Homeópata y músico. Fundador de Pueblo Nuevo y autor de “A tajitos de caña”. En su vida, música y cura conviven, simbiosis que sus pacientes agradecen.
La mujer ha dejado la consulta. Minutos atrás conversó con el doctor, y con eso el especialista llegó a los ‘sonares del alma’, como nombra a la finalidad de su sistema. “Busco encontrar en cada paciente su melodía, ya sea de nostalgia, de resentimiento, de abandono... y eso me sirve de manera muy clara para el diagnóstico y enviarle medicina”, dice más tarde Hernán Sotomayor, en su consultorio, rodeado del blanco de las paredes, del mandil, de un biombo café y de un escritorio en el que descansa un Jesús crucificado.
La mujer ha ido porque no podía mover bien uno de sus dedos y gracias a lo que Sotomayor define como ‘el arte de escuchar’, descubrió el origen de la dolencia: le habían robado lo poco que tenía en su casa, cuando había ido a visitar a su madre. “Esa era su melodía”, expresa el médico, “todos los síntomas físicos y mentales me permiten definir los remedios, dependiendo de las características que encuentre”. Una receta y la despedida. La mujer se retira con la esperanza de una curación rápida y efectiva.
Hernán Sotomayor lleva décadas uniendo las posibilidades de la música con la curación de las personas. Esto no apareció de la nada, quizás tuvo que ver con las circunstancias que se acomodaron en su vida o con la duda por la que, mientras estudiaba medicina, había llegado a convertirse casi en un renegado de la profesión: ¿por qué sólo ayudar al cuerpo del enfermo?
Siempre hay un empujón que permite todo, que ayuda al despertar. El empujón inicial viene de su niñez, en Loja, pues al venir de una familia donde había escritores y músicos (“Mi abuelo fue uno de los primeros en importar pianos, en 1909”) algo debió transmitirse. En la escuela, alguna vez, lo llamaron: “¡Sotomayor, usted debe saber cantar, pase adelante!” fue la sentencia. Componiendo a escondidas, para él y quizás para unos cuantos testigos (que lo acusaban de cantar canciones de otros y decir que eran de él), la carrera del músico arrancó.
“Jorge Enrique Adoum se me acercó y me dijo que quería que yo fuese su médico porque yo hablaba desde el alma”
De esta época data la canción que podría denominarse su gran éxito: “A tajitos de caña”. La concibe como su tercera o cuarta creación y probablemente sea la que más satisfacciones le haya otorgado. En el fondo, la música es vehículo de sensaciones, un puente, que puede servir para aliviar los malestares interiores y el doctor lo sabe.
La vida de secundaria se dio en Quito, en el San Gabriel. El contacto con la música siguió adelante hasta que en la Universidad Central, como estudiante de medicina, encontró que la música podía ser parte de la profesión luego del homenaje a un profesor.
Con algunos compañeros, durante el segundo año de la carrera, armó lo que sería la primera formación del grupo Pueblo Nuevo.
Durante seis años, con giras por el país y el extranjero, con visitas en las que también solían dedicarse a atender a la gente necesitada, la experiencia del grupo fue la de encontrar en la música un espacio para aportar a lo social. “Las canciones, si bien hablaban de la naturaleza y del amor, estaban muy marcadas por nuestro compromiso con la equidad social”, dice.
Reafirma aquello con lo que hace en su consultorio en la Fundación Beatriz Velalcázar Orbe, al norte de Quito, donde atiende gratuitamente a personas de escasos recursos, o con la dirección del programa “Médicos en los caminos”, por el que viaja los fines de semana a zonas donde no llegan los doctores.
Pueblo Nuevo se cierra para él cuando debió hacer la ‘rural’ como requisito para graduarse de médico. Desde entonces, dedicado a la música y a la medicina por su cuenta, ha encontrado una respuesta a sus inquietudes vitales. “Tenía dudas cuando estudiaba medicina. Cuando estaba con algún enfermo me quedaba consolándolo, algo que a los profesores molestaba. No estaba para nada contento, pero no fue hasta que en una de las tantas peñas en las que tocábamos, cuando canté ‘El zafrero’, que me di cuenta de que no era el único con esas ideas. Jorge Enrique Adoum se me acercó y me dijo que quería que yo fuese su médico porque yo hablaba desde el alma. Preguntaba y respondía con ella”. Desde ahí supo que no estaba solo; que nunca se está solo en el camino.