Tomada de la edición impresa del 11 de marzo del 2010

FOTO: PAÚL NAVARRETE / El Telégrafo

Marco Jacho.

Marco Jacho: Para cobijar la luz

Datos

El artesano Marco Jacho nació  en Ambato, el 30 de noviembre de 1954. Trabajó  en el taller de velas de su padre y luego abrió  un negocio propio, donde dirigió  a otros obreros. Pero con el tiempo la gente dejó de comprar velas y viajó hasta Cuenca y Quito, para buscar un nuevo futuro. 

Trabaja en su taller de La Ronda desde hace cinco años. Sus velas preferidas son las palmatorias, sin embargo ha creado, con tacto e inventiva, singulares modelos de adornos. También confecciona velas para fiestas de quince años, bautizos y primeras comuniones.  

Ha creado decenas de nuevos moldes de madera. Sus velas especialmente impactan a los extranjeros, que ven en él a un verdadero artista y no un artesano. Han tomado varias fotografías de su trabajo con la parafina. Su local, Jerusalem, tiene un olor a esencias de rosas.  

Tiene seis hijos: cinco varones y una mujer. Se llaman Marco, Marcelo, Leo, Antonio, Cristian y Paola. La mayoría todavía cursa el colegio, pero ninguno de ellos piensa continuar con el taller de su padre. Consideran que es una labor sacrificada y muy mal pagada. Tienen otras perspectivas de vida.  

El local Jerusalem se encuentra en la Casa de las Artes de La Ronda, con el peligro de desaparecer. Hay pocos clientes. Sus vecinos han pensado en promocionarlo con hojas volantes. El sombrerero Luis Gerardo López dedicó una de sus obras a Marco, que se expuso en varios lugares del Ecuador.  


Es un hombre melancólico hasta cuando ríe. Busca, a pesar del mal tiempo, sostener su espíritu con la fuerza que le dan la fe y la destreza de sus manos.


Las cuerdas, como cordones umbilicales, esperan alimentarse de parafina. Colgadas del círculo de hierro adquieren formas distintas, que representan pureza y espiritualidad. Antes de los bautizos, las primeras comuniones o los matrimonios, esas formas nacen en un encuentro con las manos del artesano ambateño Marco Jacho.

Es una tarde de un viernes en La Ronda, que por ahora luce desolada, pero pronto estará llena de turistas en busca de una noche de bohemia. Ahí las velas Jerusalem son una artesanía y una forma de expresarse. Don Marco trabaja de lunes a sábado. Elabora sus creaciones y, cuando no lo hace, visita locales para buscar nueva clientela. Excepto los domingos, que es cuando se reúne con unos amigos para jugar fútbol en La Recoleta. Ahí dribla y -en otros momentos- rechaza el balón con todas sus fuerzas. Se distrae un poco de su realidad.

Casi siempre sus pensamientos están en Ambato, con su familia. Viaja cientos de kilómetros -en milésimas de segundos- hasta los centros de estudio de sus hijos, y a su casa. Luego descansa en el cariño maternal de su esposa… Tuvo que alejarse de los suyos hace unos cinco años, cuando creyó que podía ganar más dinero en la capital.

Sus velas le acompañan. Le gusta crear las palmatorias, que se utilizan en las fiestas de priostes. El objetivo de don Marco fue estilizarlas. Lograr colores intensos y pulidos. Perfumarlas. Y mantener -por supuesto- su forma tradicional. Este tipo de velas mide unos 30 a 50 centímetros. Es una especie de gran ramo de flores. Ha realizado algunas variantes para comercializarlas. Hay modelos pequeños que sirven de adorno.

Todo es posible en su local. Hay velas en forma de vasos de cerveza; en esta semana también decoró la muestra pictórica de una artista argentina y hace un año acompañó en su creación al también artesano Luis López, con quien fabricó un sombrero de parafina, que consta en un catálogo.

En algún momento don Marco renegó de este oficio, que en realidad era el de su padre. “No quería fabricar velas, y nunca me gustó el estudio… Después, casi por la necesidad, tuve que continuar con esto, que me dio una tranquilidad única. Hacer velas es una de las cosas más hermosas de este mundo”.

Marco utiliza ropa de trabajo. Es pequeño y tiene un rostro melancólico, que no cambia así haga un chiste o demuestre una cierta felicidad. Parece introvertido y habla como en voz baja. Mantiene una paz inquebrantable. Quienes le conocen dicen que por todo eso se ha ganado el cariño de sus vecinos, que hoy se encuentran preocupados por su futuro.

Es que el local donde trabajaba en La Ronda fue reconstruido. Y tuvo que trasladarse al patio de la Casa de las Artes del mismo barrio. Ahí permanece, aunque ya no vende como antes. “Es el momento más difícil de mi vida. Mis sobrinos que me ayudaban se fueron porque no hay trabajo… Tengo fe en que todo va a cambiar, si no, con el dolor del alma, volveré a Ambato”.

La fe es su luz. Cree en Dios. Aunque no tiene la necesidad de ir a una iglesia… prefiere que sus actos se basen en la Biblia. Piensa que una vez pecó de ambicioso. Su mejor clienta, quien revendía sus obras, le apresuró a entregar decenas de velas palmatorias en Semana Santa. Él se negó en un principio, consciente de que era muy difícil. Aceptó después con incertidumbre.

Y cuando llegó el Viernes Santo terminó la obra a eso de las doce. Fue a comer y olvidó apagar la cocineta donde hierve la parafina. Regresó y encontró todas las velas derretidas. Desde ahí aprendió “que era un sacrilegio trabajar ese día, la gente ya me lo advirtió… es un momento de reflexión”.

Marco recuerda que en Ambato tenía un local, empleados y hasta una camioneta donde entregaba pedidos. Pero como un aguacero llegaron las velas artificiales, las lámparas. Le tocó probar suerte en Cuenca, donde sus creaciones tuvieron poca aceptación. Después llegó a Quito.

Hoy prende una vela blanca y otra negra, que dice son un símbolo de esperanza, en medio de estas mañanas grises en que espera, hora tras hora, a los clientes fieles.
Galo Betancourt
gbetancourt@telegrafo.com.ec
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