El maestro Édgar Palacios trabaja desde hace 15 años con niños especiales. Con ellos creó Sinamune.
Hay quienes diferencian: “a los que hacen arte para vivir y a los que viven por el arte”. Samuel Rivera, de 33 años, pertenece a los segundos, él vive para tocar la flauta traversa.
Cuando en 2003 su padre Lenin enfermó por problemas en el corazón y tuvo que trasladarse definitivamente a su ciudad natal, Portoviejo, sin su flauta, una terrible depresión casi acaba con él. Un psicólogo le explicó a su madre Ana, que la música era parte de la vida de Samuel y que si no regresaba a la orquesta principal del Sistema Nacional de Música para Niños Especiales (Sinamune), en la que toca por más de 15 años, podría hasta morir.
Samuel tiene síndrome de Down severo y cuando niño padeció al menos cinco enfermedades graves como la hepatitis (a los pocos días de nacido). Sus padres, como los personajes del documental brasileño Do luto à luta (Del luto a la lucha), del director Evaldo Mocarzel, buscaron incesantemente que su hijo se superara en una sociedad llena de prejuicios e impedimentos: “que para los años ochenta y noventa estaba aún menos preparada para admitir a un niño especial”, dice Ana, quien migró definitivamente de Manabí a Quito “por la salud de su niño”.
Entre escuelas que no admitían a Samuel y lo llamaban “retrasado mental” y doctores que afirmaban que “tiene los días contados y para que hacen tanto esfuerzo si lo más seguro es que pronto va a morir”, encontraron la iniciativa de uno de los músicos más importantes del Ecuador, el maestro Édgar Palacios.
Luego de una carrera casi inigualable, tanto dentro como fuera del país, en donde ganó una beca para cursar sus estudios en Rumania, realizó más de 150 composiciones de tinte social, himnos para instituciones, marchas juveniles y casi 40 trabajos discográficos de música clásica, ecuatoriana, patriótica, entre otras, el trompetista zurdo nacido en Loja, sintió “que había logrado lo posible y que me faltaba lo imposible”.
Basta ver a Diego haciendo de torero cuando triunfa para levantarse y aplaudirlo. A él no le hace falta hablar.
“Lo imposible” era buscar una terapia que por medio de la música contribuyera en la educación de su sobrina, Verónica Larreátegui (discapacitada intelectual). Ese fue su proyecto personal, a principios de los noventa, lejos de los conservatorios y las bandas que dirigía, en las que formó al menos al 30% de los músicos profesionales que hoy tiene el país.
Al observar los primeros resultados que obtuvo con Verónica al enseñarle varios instrumentos, un día le dijo a un amigo y conocido músico (del que prefiere no dar su nombre): “voy a formar una orquesta con discapacitados, ese será mi próximo y mayor propósito en mi carrera, ¿qué te parece?”. Él con una sonrisa respondió: “te voy a decir algo que es duro pero es verdad, los inválidos solo son desechos sociales”.
Esa es una frase que siempre recuerda y que en su momento parecía “desintegrarme el pecho. Imagínese cuánto me dolió lo que dijo este músico, mi sobrina era discapacitada…”. Justamente ese fue el impulso para fundar Sinamune, en 1993, una escuela integral de música, que también tenía como propósito la alfabetización de sus estudiantes. Con una pensión diferenciada, de acuerdo a las posibilidades económicas de sus alumnos, para consolidarse así “como una verdadera opción”. Desde el comienzo fue apoyado en ese sueño por su hija Ada, hoy gerente de la institución.
Ada recuerda que en esos años los proyectos de su padre, aunque eran importantes y tenían resultados innegables, no se concretaban por la falta de apoyo institucional. Entonces le recomendó construir la escuela en conjunto. Ella se dedicó a la parte administrativa y su padre a la educativa. Sin embargo, a Ada (o Adita) la joven música Catalina Vinueza no la recuerda como una gerente sino como “mi gran maestra de piano”.
Catalina tiene 22 años y una dulzura especial al hablar. Sus manos, largas y delicadas, reposan sobre el piano luego de una función para turistas, quienes se quedaron sorprendidos por su voz y carisma.
Ella bien podría seguir el camino de las cantantes de jazz comercial como Nora Jones o Joss Stone, pero le gusta más la música latinoamericana y sueña con incluir canciones de Mercedes Sosa o de la Nueva Trova Cubana, sus preferidos, en su tercer disco. Sí, a su edad ya tiene dos discos, uno de música ecuatoriana y otro de clásica.
Sus días son largos y agobiantes “pero a mí me gusta que sean así y no me quejo”. Actualmente es pianista en la orquesta de Sinamune y estudia educación inicial en la Universidad Tecnológica Equinoccial (UTE). Trabajó, hace poco, como maestra de 25 chicos y chicas en Galápagos con la firme convicción de que “enseñar es un juego. Un niño índigo fue uno de mis mejores alumnos, ese es mi orgullo (sonríe)”.
Nadie imaginó que Catalina pudiera llegar a ser pianista, profesora y estudiante universitaria, especialmente cuando llegó a Sinamune, a los seis años de edad. Además de ser discapacitada visual sufría de parálisis en una parte de su cuerpo. Hasta los propios maestros de la institución no veían alternativa para ella, así lo recuerda Ada Palacios, quien, obstinada, decidió dejar los trámites y balances para enseñarle aquel instrumento que aprendió durante su adolescencia, el piano.
