Compartió su vida con un hombre que la marcó en el trabajo social y cultural. Ahora le corresponde dirigir, más que un espacio físico, una idea llamada Barricaña.
Sicibel se saca los lentes y los deja sobre una de las mesas. Hay algo de vanidad en su gesto: prefiere aparecer en las fotos sin ellos. Se toma la cabeza con ambas manos y sonríe nerviosa, porque no está acostumbrada a tanta exposición. Su voz, que es como una extensión de su alegre personalidad, rompe la tarde y el zumbido monocorde de un ventilador; no chilla, pero se escucha en un tono agudo y penetrante.
La ahora directora del Café Galería Barricaña de Guayaquil se sienta en un mueble de madera viejo pintado de café. Luce el cabello recogido en un moño y las uñas arregladas. Lleva aretes, anillos, reloj, ropa apretada y un vendaje en su pie derecho. En el ambiente hay olor a ajo, imposible de ignorar.
Es una campesina orgullosa de su origen. Recuerda su nacimiento en el campo: “Yo me adelanté porque cuando me quisieron sacar a Milagro ya no llegué... nací en el recinto y mi abuela fue la partera”, dice montada en una sonrisa que bien podría ser su sello personal. En su rostro se dibujan líneas risueñas de expresión.
Llegó a Guayaquil porque se casó. Le cuesta un mundo hablar de su primera relación. Traga saliva y dice: “Tuve mi bebé en Milagro, que es mi Rommy (hija), luego él se fue a trabajar y empezamos a tener muchos problemas”. Su esposo desaparecía en ocasiones hasta por tres meses. La separación estaba sellada.
“Esas son cosas que no se pueden perder, porque siempre hay que estar con la gente y dar el mejor esfuerzo por ella”
Su madre le decía que él la trajo al puerto para dejarla botada. Luego de la ruptura empezó a trabajar y conoció a Enrique Ponce en el Centro Cultural El Guasmo, de la cooperativa La Florida. Allí fue profesora parvularia.
Sicibel cree en Dios y en el destino. Su nombre no es “una carga” para ella, aunque es consciente de que no es común. En su pensamiento, las cosas que la gente enfrenta son parte del destino, y este no se puede cambiar. Quizás eso le sirve para explicar la muerte del hombre que marcó y definió su camino.
Enrique Ponce, su segundo esposo, falleció en marzo del año pasado debido a un cáncer en el estómago.
Desde que se encontraron, su vida quedó partida. Metida en la realidad del trabajo social en el Guasmo, se asomó a una ventana donde la cultura fue el alimento que le abrió sus coquetos ojos negros. “Yo soy esta, la que ven”, asegura. Se piensa simple, sociable y descomplicada. Sin embargo, dice que mucha gente se confunde por su forma amistosa y sonriente de tratar.
“Sigo aquí. En algo que Enrique me dejó como una tarea demasiado compleja que es Barricaña. Algo que no se terminó. Dejó una agenda que estoy continuando”. La agenda dice que no se pierda esta casa, que es un centro de cultura popular; que nunca concluya la labor social, que no se terminen los eventos artísticos, que no dejen de celebrar gratuitamente a las madres en su día. “Esas son cosas que no se pueden perder, porque siempre hay que estar con la gente y dar el mejor esfuerzo por ella”, dice, ahora sí, seria.
En ocasiones sus días están habitados por la desesperación porque el lugar es un legado. Desde temprano en la cama ya está pensando en la cantidad de cosas que tiene que hacer para evitar que la pesadilla devore al sueño. Mantener Barricaña es difícil, por todo lo que representa en la cultura popular guayaquileña. No es solo un espacio físico. Es un punto a favor de la cultura; una idea que tiene personalidad y vida propia, y que alguna vez pareció que se derrumbaría, con la muerte de Ponce. “Enrique siempre me decía que Barricaña ya tenía su nombre y que solo dependía de la capacidad de su gente”.
Una historia. Un viaje hacia la cultura que empezó en el Guasmo, cuando los domingos salía a pasear con su hija y Ponce la observaba desde una esquina cercana a su casa. Siempre estaba con sus amigos y les decía: “Esa chola va a ser mía”. El recuerdo le provoca una carcajada. Pero el hombre se fue cumpliendo con esa parte incomprensible del destino, y Sicibel, la chiquilla que en el recinto San Francisco perdió su infancia mientras pelaba maíz, molía maní, daba de comer a los pollos y cocinaba para 80 personas, se transformó en una mujer luchadora y capaz de continuar con el sueño de la cultura.