La muerte, para este director de teatro, no es sinónimo de agobio; piensa que hay que entrar en ella con naturalidad. Por eso ayuda a los que agonizan.
Fue como si la muerte le sonriera desde algún punto desconocido de su historia. Quedó huérfano a temprana edad, una amiguita de su niñez falleció luego de ser atropellada por un auto. Encontró a un perro moribundo en la calle, al que acompañó en los últimos minutos de su vida.
Estaba ligado a la muerte pero -al contrario de ser contaminado por el miedo o por un trauma profundo- asumió estos momentos con naturalidad y sencillez.
José Vacas es un director de teatro y ópera, uno de los mimos más reconocidos del país y -además- es un acompañante de personas que han recibido la noticia de que pronto van a morir.
Creció en el barrio América, donde los velorios se realizaban en las salas de las casas y un sencillo zapatero, el maestro Proaño, acompañaba a los vecinos hacia el camino que los llevaba a la muerte.
“En esos tiempos, al contrario de estos, la gente se preparaba más para la muerte. Era algo cotidiano. Hoy, en esta sociedad, casi nadie piensa en la muerte, ahora llega como un accidente”.
Alguna vez, José acompañó al maestro Proaño en su tarea. Quizá le impresionó que escuchaba a los enfermos y preguntaba sobre sus anhelos, los que se habían cumplido y los frustrados. Él se ofrecía a ayudarlos si es que tenían algo inconcluso en su vida. Con el pasar de los años heredó el oficio y el estilo de este hombre que admiraba.
José no es de los que consuelan, de los que advierten el castigo divino, anticipan el fuego del infierno o ilusionan con un milagro de último minuto. Solo quiere compartir.
Mientras acompaña, lee poesía, escucha música, baila, come, relata y escucha dichas, desdichas, travesuras y hasta pecados. Admira la luz de esos días en que sus acompañados aceptan a la muerte y reviven los mejores instantes de su paso por el mundo. También los baña, los perfuma y –en algunos casos- sufre con ellos y ellas, el abandono, la deslealtad de sus más cercanos.
“Todo esto hasta que llega el final, que siempre es el mismo o muy parecido: con la misma naturalidad con la que un niño, o un animalito, recibe al sueño o la llegada de alguien amado, con amor y en silencio…”, dice José en su libro, El bien morir (Apuntes de un acompañante).
“Hoy, en esta sociedad, casi nadie piensa en la muerte, ahora llega como un accidente”
Su vida es feliz no tiene por qué fingir lo contrario. Tiene dos hijas y un hijo. Una perra cariñosa, que no sabe hacer ningún truco y que lo acompaña con ese cariño inexplicable y sincero. Vive con ilusión en su casa de dos pisos al norte de Quito. Tiene un pequeño jardín en la entrada. Y más allá de la sala, unos mil libros, la mayoría viejos. Así como tres teléfonos negros de los setenta y dos radios, de los cincuenta y sesenta. “Es injusto lo que pasa con estos aparatos, todavía sirven, pero la gente sigue comprando nuevos, solamente por estatus…”.
José es sencillo y amable y, aunque lo oculte, es muy inteligente. En cada momento de sus conversaciones salen a la luz cientos de lecturas y las experiencias de un director de teatro que ha indagado en la estética y en diversas teorías.
Maneja un taller de mimo en la Casa de la Cultura Ecuatoriana (CCE), donde generalmente no hay más de dos graduados por temporada, debido a las exigencias del curso. De muy joven admiraba a los bailarines y eligió la danza como opción. Sin embargo, en su infancia, se rompió el fémur y eso le afectó de por vida. En la actuación –en cambio- los textos extensos le parecían imposibles de memorizar.
Entonces lo de mimo fue ideal para él. Era un trabajo físico, expresivo, en que no necesitaba de los guiones. Donde podía transformarse en otra persona y hasta en una planta o un animal. Al principio fue un autodidacta y después aprendió formalmente sobre este arte, en Buenos Aires.
Nunca dejó su oficio de acompañante. Más bien lo fusionó con su actividad artística. Cumplió los anhelos de sus acompañados, así como los del maestro Proaño. Llevó una carta de perdón y otros mensajes de esos amores firmados y de esos amores clandestinos. Al final, toda esta experiencia -dice- no es más que “aprender en el otro lo que es uno; conocer conociéndose en su vida y en su forma de morir. Llegar a lo esencial de uno, desprenderse de los valores agregados”.