“Nunca me gritaron ni Adita ni el maestro”, recuerda Catalina. Édgar Palacios asegura: “Fue el caso más increíble que he visto. El cariño de mi hija Ada y la dedicación de la estudiante le devolvieron la movilidad en los dedos que antes estaban paralizados. Hoy es una gran pianista, con mucho futuro. Tome en cuenta que esto no es un proceso de un día para el otro. Han sido quince años para que tengamos resultados”.
Largos años, que no fueron fáciles para ninguno de quienes integran la institución. Esperanza García es la maestra de la orquesta principal de Sinamune y una mujer sencilla, de esas personas que expresan una cierta humildad en todo momento. Solo habla cuando es necesario y sus palabras infunden cierto respeto y admiración en los demás.
Ellos y ellas esperan, como Joaquín Sabina, componer algún día la canción más hermosa del mundo.
Quizá por eso sus alumnos son extremadamente disciplinados. Y sensibles. En los recesos de los ensayos, cuando no la tienen enfrente, hay un silencio prolongado, conversaciones básicas y casi imperceptibles, que solo se interrumpen con una que otra locura de Diego Almeida, de 24 años, percusionista y bailarín, quien no solo expresa su carácter extrovertido en los escenarios.
Basta ver a Diego haciendo las de torero con un paso doble, cuando triunfa y recibe una estocada mortal, junto a dos compañeras de danza que acompañan a la agrupación, para levantarse del asiento y aplaudirlo. Esperanza admite que a Diego no le hace falta hablar: “lo dice todo con el baile, esa es su vida”.
Como Diego, David Sarmiento, de 26 años, también tiene síndrome de Down. Ni si quiera sus manos callosas le impiden tocar con soltura las panderetas, maracas y acompañar en los coros. Esperanza, su maestra por más de una década, recuerda que cuando David llegó a su clase caminaba “gateando”, apoyado en todo momento por las manos.
“Pero la música lo levantó del suelo”, dice la maestra, que al menos toca tres veces por semana junto a sus estudiantes, en el auditorio de Sinamune, en funciones para invitados extranjeros, quienes se interesan por el proyecto como parte del tour por Ecuador y luego contribuyen económicamente a la fundación.
Esa es una manera de autofinanciarse. Esperanza, como todos los maestros y personal administrativo (que son 40 personas), no quiere que regresen momentos como los vividos aquel fatídico año 2003, cuando no cobró sueldo por aproximadamente ocho meses. “Algunos maestros se fueron, otros como yo que iniciamos con el proyecto preferimos quedarnos por el cariño a los estudiantes. Voy más de quince años con ellos y puedo decir que ninguno ha desertado, al contrario, no pueden alejarse del grupo porque es parte de sus vidas”.
Cada una de las fotos que reposan en el Auditorio son parte de la trayectoria de los 22 músicos de la orquesta de Sinamune. Cada una representa una historia. Un peldaño que subieron para que ahora toquen con soltura ritmos del Ecuador como La bomba, albazos, pasillos, y las composiciones del maestro Palacios, quien tiene la satisfacción de que sus estudiantes sean los primeros que las interpreten.
Presentaron conciertos en diferentes ciudades y otros países; en El Vaticano tocaron para el fallecido Papa Juan Pablo II, quien emocionado los bendijo. En cambio, no han podido llegar aún “a lo profundo de la sociedad ecuatoriana”.
El maestro Palacios confiesa un secreto “porque es necesario decirlo así de frente”. Intentó hace unos meses que su orquesta participara en matrimonios. Y recibió como respuesta que “sería terrible ver a inválidos en un día especial como una boda. Sería horrible para los niños que vayan…”. Esas palabras dice el maestro “son un nuevo golpe”, como aquel que había recibido hace años del amigo. Por eso le persigue una sensación de cierta intranquilidad.
“Un golpe” más doloroso que cuando el Estado recortó la mitad del presupuesto a Sinamune y estuvo a punto de inaugurar una cevichería u otra empresa para continuar. A pesar de todo, Édgar Palacios no se pierde en lamentos. Trabaja todos los días desde las 05h:00 hasta las 22h:00 para mostrar “ese color que tiene la música, más intenso que una pintura y capaz de transformar a cualquiera”.
Ese color que cambió el mundo de Samuel y su madre, de Catalina, de Diego, de David, de su hija Ada, de la maestra Esperanza, de todos aquellos setenta alumnos que hoy integran Sinamune Quito. A pesar de que se condecoró a Samuel (en 2002) con el premio Valdivia (a la superación personal), y al maestro Palacios con el galardón Eugenio Espejo (2007), sienten que todavía no ha llegado a su vida la verdadera recompensa ni la tranquilidad y por eso ensayan una y otra vez.
Ellos y ellas esperan, como Joaquín Sabina, componer “La canción más hermosa del mundo”. Una composición, dice Édgar Palacios, “que pueda sensibilizar a los ecuatorianos y abrir de una buena vez y por todas, la mente y el corazón…”.