Audaz en sus ideas, inventivo y serio en sus investigaciones y proyectos, este médico de décadas no se cansa del conocimiento ni de su vocación de servicio.
En el garaje de la residencia del Dr. Miguel Romero Vicuña el lugar del vehículo está ocupado por decenas de fundas plásticas y envases de leche con pequeñas plantas frutales y medicinales, a las que riega con una efectiva fórmula de agua y cariño. (Se considera “un ecologista consumado”). A pesar de no recibir el sol se las ve verdes y saludables. Si se puede hablar de flora feliz, este es el caso. Hay una explicación, el doctor es presidente de la Fundación Ecológica de Preservación de las Plantas Frutales y Medicinales, además ha publicado dos libros de fitoterapia (Tratamiento curativo por medio de las plantas) y fue asesor científico sobre las principales plantas medicinales del trópico en el Parque Histórico de Guayaquil.
Ha redactado infinidad de textos científicos y médicos para publicaciones especializadas de Italia, Francia, Argentina, Brasil, Colombia, España etc, etc. Con particular satisfacción recuerda que es corresponsal del Jornal Metropolitano de Recife, Brasil. Ha colaborado con varios diarios porteños. En El Telégrafo publicó una serie de cincuenta artículos “sobre la verdad apocalíptica de la drogadicción”. Las dignidades que ostenta son múltiples: presidente del Instituto Centroamericano de Cultura, miembro de la Casa de la Cultura núcleo del Guayas, consultor internacional de hipnología médica, consejero internacional de sofrología, máster en neurolingüística, presidente de la sociedad ecuatoriana de medicina sicosomática y sofrología, director del Instituto de Medicina Sicosomática... y la lista continúa.
“Considero que la fe es un factor tan poderoso y determinante para el ser humano como el ADN”
A la manera de los prohombres del Renacimiento, la ciencia y el arte se conjugan armoniosamente en este azogueño de ojos entrecerrados y fuerte acento cañarejo (“con mucho orgullo” ). En su vertiente poética, Miguel Romero Vicuña ganó la primera mención de honor del XXVIII Concurso Ismael Pérez Pazmiño con el poema ‘Genocidio de la ternura’... Para ratificar su vena declama unos versos de su poema ‘Búho': “ Con sus amplios lentes cognitivos / enmarcando sus ojos de radar cibernético, el filósofo parnasiano del tiempo y del destino se pasa la vida meditando...”. Estas palabras nos indican su otra faceta: la rigurosa labor científica que mantiene desde hace 48 años. Nos habla del tema que está preparando para su próxima conferencia en la Casa de la Cultura: “Los factores de crecimiento y de transferencia para estimular las células madres”. Semejantes palabras merecen otra explicación: “Con la hipnosis, con la meditación trascendental, con el yoga, con el zen, se pueden movilizar las células madres para que salgan de la médula de los huesos y pasen al plasma sanguíneo y viajen hacia todos los órganos que necesitan curarse, pero deben ser estimuladas con una medicina especial que ya se ha descubierto; es un alga verde azulada…”.
La preocupación del Dr. Miguel Romero por develar los misterios de la relación entre cuerpo y mente no lo ha alejado de Dios: “de hecho, considero que la fe es un factor tan poderoso y determinante para el ser humano como el ADN”.
Desviando la vista del monitor de su computadora cierra más los ojos para concentrarse en sus razonamientos.
“¿Por qué se curan los enfermos? Por el ADN que programa y cura al llevar las células madres para transformarlas en células jóvenes y volver a reproducir el órgano interno. Ahí se producen los milagros de Dios que no nos explicamos”. La hipnosis es otro tema controversial, considera que lo que se ve en TV es teatro. “Hay que ser muy profesional para practicarla y siempre con objetivos médicos”.
Llega un paciente a su consultorio y le extrae un poco de sangre (Por ética no puede decir su dolencia) La pone en una máquina centrifugadora, al rato están separados los componentes, prepara una vacuna “que sirve para combatir los dolores musculares, articulares, ciática, diabetes…” Inyecta al paciente y este se despide con una sonrisa de agradecimiento, en la que parecería reposar el cuerpo, mejorado, y la mente, iluminada.