Los balseros artesanales de Playas, tratan de no ser atropellados por el avance tecnológico.
La noche cae en el cantón Playas y el cielo parece mezclarse con el mar. El aire salado se palpa en el ambiente y lo único que se oye son las olas chocando contra los peñascos.
Es entonces cuando la arena comienza a marcarse con huellas y la poca luz de la luna dibuja las figuras de un pelotón pequeño.
Son gente descalza, con jeans recogidos y piel martirizada por el sol.
Son los pescadores artesanales, que se encomiendan al dios de los mares, Neptuno, antes de entrar al agua; le piden que sea piadoso con sus almas y que les augure una buena pesca.
Casi 40 de ellos comienzan a empujar las balsas en las que navegan. Son tres troncos amarrados con soga gruesa, y en el centro un mástil donde flamea una tela blanca. Se suben dos por balsa y amarran con fuerza el pálido paño, ese que será el encargado de recoger el viento para adentrarse en el azul ultramarino. Entran 5 millas más allá y lanzan la carnada en los anzuelos artesanales (una piola de nylon que termina en un gancho).
Sin embargo, horas después, la mayoría desembarca con expresión de velorio. “Tranquilos muchachos, que la próxima vez nos va mejor”, dice Carlos Jordán Cruz. El hombre tiene 65 años, bigote oscuro con vetas blancas y cabello color negro carbón.
El líder de los balseros tiene arrugas que parecen latigazos de verdugo de plazoleta francesa. La piel tiene tatuada las marcas del sol, ese que lo sigue castigando como cuando era un niño y aprendía de su padre los secretos de la pesca artesanal.
Pero Jordán sabe, así como su instinto heredado para encontrar los cardúmenes, que aquel vaticinio de “nos va mejor la próxima”, no es para nada cierto.
Al día siguiente de la pesca, Jordán se encuentra sentado en una de sus balsas. El sol comienza a desmenuzarse en el balneario y cuando el rey balsero comienza a recibir las primeras renuncias de sus compañeros que, cansados de regresar con dos o tres pescados diminutos, deciden no seguir ejerciendo aquella tradición ancestral.
CONTRA LA PARED
Y es que los balseros de Playas están en peligro de extinción. El avance tecnológico de la pesca masiva utilizando redes kilométricas, les ha otorgado el membrete de “obsoletos” a los balseros del cantón General Villamil Playas.
Las antiguas balsas son ahora superadas en número por embarcaciones de madera cuidadosamente tallada y de armazón de fierro.
La vela es reemplazada por un motor fuera de borda que no funciona de acuerdo a los antojos del viento, sino con un galón de diesel barato.
La piel tiene tatuada las marcas del sol, ese que lo sigue castigando como cuando era un niño y aprendía de su padre los secretos de la pesca artesanal.
Y pese a que estas embarcaciones acaparan gran parte de la pesca en el cantón, el rey balsero no los considera los verdaderos trogloditas del océano.
Según Jordán, las enormes embarcaciones industriales de pesca son el enemigo número uno de los pescadores artesanales.
De acuerdo al viejo pescador, sus anzuelos hechos a mano -hilos de nylon que se amarran a los dedos del pie y de las manos esperando a que un pez pique- no se comparan a las largas redes pesqueras de aquellos “leviatanes” marinos.
Jordán asegura que las mallas de los “titanes” se extienden por varios kilómetros y acaparan todo lo que se cruce en su tejido: camarón, atún, corvina, tiburón (…).
La solución sería asignar una parcela marítima protegida de estos grandes consumidores.
“Esos son los que nos roban la pesca”, afirma. “Diez años he luchado contra ellos y seguiré luchando hasta que me muera”, agrega.
Y además de aquellas dificultades que amenazan con extinguir la pesca artesanal, existe otro problema que ha surgido en estos últimos meses.
Jordán asegura que el Municipio y la Alcaldía del cantón quieren tumbar la sede donde se reúnen los balseros sobrevivientes. Los pescadores afirman que la demolición dará paso al nuevo malecón de Playas y a los nuevos edificios; esos con pancartas de reinas de belleza americanas que invitan a comprar departamentos de 130.000 dólares.
“Ninguno de nosotros se opone al cambio, nos encantaría un malecón, pero que nos respeten y se nos reubique. Me duele saber que luego de tanto esfuerzo por construir esta sede, venga una máquina y me la tumbe, pero lastimosamente todo lo mueve la plata”, afirma Jordán.
Sin embargo, según el alcalde del cantón General Villamil, José Rodrigo Correa Vasco, los pesqueros se encuentran en una posición caprichosa y política. “Lo defienden como si ese lugar fuera una pieza arquitectónica legendaria. No quieren conversar y así no se puede hacer nada. Si no se logra nada se llegará a una expropiación, eso tiene que demolerse porque obstruye el paso al nuevo malecón, que llegará hasta el hotel Humboldt. Con otros pescadores no he tenido problemas, ya cerré un trato, ellos son los caprichosos”, asegura Correa.
Pero Jordán asegura que ya ha conversado con el Municipio y, pese a que ellos le han enseñado planos de construcción y le han propuesto un proyecto, el representante de los balseros afirma que estas autoridades se rehúsan a darle algo por escrito.
“Sin esa seguridad no nos moveremos. ¿Dónde vamos a ir? Si nos dan otro terreno, nos vamos; la firma asegura por lo menos, pero eso todavía no hemos visto”, dice Jordán, mientras ingresa a la sede de balseros.
