantante de rock extremo...
Escribe muy bien. Con mucha fuerza. Terminó de publicar su tercer poemario. Me parece que ha logrado amalgamar la literatura por un lado y el rock por otro.
Aparentemente estas dos formas no tendrían que ver. Eso parece no dable. Sin embargo, en su caso ha logrado darle una tonalidad muy especial a su poesía y a su música.
¿Sus cuatro hijas compartieron su mundo?
Se distraían con nosotros. Frecuentemente estábamos con otros escritores y músicos en casa, eso influyó en cierta manera a su apego a la literatura, en el caso de Mayarí. Mi hija comenzó a escribir cuando estuvo en el colegio. Sin embargo, hay puntos en común con todas ellas. Dioné es pintora. Sigrith es médica, igual que yo, y mi otra hija Yamara es veterinaria y socióloga.
¿Desde cuándo lo afecta el Mal de Parkinson?
La primera vez que yo me di cuenta de esto fue hace unos diez años. Debía intervenir en un acto público y al momento de hacerlo los pies no me obedecían, estaban clavados en el suelo. Eran los síntomas que se habían manifestado. Es una enfermedad que no tiene tratamiento, avanza poco a poco.
¿Y cómo asumió este momento?
Tranquilamente. No cabe otra actitud, no se puede hacer nada.
¿Y a pesar de eso sigue escribiendo?
Sigo escribiendo. Estoy tratando de terminar un diario, de una forma más particular, más personal. Yo tengo el defecto de corregir demasiado. Un día me gusta, otro día ya no me gusta. Cualquiera puede imaginarse al leer un poema que se hace en cinco minutos y no es así. Pasa mucho tiempo de corrección, de relectura.
¿Por qué dicen sus amigos que no le gusta salir de su casa?
Porque soy un vago de peso: me encanta dormir, me encanta oír música. Cuando voy a una reunión tiene que ser con gente que me agrade mucho. Acá (en Conocoto) es incomparable la tranquilidad que usted tiene para leer y escribir.
¿Cuál cree que es su legado para el país?
Yo creo que no dejo nada...
¿Y sus 17 libros?
No significan nada, porque a la vuelta de cinco años no significarán absolutamente nada. Tanta poesía que se ha escrito y no queda nada. A la vuelta de la esquina, cero.
Y entonces, ¿cuál fue el objetivo de escribir tanto…?
Es un fenómeno totalmente lúdico. Para mí es ser un niño todavía. Escribir, todo el arte, toda la poesía, toda la estética, son una forma lúdica y nada más.
¿Inevitablemente volvería a ser un poeta en otra vida?
Creo que sí. Solo que en esa nueva oportunidad me dedicaría con más tiempo, con más calma a hacer algo que pueda trascender al menos de un mes al otro.