Tomada de la edición impresa del 03 de febrero del 2010

FOTO: FRANCISCO IPANAQUÉ/ El Telégrafo

María Esthela Astudillo Segovia

María Esthela Astudillo Segovia: Una estela de servicio

Datos

María Esthela Astudillo Segovia nació en Santa Isabel, a una hora de Cuenca, en fecha indeterminada, como prefiere decir. Su padre fue Alfonso Astudillo, su mamá Carmen Segovia. Es la quinta hermana de ocho hermanos: Elvia, Gladys, Hernán, Noemí, Servio, Narcisa y Cecilia.

Sus primeras letras las aprendió en la Escuela Fiscal Isabel de Castilla. Le decían Marujita y era infallable todos los años como princesita de Navidad, para bailar y  declamar. Su mamá le hacía chorritos en el pelo con un clavo caliente. Desde ahí comenzó a escribir poemas. Guarda buenos recuerdos.

 Está terminando su segundo libro de poesías que incluirá dos relatos, el uno es sobre su visita al leprocomio para un reportaje que escribió hace algún tiempo. Todo era escrito a mano, la profesora no se lo devolvió porque dijo  que era el mejor. Su hermana mayor la acompañó, no quería ir sola.

Por un año estuvo internada en Solca, tratándose el cáncer. Ya recuperada retomó la docencia solo interrumpida por el tratamiento de quimioterapia. Se la ve bien y se siente bien. Tanto así que sus alumnos dudan cuando conversa de su dolencia. Siempre anda  de buen humor.

Su hija menor, Paola Vargas, la mira desde el portarretrato con su uniforme militar. Ha ganado un concurso de poesía en Chile, es penta atleta y paracaidista. Casi todos los días se comunican por Internet. María Esthela, por su parte, ha recibido la     Mención de Honor del Congreso Nacional.

Una profesora de vocación irrenunciable, que aprendió las lecciones más importantes de su carrera en esos momentos en que la vida está en juego.


La mujer, devastada por la enfermedad, sin cabello y sin sonrisa, ve acercarse a su cama, en la sala general del hospital de Solca, a sus amigas, pero no se alegra ni abre los brazos para abrazarlas, como unos meses antes. Con espanto escucha cómo le preguntan por ella misma, ¡no la han reconocido!..no tiene cejas ni pestañas, les niega conocerse y ellas continúan buscándola por la sala. Este es uno de los más dramáticos recuerdos de María Esthela Astudillo cuando sufrió cáncer de mama, hace unos ocho años.

El otro es cuando, en los mismos días, su padre desfallecía y la llevaron de Guayaquil a Cuenca- aunque no podía sostenerse por sí misma- para darle el último adiós. Al pie del féretro hilvanó unas sentidas frases que se hicieron poesía.“¡Que ironía papá!, nunca te hice un poema en vida. Mira, venir a hacerte uno, ahora que estás muerto...”. Pero María Esthela no hace concesiones al dolor, ni del cuerpo ni del alma. El signo que rige su vida es positivo -por eso, con brío, se recuperó-, solidario y comprometido con la educación.

“…Quisiera ser Dios para quitarte penas, y tus penas transformar en alegrías…”. A su manera lo logra con sus pupilos callejeros. “De mañana doy clases en la escuela Hermano Gregorio, de Durán, a niños chamberos y en la tarde a niños de la calle. Nos ofrecieron el octavo de básica pero no se cumplió. Los chicos lloraron. La mayoría dejará de estudiar y regresará a las calles. ¡Si el presidente Correa lee esto le pido que nos ayude!”. Lo dice con la vehemencia de una madre pidiendo alimento para su hijo famélico.

“Mire, yo puedo tener mil problemas, puedo estar muy enferma, pero al llegar al aula es como un remanso de paz”


Siempre oímos que profesores hay muchos, pero maestros pocos, esta gran verdad se materializa en María Esthela: “Me gusta ser profesora, sea de niños o adultos. Es la profesión más sublime”. Ya casada y graduada en la FACSO en Comunicación Social, trabajó como reportera del programa  Comisaría 100, de Teleamazonas, al lado de Fausto Valdivieso, Iskra Calderón, José Delgado, Javier Segarra, por año y medio, más o menos. Pero llegó el momento de escoger entre la televisión y la docencia; no lo pensó dos veces. “He trabajado en las provincias de Azuay, Cañar y Guayas casi treinta años y todavía no quiero jubilarme. Esta escuela Hermano Gregorio es de niños pobres, pobres, pobres, hacen falta aulas, no tenemos ni siquiera máquina de escribir, peor computadora. Fui a pedir trabajo en esa escuela, quería estar ahí. Mire, mire, yo puedo tener mil problemas, puedo estar muy enferma, pero al llegar al aula es como un remanso de paz”.

Parecería que hasta su pelo ensortijado brillara como sus pupilas.

También los estudiantes de la FACSO reciben sus enseñanzas por más de veinte años y  les cuenta de su valiente lucha contra el cáncer, de las debilitantes sesiones de quimioterapia, de los intensos dolores de cabeza; pero también de lo privilegiada que se siente al compartir sus conocimientos y recibir cariño a cambio. En su mente hay un rótulo terminante: “Prohibido ingresar al aula con dolor”.

En sus entrañables recuerdos está Cuba. Primero el estudio en el Instituto Superior Pedagógico para la Educación Técnica y Profesional “Héctor A. Pineda Zaldívar”, en 1997. En La Habana, en el Día de la Prensa en la Casa de la Prensa, la invitaron para que recitara unos versos de su libro “Los Poemas de mi vida”, editado en el 2005. “Faltaban muebles, pero sobraba calor humano, la gente es increíble”. También recitó en los tres auditorios del Hotel Palco en el cumpleaños de Fidel, sin Fidel pero con Raúl Castro; Maduro, de Venezuela, y Daniel Ortega, entre otros.

Otro motivo por qué vivir, más bien dos motivos: sus hijas: Paola, cadete, becada de la Escuela Superior Militar Eloy Alfaro y enviada al Colegio Bernardo O. Higgins, de Chile, y María Fernanda, casada, una ama de casa. “Pero todavía no soy abuela”, puntualiza, aunque, seguro, ese será otro momento de enseñanza.
Gustavo Valle
gvalle@telegrafo.com.ec

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