El lugar es una pequeña villa levantada en hormigón y cemento, con cuadros colgando de las paredes que recrean la comunión de los balseros con el mar y con el pueblo.
“Ese es el más viejo de nosotros”, asegura Jordán, señalando a un hombre que descansa en una de las sillas. Mirando al vacío está Antonio Tigrero de 70 años. Un resfriado le apaga la voz pero nunca se resiste a contar una buena anécdota.
Para él, así como a Jordán, la pesca artesanal es lo único que le queda como sustento de vida. El hombre, de piel agrietada como desierto partido y de iris delineado con celeste -regalo de la vejez- cuenta que cuando era pequeño, Playas era un paraíso repleto de pescadores balseros. A él también le enseñó a pescar su padre y su abuelo.
“Teníamos de todo: corvina, mero, atún, picudo. Una vez pesqué una corvina como de 30 libras. Ni mi padre ni mi abuelo habían visto nunca un barco pesquero. Pero cuando llegaron estas bestias se acabaron todo”, afirma el hombre, acomodándose en la cabeza un sombrero de paja que esconde una mirada triste.
Mientras Tigrero sigue hablando, Carlos Jordán camina fuera de la sede. Se dirige a la playa y se sienta nuevamente en una de sus balsas. El viento juega con su pantalón de tela, mientras su dedo apunta hacia el mar.
“Qué historias que tiene el océano para uno”, dice Jordán. El viejo no se resigna a pensar que la pesca artesanal pueda desaparecer. “Esto es lo único que le dejo a mis hijos. La tradición, el amor por lo que uno hace, y esto, que más que pesca, es un arte”, confiesa el hombre.
MISTERIOS MARINOS
Cuenta Jordán: “Fíjese cómo es el instinto. En la “antigüedad”, cuando mi padre me enseñaba a pescar, las luces del pueblo se apagaban temprano. Caía la noche y esto era como estar ciego. Pero mi viejo confiaba en la corriente, lo llevaba justo donde picaban los pescados y luego, por instinto, sabía cómo regresar. Eso es de admirar”.
“Ahora la Municipalidad quiere poner unos patios de comida y sacar los restaurantes a los cuales nosotros les entregamos la pesca. ¿Y ahora?, peor aún la cosa”
Y además de afilar el instinto, el pescador asegura que el mar también regala muchos misterios.
“Una vez estaba pescando bien de noche y no picaba nada. De pronto, vi una vela blanca en la oscuridad. Pensé que era uno de mis compañeros que estaba en problemas y comencé a seguirla, pero cada vez se alejaba más. En una de esas, de tanto seguirla, los peces me comenzaron a picar como enloquecidos. Lancé la red y los anzuelos y repleté la balsa de pescado. Cuando volví a ver, el bote ya no estaba. Fue como un premio por querer hacer el bien”, afirma el viejo, abriendo los ojos como faros luminosos.
Antonio Escalante, otro pescador, entra en la escena. Escalante comienza a recordar junto a Jordán sobre aquel marinero al que se lo tragó el agua, hace como unos treinta años.
-”¿Te acuerdas?”
-”No me voy a acordar”, responde.
“Hubo una época cuando unas mantarrayas enormes, pero de esas que pesan 6 toneladas, se paseaban por aquí. Cuando uno de nuestros compañeros estaba pescando, la piola del anzuelo se le enganchó en el cuerno del animal. Ahí fue que la “raya” lo haló hasta el fondo. Después vimos a la bestia, saltando sobre el agua, asustada”, cuenta Jordán, y luego asiente con la cabeza con un gesto de “aunque usted no me lo crea”.
Por eso los marineros se encomiendan a Dios antes de entrar al agua. Sin embargo, según Escalante, ahora rezan por otra razón. “La Municipalidad quiere poner unos patios de comida y sacar los restaurantes a los cuales nosotros les entregamos la pesca. ¿Y ahora?, peor aún la cosa”.
UNA HAMBURGUESA SUENA MEJOR
Pocos metros más allá de las balsas y la arena dorada, está el restaurante de Carmita. Un local rústico, de hamacas en las afueras y de caparazones de tortuga pintados con paisajes, que cuelgan de las paredes. El aroma de la corvina en apanadura se apodera del lugar, mientras una mujer de cabellos alborotados y negros sale del lugar.
La señora, quien lleva 38 años en aquel establecimiento, es Carmen, dueña del restaurante y esposa de Carlos Jordán.
“Toda una vida preparando arroz con pescado y ahora la Municipalidad me quiere sacar. No es justo”, dice Carmen, con expresión de angustia.
Aquella ordenanza se certifica en una carta firmada. En ella, la Directora de turismo de aquel cantón asegura que los comedores serán reubicados en los patios de comida, pero que en el lapso de construcción de los nuevos locales (3 meses), es opcional montar una cabaña provisional y que no es un requisito laborar durante este período.
“Si nos quitan esto, nos quitan todo. Esto es lo diferente de Playas de los otros balnearios: su cultura. Lo lindo es la pesca artesanal, sus restaurantes, sus cabañas. Aquí quieren construir garajes, ¿para quién?. Todo es por el apuro que trajo la provincialización”, aclara Jordán.
El hombre habla; pero sus palabras se confunden con el martilleo de los albañiles y constructores. Los hombres siguen construyendo lo que será el malecón y otros edificios modernos. Quizá, en un par de meses, el olor a pesca artesanal, a corvina, atún o merlo, cambie también como sus edificaciones, por el de una hamburguesa triple con tocino o locales de pollos fritos, con la figura de un coronel yanqui, que nunca estuvo en la guerra.