Librero de los viejos, de los más acuciosos en la ciudad, se gana a sus clientes con un respetuoso asesoramiento que, igual, muestra fervor por las palabras.
Muchas de sus mañanas infantiles tomaba un taburete y asistía a la maravilla, embelesado por lo que le parecía un verdadero prodigio: la trepidante ráfaga en la llave del aparato emisor de telégrafo, accionada por la mano de su padre. Aquel clic en clave morse, intermitente como el canto de un grillo, le era como magia, toda vez que lucía increíble que al otro lado de la línea tomara la forma de palabras, de mensajes. Comprendió el sentido de la honradez cuando vio a su padre devolver huevos, gallinas y hasta lechones con que los campesinos acudían a su oficina de telegrafista, pues el titular anterior les había dicho que podía enviarles todo eso a sus familiares con el extraordinario invento.
Dicha curiosidad se proyectó a los libros cuando aprendió a verlos con un respeto casi reverencial; “siempre repito lo que alguna vez leí, que un deleznable papel se vuelve eterno cuando es portador del pensamiento humano”. Sonríe cuando los pensadores buscan los orígenes de la globalización, “cuando se me vuelve un tanto obvio que el primer instrumento de globalización fue el libro”.
Lo de librero le viene por las influencias de sus hermanos y por posterior convicción; “trabajé con mi hermana Julia, que se hizo cargo de la librería de mi hermano Jaime cuando ya no lo tuvimos con nosotros”, modula cada palabra como si de un locutor radial se tratase. Su oficio fue perfeccionándose con cada paréntesis que le significó la cadena de librerías en las que prestó sus servicios. Trabajó con Alfredo Torres Cervantes, y en la librería Selecciones de Muñoz Hermanos, donde llegó a ocupar la dirección de importaciones y comercialización. “Comencé a leer con voracidad, redescubrí el tesoro de los libros”, su voz explora el silencio con un retintín de emoción.
“Creo que los que nos metemos a este oficio no tenemos fortuna, pero somos afortunados”
Cierta vez, dejó caer las pesadas puertas plegables para cerrar su librería, como siempre, al mediodía. “Hacíamos dos jornadas, y cuando regresé de almorzar, me encontré con que se había quedado encerrado uno de mis clientes más asiduos, el arquitecto Roberto Iturralde”. Al contrario de lo que pudo imaginar en un principio, lo halló de lo más cómodo, leyendo sentado; “nos dijo que había sido un tiempo fabuloso el que había pasado allí”.
Algo en sus adentros saltó de alegría cuando su librería ganó el concurso de merecimientos para asentarse en los predios de la Espol, “se requería estar actualizados en textos técnicos, pero como nosotros nos habíamos especializado en libros que usan las ingenierías, las piezas encajaron”.
Llegó a tener siete librerías, y cuajó en su cabeza el proyecto de editar libros en ediciones críticas para consumo de los estudiantes, “pero todos sabemos que el paso de un milenio al otro nos trajo a los ecuatorianos noticias de las peores”. Como una hilera de piezas de dominó, fueron cerrando y con cada una sintió que su pecho también se cerraba; “es peor que un divorcio, que ya de por sí es una de las experiencias más crueles”. Él, divorciado desde hace años, lo sabe.
Hace poco un investigador chileno, atraído por la fama de Carlos de poseer libros raros y antiguos, acudió a su espacio para averiguar si podía conseguir material bibliográfico y continuar su trabajo sobre Carlos Alberto Arroyo del Río. Halló los libros que requería (a favor y en contra de las posiciones del cuestionado ex Presidente), pero no tenía el dinero suficiente; “llegamos a un acuerdo en el que me jugué la chance: le entregué los libros y él me ofreció a cambio unos sobre los mapuches que yo necesitaba”. Lo cierto es que la muestra de confianza fue gratificada al poco tiempo; los libros llegaron y el particular trueque fue el inicio de una larga y fecunda amistad.
Su mirada clara es acribillada por reflejos que vienen de la ventana a su costado, cuando menciona sus proyectos: se ha asociado para la autoimpuesta y siempre riesgosa misión de ser editor. “Se trata de libros para niños y jóvenes, incluso nuestro libro de poemas infantiles ha obtenido un premio en México por la calidad de sus ilustraciones”.
Permite a quien lo desee hojear y leer sus textos el tiempo que sea, “no siempre los estudiantes tienen dinero”. Imparte instrucciones a su fiel asistente, Juanita, y respira profundamente: “creo que los que nos metemos a este oficio no tenemos fortuna, pero somos afortunados”, sentencia.